En marzo de 2023 el CEO de BlackRock, Larry Fink, escribió una carta a sus accionistas en la que concedió un espacio central a la sostenibilidad en el marco del cambio climático que sufre nuestro planeta. En la carta de 2025, la misma persona describía la necesidad de garantizar el suministro energético manteniendo la dependencia de los combustibles fósiles. Es normal que las opiniones visionarias de un gurú como Fink evolucionen. Incluso que lo hagan de manera extrema. En el fondo, lo que diga tampoco me importa tanto. Es su opinión y ya sabemos lo que decía Harry el Sucio de las opiniones: “son como los culos, cada uno tiene la suya”. Traigo a Fink a colación porque su sensibilidad errática sobre la sostenibilidad no deja de ser una sospechosa habitual en el mundo de la empresa.
La empresa lleva dos décadas de confusión sobre el espectro del compromiso con el entorno. Detrás de la sopa de letras creada en torno a esa estrella que antes conocíamos como RSC se evidencia esa sensibilidad errática. Cada retroceso, cada redefinición devaluada, cada lavado de cara han sumado en la construcción del mundo distópico que padecemos.
Miramos a la sostenibilidad de refilón, aleccionados por la normativa vigente y por cierta presión social, pero a la que podemos recortamos sus partidas presupuestarias con la convicción de que ese dinero está mejor invertido en cualquier otro sitio. La sostenibilidad nunca ha sido core business.
Los acontecimientos geopolíticos de los últimos años han restado visibilidad a los problemas empresariales que empiezan a ser evidentes. El recorte de márgenes operativos, la creciente laxitud laboral, la competencia imposible de la economía productiva con la economía especulativa, el discriminatorio celo fiscal, la ruptura de procesos logísticos esenciales, la captación y retención del talento. La lista es mucho más larga. Todos la conocemos. No hace falta exponerla en su totalidad para poner en evidencia que la tormenta ya está aquí. Y que la sostenibilidad no tiene culpa alguna.
Vivimos una época donde ya no se puede dar nada por sentado. Y mucho menos, en el mundo de la empresa que siempre se ha alineado con los principios de seguridad jurídica, estabilidad laboral, rigor presupuestario, etc. El de la empresa, en general, siempre ha sido un mundo serio. Incluso con los desmanes registrados en los últimos años ha intentado mantenerse como fiel de un equilibrio cada vez más amenazado.
En este escenario borrascoso, el cliente no solo es retirado de la antigua centralidad del negocio, sino que, en muchos casos, ha desaparecido parcial o totalmente. Todo parece señalar a un nuevo y brutal ajuste de nuestras estructuras empresariales. Oteas el mercado y percibes cierta atmósfera de abatimiento y resignación. Como si todos diéramos por supuesto que es inevitable un nuevo y brutal ajuste de las capacidades instaladas. Nos sentimos doblemente acosados: por un lado, por la lógica más básica del miedo y por otro, por la imposición de una tecnología (IA) que está propiciando cambios estructurales aún sin tener muy claro su rumbo.
Cambiamos rápido, confundiendo velocidad con movimiento, combinando la nostalgia fiel por axiomas caducos con la exaltación de tecnologías casi ignotas. No parece una fórmula muy coherente.
Del mundo del negocio siempre me ha fascinado la inteligencia emprendedora. Libre de prejuicios, exenta de herencias y ausente de miedos. Audacia pura. Todo lo contrario de lo que sucede en la madurez de las organizaciones, especialmente si esa madurez coincide en el tiempo con un mundo distópico. La toma de decisión se inclina más por la supervivencia que por la exploración. Y eso, en el mejor de los casos, es una apuesta bajista.
Un cliente que teme a todo lo que sucede a su alrededor no es una buena centralidad. Una empresa que solo ofrece lo que demanda ese cliente temeroso no está haciendo bien su trabajo. Y hasta aquí la visión agorera porque sinceramente creo que hay otro camino: el negocio sin cliente.
Existe un mundo muy amplio por descubrir más allá del que señala la obviedad del dato, la presión tecnológica y la resistencia al cambio. El libre albedrío. Tan viejo como la especie. Tan olvidado como el cosmos. Pues el libre albedrío, esa capacidad humana para elegir, tomar decisiones y actuar de forma consciente y autónoma vuelve a cobrar vigencia. En origen, el concepto se refería a la capacidad de disentir del destino o la disposición divina. En la actualidad, hace referencia a pensar más allá del cliente, más allá del accionista, más allá del mercado.
Aparentemente parece que propongo una indigestión de más allá. No, nada que ver. El más allá es aquí y ahora, no señala un horizonte distante sino diferente. Básicamente propone encarar la distopía con utopía, dejar de lamentarnos por el mundo que tenemos y proponer con la misma intensidad el mundo que queremos.
Es trabajo de todos. También de la empresa. Su futuro está en tela de juicio: decide aguantar amparada en un silencio cómplice con la distopía o decide avanzar con creatividad competitiva hacia la utopía. Lo imposible o lo inaceptable. Es un arco muy limitado, pero que se encuentra bajo un profundo escrutinio social.
Este escrutinio es muy importante, la sociedad tiene mucho más alcance del que le hemos atribuido en la burbuja tecnológica. En nuestro empeño por jugar con ventaja respecto al consumidor y al mercado, hemos perdido de vista la realidad impredecible del libre albedrío. La sociedad se ha movido en pocos años de un polo ideológico a otro mostrando una quemazón que sigue ahí, que sigue picando. El negocio sin cliente es el que sitúa a la sociedad en el centro de nuestra actividad para brindar las mejores claves de competitividad para el cliente. No las que pide. Las que necesita.
Es el momento de pararse a pensar si seguir retrocediendo es una opción o simplemente es un adiós anunciado, ya no un negocio sin cliente, sino un negocio sin vida. El pegamento que nos une no puede ser el miedo. Lo que de verdad nos une, lo que de verdad nos sostiene es la esperanza. Y sí. Es sostenible.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Cultura corporativa y Sostenibilidad: Integrando la Sostenibilidad en el ADN empresarial


