Vivimos un momento en el que las empresas son conscientes de que la Sostenibilidad ya no puede limitarse a una estrategia escrita en una memoria anual. La transición ecológica necesita traducirse en experiencias reales, cercanas y participativas que permitan a las personas comprender su papel en la construcción de un futuro más sostenible. La pregunta ya no es si debemos impulsar la conciencia ambiental en las organizaciones, sino cómo hacerlo de forma efectiva, inclusiva y transformadora.
Desde Fundación Juan XXIII hemos comprobado que una de las respuestas más poderosas puede encontrarse en un lugar aparentemente sencillo: un huerto urbano.
Pero nuestros huertos urbanos inclusivos son mucho más que espacios para cultivar hortalizas. Son laboratorios vivos de educación ambiental corporativa, escenarios de innovación social y herramientas para conectar Sostenibilidad, inclusión y bienestar en el entorno empresarial.
Actualmente gestionamos una red de 15 huertos urbanos inclusivos en colaboración con empresas comprometidas con la sostenibilidad y la inclusión, como STIHL, ING, Merlin Properties, Gmp o Mahou San Miguel. En ellos trabajamos cada día para demostrar que la transición ecológica puede y debe ser también una oportunidad para generar empleo inclusivo y participación social.
La educación ambiental en las empresas suele enfrentarse a un desafío habitual: cómo convertir conceptos complejos, como biodiversidad, economía circular o cambio climático, en experiencias que resulten relevantes para las personas. Los huertos urbanos permiten dar respuesta a este reto desde la práctica.
Cuando un trabajador participa en una plantación, aprende sobre biodiversidad observando cómo interactúan insectos polinizadores y cultivos. Cuando colabora en una actividad de compostaje, comprende el valor de los residuos orgánicos como recurso. Cuando participa en una recolección de alimentos, descubre la importancia del consumo local, los productos de temporada o la alimentación sostenible.
En definitiva, el aprendizaje deja de ser teórico para convertirse en una experiencia vivida.
Esta dimensión experiencial es especialmente relevante en el ámbito corporativo. Las organizaciones buscan cada vez más iniciativas capaces de generar engagement, fortalecer la cultura corporativa y conectar los valores de sostenibilidad con el día a día de las personas. Los huertos urbanos inclusivos facilitan precisamente ese encuentro entre propósito y acción.
Además, estos espacios aportan valor a múltiples áreas de la organización. Para los equipos de sostenibilidad y ESG representan una herramienta tangible de sensibilización ambiental. Para Recursos Humanos constituyen una oportunidad para promover el bienestar físico y emocional, fortalecer la cohesión de equipos y generar experiencias significativas para los empleados. Para las áreas de Responsabilidad Social contribuyen a conectar los compromisos sociales y ambientales de la empresa con acciones concretas y medibles.
Sin embargo, el verdadero elemento diferencial de nuestro modelo va más allá de la educación ambiental.
Cada huerto urbano inclusivo es también un espacio de generación de oportunidades laborales para personas con discapacidad intelectual y personas con problemas de salud mental. Actualmente, el proyecto genera cinco empleos inclusivos integrados en los equipos de Soluciones Verdes de Fundación Juan XXIII.
Estos profesionales participan en todas las tareas del huerto: preparación del terreno, siembra, plantación, mantenimiento, riego, compostaje, recolección y actividades de sensibilización. Pero su papel no es únicamente operativo. Son auténticos agentes de cambio que contribuyen a sensibilizar a cientos de trabajadores sobre la importancia de construir una sociedad más inclusiva.
Cuando un empleado comparte una actividad con un profesional con discapacidad, desaparecen muchos de los prejuicios que a menudo siguen existiendo en torno a la diversidad. La inclusión deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una experiencia compartida.
Por ello, hablamos de una transición ecológica justa. Porque no basta con hacer nuestras ciudades más verdes si no conseguimos que sean también más inclusivas y accesibles para todas las personas.
Esta visión conecta plenamente con la Nueva Agenda Urbana de ONU-Hábitat, que promueve ciudades más inclusivas, participativas y sostenibles, así como con los enfoques internacionales que defienden que la prosperidad urbana debe medirse también en términos de bienestar compartido, cohesión social y acceso equitativo a las oportunidades.
Uno de los elementos diferenciales del proyecto es su capacidad para generar evidencias del impacto creado. A través de metodologías de medición social y ambiental y del uso de HuertApp, una herramienta digital desarrollada por Fundación Juan XXIII para promover la autonomía de los profesionales con discapacidad, monitorizamos indicadores de valor social, ambiental y productivo. Este enfoque permite a las empresas participantes conocer de forma tangible la contribución del proyecto a sus objetivos de sostenibilidad, inclusión y desarrollo social. Los resultados alcanzados hasta la fecha reflejan este impacto: más de 2.236 personas sensibilizadas, cinco empleos inclusivos generados, más de siete toneladas de alimentos recolectados, cinco toneladas donadas a entidades sociales y más de 2.600 kg de CO₂ absorbidos por los huertos urbanos inclusivos.
Pero quizá el dato más importante no aparece en ningún indicador. Es el cambio que se produce cuando una persona descubre que sus acciones cotidianas pueden generar un impacto positivo en el entorno; cuando una empresa comprueba que es posible unir sostenibilidad, inclusión y bienestar en una misma iniciativa; o cuando una persona con discapacidad encuentra una oportunidad real para demostrar su talento y aportar valor a la comunidad.
Las ciudades del futuro necesitarán más espacios verdes, más biodiversidad y una ciudadanía más comprometida con el medio ambiente. Pero también necesitarán más oportunidades para construir comunidades inclusivas y resilientes.
Los huertos urbanos inclusivos de Fundación Juan XXIII representan una pequeña muestra de cómo ambos retos pueden abordarse de manera conjunta con alianzas de impacto entre empresas privadas y sector social. Porque cultivar un huerto no es solo producir alimentos. Es cultivar conciencia ambiental. Es cultivar bienestar. Es cultivar oportunidades. Y, en definitiva, es cultivar una sociedad más sostenible, más inclusiva y más humana.
Consulta más información responsable en las publicaciones Corresponsables y en la Ficha de Fundación Juan XXIII en el Anuario Corresponsables 2026.


