El territorio no entiende de fronteras, de límites artificiales administrativos definidos desde las instituciones y reforzados desde acciones políticas ejecutadas a lo largo de décadas. Hemos ido levantado barreras imaginarias que desequilibran su gestión, provocan desigualdades, alimentan el binarismo urbano-rural, donde la mirada de suficiencia del mundo urbano sobre el rural, que pivota sobre el desconocimiento de sus valores y la falta de reconocimiento a la provisión continuada de recursos esenciales, recorta el papel protagonista del territorio en el devenir de la vida planetaria.
Y es que, durante años, la creciente interiorización del relato de la ciudad, como única solución de futuro para el planeta, y por ende para las personas que lo habitamos, ha abonado la brecha urbano-rural. Sabemos que las ciudades son un sistema complejo, diverso e imprescindible en el modo de habitar, pero no puede ser el único, es necesario ampliar la escala de la mirada y sembrar la habitabilidad del territorio desde una visión ecosistémica.
Especialmente delicada es la situación en nuestro país respecto a otros de la Unión Europea, donde el medio rural abarca el 84% del territorio nacional y, sin embargo, sus localidades solo cuentan con un 16% de la población, mientras que la media europea sitúa al 70% de sus habitantes en zonas urbanas y un 30% en zonas rurales.
Esta situación se ve agravada por la despoblación, que provoca desigualdades estructurales debidas a carencias en infraestructuras y en el acceso a servicios públicos (asistencia sanitaria, educación, etc.) y privados (comercios, banca etc.), que interfieren especialmente en el emprendimiento de jóvenes y afecta de manera más directa a quienes habitan en municipios remotos y a personas mayores que viven solas.
¿Cómo es posible que el rural, lugar donde se producen alimentos, materias primas, energía, donde se gestionan los recursos naturales básicos, se conservan paisajes irrepetibles y modos de vida arraigados a la tierra y al cuidado ancestral, siga considerándose casi exclusivamente un lugar extractivo para la supervivencia de las urbes? Sin duda, sería necesario expandir la cultura del territorio en las zonas urbanas, trabajar la identidad y el derecho a la dignidad en él, porque solo a través del conocimiento y el respeto hacia ese modo de habitar tan hermoso como necesario, se tenderán puentes para buscar soluciones adaptadas a cada contexto.
Como se ha resaltado al inicio de este artículo, son la falta de competencias claras y la influencia de intereses sectoriales los que dificultan una planificación territorial efectiva. Construir unas directrices de ordenación nacional que difuminen barreras administrativas y geográficas marcaría un camino como herramienta estratégica de salud pública colectiva que vele por:
Un único territorio
- Priorizando visiones holísticas del territorio desde miradas multidisciplinares.
- Impulsando un desarrollo armónico en crecimiento económico, equidad social y sostenibilidad ambiental.
- Reforzando las redes territoriales, oficinas con competencia en empleo, vivienda, urbanismo, servicios sociales, y de manera especial los grupos de acción local, actores imprescindibles de dinamización socioeconómicos en el ámbito rural que fijan población.
- Fortaleciendo los sistemas de gobernanza y cooperación multinivel a través de estructuras intermedias que traduzcan las políticas nacionales y europeas en enfoques integrados y efectivos para localidades de menor población.
- Convirtiendo la gestión de los alimentos en uno de los principales vectores de la planificación.
- Situando la planificación del paisaje como elemento clave en la gestión del riesgo de inundaciones, incendios y pérdida de biodiversidad.
- Diseñando infraestructuras viarias y ferroviarias para que, al conectar mejor las ciudades, no se desconecten territorios periféricos.
- Creando conciencia del territorio como escala de trabajo, para establecer una relación equilibrada entre el crecimiento urbano y los sectores productivos territoriales y su impacto positivo en la adaptación y mitigación al cambio climático.
El equilibrio entre ciudades y pueblos
- Recuperando la mezcla y yuxtaposición de usos donde se ubiquen las actividades de la vida cotidiana de todos los tipos de personas.
- Dejando de promover ciudades como centros de consumo, planificadas al margen de los centros de extracción y producción.
- Focalizando actividades económicas en las ciudades intermedias como nodos estratégicos que favorezcan la revitalización de las áreas rurales.
La escala humana
- Visibilizando el valor de las capacidades locales y reconociendo el arraigo como capital territorial.
- Valorando el enfoque intergeneracional por medio de la participación y contribución de todas las personas a lo largo de su ciclo de vida y sus circuitos vitales.
- Atendiendo al saber y a la comunicación local con sentido y con los sentidos, para no olvidar lo que la velocidad deja por el camino.
- Despertando a la ciudadanía rural. La ruralidad no solo es un espacio que recibe políticas, debe ser protagonista activo en su propio desarrollo.
A lo largo de estos dos últimos años, el Observatorio 2030 del CSCAE ha viajado al territorio no solo para visibilizarlo, también para impulsar un debate fructífero en torno a estrategias integrales de ordenación del territorio, agendas urbanas supramunicipales como hoja de ruta flexible que integra experiencias locales y proyectos vinculados a la garantizar justicia territorial, dando voz a diferentes disciplinas profesionales, redes y protagonistas que operan en el ámbito rural, acentuando la importancia de las diferentes escalas desde una visión macroscópica que entiende al territorio como malla de ciudades y pueblos interconectados que, trabajando en red, no suman, multiplican.
En definitiva, se trata de cimentar el derecho a quedarse o retornar al medio rural garantizando el derecho a servicios públicos de proximidad, y centrando el objetivo en el gasto básico para cubrir necesidades de las personas frente a cuantificar el gasto por habitante.
Se trata de reconocer el papel estratégico de los pueblos y su aportación a la sociedad a través de una financiación generosa y compensatoria por sostener ecosistemas que durante décadas han mantenido a las zonas urbanas, ofreciendo una oportunidad a sus habitantes para que no se sientan ciudadanía de segunda, porque solo desde su habitar lo cuidan, lo protegen y lo expanden garantizando la vida compartida en un territorio único para todas las personas.
Se trata, como apunta el Colectivo reversAs, de sostener el ecosistema que necesitamos para vivir desde una mirada igualitaria, inclusiva y diversa, de sostenibilidad ambiental, de sostener vínculos, de sostener procesos de interacción en el territorio, pero también de sostener la identidad y las particularidades integrándolas en un todo, como organismo vivo necesitado de cuidados y de protección.
Esta tribuna es parte de la colaboración entre Corresponsables y el Observatorio 2030 del CSCAE para dar a conocer las líneas de trabajo de su Comisión de Visión y Estrategia.


