Vivimos una transformación extraordinaria. En pocos años, la tecnología ha cambiado nuestra manera de comunicarnos, informarnos, relacionarnos con los bancos, pedir una cita médica, realizar un trámite administrativo y, ahora, con la inteligencia artificial, incluso nuestra manera de acceder al conocimiento y tomar decisiones.
Pero mientras celebramos cada nuevo avance deberíamos hacernos una pregunta incómoda: ¿estamos avanzando todos?
La digitalización ofrece enormes oportunidades, pero también puede convertirse en una nueva frontera de desigualdad. Para una persona que carece de las competencias necesarias, encontrarse ante una aplicación bancaria, un certificado digital, un código QR o un sistema automatizado de atención no constituye simplemente una dificultad tecnológica. Puede significar depender de otra persona para gestionar su dinero, relacionarse con la Administración, acceder a un servicio esencial o ejercer un derecho.
Por eso, desde EmancipaTIC defendemos desde hace más de una década una idea sencilla: la inclusión digital es, ante todo, una cuestión de derechos y ciudadanía.
No basta con tener acceso a Internet o disponer de un teléfono inteligente. Tampoco podemos considerar digitalmente incluida a una persona porque un hijo, una hija o un cuidador realice permanentemente las gestiones en su nombre. Ayudar es necesario; sustituir sistemáticamente puede terminar arrebatando capacidad de decisión.
La verdadera inclusión exige autonomía: comprender, elegir, decidir y participar
Y esto adquiere una importancia extraordinaria en una sociedad que afronta simultáneamente dos grandes transformaciones: una nueva longevidad y una aceleración tecnológica sin precedentes. Viviremos más años mientras las tecnologías que necesitamos para desenvolvernos cotidianamente cambiarán cada vez más deprisa.
Por ello, la alfabetización digital no puede concebirse como un curso que realizamos una vez en la vida. Necesitamos garantizar un auténtico aprendizaje a lo largo de toda la vida, también digital. Una ciudadanía que envejece necesita oportunidades permanentes para actualizar sus conocimientos, preguntar sin miedo, practicar, equivocarse y volver a aprender.
Los derechos digitales deben traducirse además en realidades concretas: derecho a servicios accesibles y comprensibles; a la privacidad y al control de nuestros datos; a la seguridad frente a fraudes y manipulaciones; a recibir atención humana cuando sea necesaria; a comprender cuándo estamos interactuando con una máquina; y a que ningún algoritmo adopte decisiones discriminatorias por razón de edad, discapacidad o situación social.
La inteligencia artificial hace todavía más urgente este debate. Puede convertirse en una extraordinaria herramienta de autonomía, aprendizaje, accesibilidad y acompañamiento. Pero debemos evitar que abra una nueva brecha entre quienes saben utilizarla y quienes quedan nuevamente al margen.
La tecnología debe ser copiloto, nunca piloto de nuestras vidas
Y existe otro derecho que pocas veces mencionamos: el derecho a participar en la construcción de la propia sociedad digital. Las personas mayores y los colectivos vulnerables no pueden ser considerados únicamente destinatarios de políticas públicas o usuarios a quienes enseñar tecnología. Debemos escucharlos, incorporar su experiencia y permitir que participen en el diseño y evaluación de los servicios digitales que utilizarán.
Necesitamos pasar de diseñar para ellos a diseñar con ellos
Esta responsabilidad tampoco corresponde exclusivamente a las administraciones. Empresas, entidades sociales, universidades, medios de comunicación, profesionales, familias y ciudadanía compartimos la obligación de construir una tecnología verdaderamente inclusiva.
Cuando Tim Berners-Lee imaginó la Web, lo hizo pensando en un espacio abierto y accesible para compartir conocimiento y colaborar. Ese principio continúa siendo plenamente vigente: Internet y la inteligencia artificial deberían ampliar las capacidades humanas y las oportunidades de participación, no reducirlas.
En EmancipaTIC lo resumimos en una expresión que define nuestra ambición: Internet de las Personas.
Porque el verdadero progreso digital no consiste en conseguir que todas las personas se adapten a la tecnología. Consiste en conseguir que la tecnología, las instituciones y los servicios digitales sean capaces de adaptarse a las personas.
Nadie debería perder derechos, autonomía o ciudadanía simplemente porque el mundo se haya digitalizado más deprisa que él.
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