Durante años, cuando hablábamos de sostenibilidad ambiental, la conversación se centraba principalmente en reducir emisiones, consumir menos recursos o minimizar la contaminación. Y estos objetivos siguen siendo imprescindibles. Pero hoy la pregunta es más amplia: ¿cómo puede una empresa anticiparse a un entorno que está cambiando y convertir esos desafíos en una fuente de valor?
Tuve la oportunidad de moderar en ESG Spain 2026, el evento anual de sostenibilidad organizado por Forética, la mesa «Medio ambiente y competitividad: gestionar recursos, anticipar riesgos y ganar resiliencia», junto con las directoras de sostenibilidad de Coca-Cola, McDonald’s, Iberostar y Leroy Merlin. Más allá de las diferencias entre sus sectores, me quedé con una conclusión común: la gestión ambiental está dejando de entenderse únicamente como una cuestión de reducción de impactos para convertirse en una palanca estratégica para el negocio.
Hay razones económicas para hacerlo. Según CDP, el coste para las empresas de mitigar los riesgos ambientales es casi 13 veces inferior al impacto financiero que anticipan si estos riesgos llegan a materializarse. Gestionarlos antes de que se conviertan en pérdidas es, por tanto, una inversión en resiliencia.
El agua es un buen ejemplo. Su disponibilidad es cada vez más crítica para empresas y territorios, y su gestión ya no puede limitarse a mejorar la eficiencia dentro de las operaciones. Requiere comprender dependencias, anticipar riesgos y contribuir a la resiliencia de los ecosistemas y territorios de los que también depende la actividad empresarial. La conversación con Coca-Cola lo puso claramente de manifiesto. Su estrategia de agua, desarrollada durante más de 20 años, ha evolucionado desde un enfoque centrado en la eficiencia hídrica hacia otro que incorpora la restauración de ecosistemas, la protección de cuencas y la resiliencia hídrica de los territorios. El agua deja así de ser únicamente un recurso que hay que consumir de forma eficiente para convertirse en un elemento estratégico que proteger.
La misma lógica aparece en la energía. McDonald’s España está avanzando hacia un suministro energético de origen renovable para su amplia red de restaurantes y ha apostado por acuerdos de largo plazo para asegurar energía solar. Es una decisión que no responde únicamente a la reducción de emisiones, también permite gestionar riesgos, ganar estabilidad y anticiparse a la evolución del sistema energético.
Y la transformación no termina en consumir mejor los recursos. También implica repensar cómo diseñamos, utilizamos y prolongamos la vida de los productos. En la conversación con Leroy Merlin me pareció especialmente interesante comprobar cómo esta visión incorpora a un actor fundamental: el consumidor. Su programa Segunda Vida recupera productos con pequeñas imperfecciones, los reacondiciona y vuelve a ponerlos a disposición de los clientes. Es un ejemplo concreto de cómo avanzar hacia la circularidad requiere involucrar a toda la cadena de valor y, al mismo tiempo, puede abrir nuevas oportunidades para el negocio.
Iberostar mostró una perspectiva todavía más sistémica. Su White Paper Towards Circular Tourism, desarrollado junto con Circle Economy y en colaboración con UN Tourism, identifica retos que dificultan la circularidad en el turismo y plantea oportunidades para repensar el diseño, el aprovisionamiento y la operación de los hoteles. Es precisamente esta mirada la que necesitamos: no limitar la circularidad a gestionar residuos, sino utilizarla para replantear modelos de negocio completos y optimizar recursos, proteger ecosistemas y generar valor.
Al escuchar estas experiencias, resulta evidente que las empresas no solo están reaccionando ante los desafíos ambientales, están participando activamente en la transformación de sus sectores. Y esto exige innovación. Prepararse para un futuro con mayor estrés hídrico, más presión sobre los recursos o cadenas de suministro más vulnerables requiere desarrollar nuevas soluciones, tecnologías, productos y modelos de negocio.
Pero ninguna empresa puede abordar estos retos de forma aislada. Esta es también una de las ideas que comprobamos cada día en Forética, a través de espacios como el Clúster de Cambio Climático, el Grupo de Acción de Economía Circular o Nature Business Ambition. Son espacios donde las empresas comparten retos, contrastan experiencias y buscan soluciones conjuntamente. La colaboración permite acelerar el aprendizaje y convertir la ambición en acción.
Por eso, la narrativa de la gestión ambiental corporativa debe cambiar. Ya no debería situarse en la periferia de la estrategia empresarial ni entenderse únicamente como una obligación. Gestionar mejor los recursos, anticipar riesgos y proteger los sistemas de los que depende el negocio es también una forma de fortalecer la competitividad. La verdadera oportunidad está en pasar de reaccionar ante los impactos a anticiparnos a ellos; de considerar los recursos como un coste a gestionarlos como activos estratégicos; y de entender la innovación ambiental no como una respuesta a las exigencias externas, sino como una fuente de diferenciación y valor. Pasar, en definitiva, de cumplir a transformar.
Esta tribuna forma parte del especial de Corresponsables con motivo de ESG Spain 2026 – Corporate Sustainability Forum, organizado por Forética.


