Hay momentos en los que una conversación sirve para detectar un cambio de época.
Lo percibí durante la mesa «Energía para competir: el nuevo pulso de la transición», celebrada en ESG Spain 2026 junto a Loreto Ordóñez, CEO de ENGIE España, y Javier Goñi, CEO de Exolum. Más allá de las diferencias lógicas entre modelos de negocio y tecnologías, hubo una coincidencia de fondo: la transición energética ya no puede entenderse únicamente como una agenda climática. Se ha convertido en una cuestión de competitividad, resiliencia, seguridad económica y política industrial.
No se trata de sustituir una prioridad por otra: reducir emisiones sigue siendo imprescindible, pero ha cambiado el contexto en el que se desarrolla esa transformación. Europa afronta una etapa marcada por la competencia geopolítica, la necesidad de reforzar su autonomía estratégica, la presión sobre los costes energéticos y la urgencia de movilizar inversiones capaces de sostener una nueva fase de crecimiento económico. La energía está en el centro de todas esas conversaciones y la propia Comisión Europea ha formulado esa visión a través del Clean Industrial Deal, donde competitividad y descarbonización aparecen explícitamente vinculadas.
Esta reflexión conecta además con una de las principales conclusiones de nuestro informe Tendencias ESG 2026: Europa vive una auténtica prueba de fuego en la que la sostenibilidad deberá demostrar su capacidad para generar competitividad, autonomía estratégica e innovación. El desafío ya no consiste únicamente en responder a la regulación, sino en convertir la transición energética y la descarbonización en palancas capaces de reforzar la productividad, reducir vulnerabilidades geopolíticas y generar valor. En ese sentido, la energía es probablemente el ámbito donde la conexión entre sostenibilidad y competitividad resulta hoy más visible.
España llega a este debate desde una posición favorable. En 2025, las energías renovables representaron el 55,5% de la generación eléctrica nacional, y el país cerró su cuarto año consecutivo como exportador neto de electricidad. La demanda eléctrica volvió a crecer, impulsada por nuevos consumos asociados a la electrificación de la economía, como el desarrollo de la digitalización y la penetración del a IA. Además, la ambición recogida en las políticas públicas desde hace años y la respuesta del sector, han contribuido a que España cuente con un excelente nivel de preparación, tanto en términos de resiliencia del sistema como de conocimientos y competencias técnicas de los profesionales. Son señales claras de que disponemos de una base sólida sobre la que construir. Sin embargo, disponer de una fortaleza energética no significa haberla convertido todavía en una ventaja competitiva.
Durante años, buena parte del esfuerzo se concentró en desplegar capacidad renovable. Ese esfuerzo sigue siendo necesario, pero la siguiente fase plantea un desafío diferente. Además de generar energía limpia, hay que conseguir que esa energía permita atraer inversión, impulsar nueva actividad industrial, acelerar la electrificación de la economía y reforzar la resiliencia del sistema. En otras palabras, hay que pasar de una lógica centrada en la generación a una lógica centrada en el sistema, con una aproximación tecnológicamente agnóstica, primando las soluciones más eficientes, competitivas, incluyendo el aprovechamiento de infraestructuras existentes.
Eso implica hablar de redes, almacenamiento, flexibilidad, acceso y reutilización de infraestructuras, velocidad de despliegue y certidumbre para la inversión. Supone también reconocer que esta transformación no se juega únicamente en los puntos donde se produce la energía, sino también en los lugares donde se transporta, transforma, almacena y consume. En este sentido, una reflexión muy interesante que formó parte de la conversación en ESG Spain fue que la transición energética será también una transición logística. Nuevos combustibles, hidrógeno renovable, combustibles sostenibles para la aviación o soluciones de gestión del carbono necesitarán infraestructuras capaces de conectar oferta y demanda a gran escala.
Existe además una cuestión que merece más atención en el debate empresarial. Hemos tendido, durante años, a hablar de esta transición casi exclusivamente desde la perspectiva tecnológica. Hoy sabemos que la velocidad de adopción dependerá de la capacidad para integrar las tecnologías de forma eficiente en la economía real y no solo de su mera disponibilidad. El verdadero reto es demostrar que las soluciones existentes se pueden desplegar con rapidez, escala y competitividad.
Por eso considero especialmente relevante que la conversación en ESG Spain 2026 haya evolucionado hacia preguntas más estratégicas: cómo reforzar la competitividad europea, cómo acelerar la transformación industrial o qué infraestructuras harán posible la próxima década de crecimiento sostenible. Son cuestiones que desbordan el ámbito de la energía y que afectan directamente al conjunto del tejido empresarial.
Porque, por fin, parece que hemos llegado al momento en el que el debate ya no consiste en elegir entre competitividad y sostenibilidad. Ahora hemos de poner el foco en cómo utilizar la sostenibilidad para construir una economía más competitiva, más resiliente y menos vulnerable a las incertidumbres del entorno.
Y, hoy en día, un sector que ha sabido reflejar esa convergencia de manera clara en su agenda es, sin duda, el energético. No ha sido un camino fácil, nos consta, y aún queda mucho por delante, pero es un buen ejemplo de que la transformación sostenible no solo es posible, sino que es necesaria y genera competitividad.
Esta tribuna forma parte del especial de Corresponsables con motivo de ESG Spain 2026 – Corporate Sustainability Forum, organizado por Forética.


