Podría decirse que, en los últimos años, la sostenibilidad ha salido de la periferia para mudarse al centro de la estrategia empresarial. Ha dejado de ser un concepto aspiracional y, ahora, es toda una exigencia real para las empresas. Lo vemos en la regulación, en la expectativa social y también —cada vez más— en las propias personas que forman parte de las organizaciones. Sin embargo, hay algo que me parece especialmente relevante y que, quizá, no siempre abordamos con la suficiente honestidad: el salto entre lo que decimos y lo que realmente hacemos.
Porque, aunque todas las compañías hemos avanzado en definir compromisos, objetivos y marcos de actuación, la prueba no tiene por qué estar ahí. Bajo mi punto de vista, lo que realmente importa son las decisiones cotidianas, algo mucho menos visible.
En mi experiencia, ese es el punto donde la sostenibilidad se juega de verdad. Y es también el lugar donde entra en escena la cultura corporativa.
La cultura no es un concepto abstracto ni una declaración de principios que se cuelga en una pared. Es mucho más concreta y, a veces, incómoda. Es aquello que guía cómo priorizamos, qué comportamientos premiamos o qué tipo de liderazgo consideramos aceptable. Es, en definitiva, quien toma la última decisión cuando no hay manual de instrucciones.
Por eso, cuando hablamos de integrar la sostenibilidad en la cultura, no estamos hablando de añadir una capa más a la estrategia, sino de cambiar la forma en que la organización piensa y actúa. No tiene que ver solo con qué hacemos, sino con desde dónde lo hacemos.
Este planteamiento es especialmente evidente en un sector como el asegurador. Nuestro día a día juega con planes y necesidades de futuro. Así, nos anticipamos, gestionamos y tratamos de preparar la vida de las personas ante sus imprevistos, ante sus metas o deseos por cumplir. Y esa responsabilidad obliga a mirar siempre un poco más allá del corto plazo.
Hoy convivimos con desafíos que no son teóricos: el envejecimiento de la población, el aumento de las desigualdades o la presión del cambio climático forman parte del contexto en el que operamos. Y eso nos interpela como compañías, pero también como equipos.
Porque ninguna estrategia de sostenibilidad se sostiene —valga la redundancia— si no es entendida, asumida y vivida por las personas que la hacen posible. Dicho de otra manera: no hay sostenibilidad sin una cultura que la respalde.
Aquí es donde, personalmente, creo que tenemos uno de los mayores aprendizajes por delante. Durante años, hemos puesto mucho foco en definir el impacto que queremos generar hacia fuera. Pero quizá necesitamos dedicar el mismo nivel de atención a cómo construimos ese impacto desde dentro.
En Nationale-Nederlanden estamos intentando recorrer ese camino. Y digo “intentando” de forma deliberada, porque esto no es un destino al que se llega, sino un proceso en constante revisión.
Para nosotros, conectar sostenibilidad y experiencia del empleado ha sido clave. No solo porque queramos cuidarlas como dimensiones independientes, sino porque estamos convencidos de que una no existe sin la otra. La manera en que una organización escucha, acompaña y desarrolla a sus profesionales termina reflejándose, inevitablemente, en cómo impacta en la sociedad.
Eso nos ha llevado a hacernos preguntas distintas. ¿Estamos facilitando realmente que las personas participen? ¿Nuestros líderes toman decisiones coherentes con lo que decimos? ¿Estamos generando espacios donde la sostenibilidad no sea un mensaje, sino una práctica? A veces las respuestas no son tan claras como nos gustaría. Pero precisamente ahí es donde empieza el cambio.
También hemos aprendido que la sostenibilidad no se impone. Se construye. Y se construye generando contexto, abriendo conversaciones y, sobre todo, dando ejemplo de manera consistente. Y como ejemplo, ahí está nuestra colaboración constante con entidades como Junior Achievement, Aldeas Infantiles SOS, Unoentrecienmil, Banco de Alimentos, Adopta un Abueno, o tuTECHÔ. Acciones que han permitido que cerca de 12.000 personas en nuestro país se hayan beneficiado de programas de inclusión, educación financiera, acompañamiento social o acceso a vivienda protegida. Porque en un entorno cada vez más exigente, la credibilidad no se gana con discursos bien formulados, sino con comportamientos repetidos en el tiempo.
Quizá por eso, cuando pienso en el papel que tenemos hoy las empresas, tiendo a verlo menos desde la grandilocuencia y más desde la responsabilidad cotidiana. No se trata tanto de grandes declaraciones como de pequeñas decisiones acumuladas.
Decisiones que, casi sin darnos cuenta, acaban definiendo quién somos como organización.
Y, en última instancia, también qué tipo de impacto queremos dejar.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Cultura corporativa y Sostenibilidad: Integrando la Sostenibilidad en el ADN empresarial


