Cada 5 de junio volvemos a hablar del medioambiente. Hablamos de emergencia climática, de pérdida de biodiversidad, de incendios, de sequía, de costas en regresión, de bosques que acumulan cantidades ingentes de biomasa y de ciudades que necesitan respirar. Y hacemos bien. Pero quizá nos falta hacernos una reflexión un poco más incómoda: ¿quién cuida, en realidad, del territorio?
Durante años hemos pensado en la naturaleza como un gran patrimonio común, casi abstracto, que se protege desde leyes, planes estratégicos, campañas de sensibilización o grandes acuerdos internacionales. Todo eso es necesario, sí, pero hay una parte de la conversación que suele quedarse fuera del foco: buena parte de ese capital natural tiene propietarios y, por tanto, gestores concretos, con sus nombres y apellidos, herencias familiares que dan lugar a fincas fragmentadas y económicamente no viables, bosques sin una rentabilidad clara y paisajes que, en muchos casos, han dejado de tener una economía detrás.
En Cataluña, tres de cada cuatro hectáreas forestales son de titularidad privada, que corresponde a casi el 50% de la superficie total. Además, solo una parte limitada de esa superficie cuenta con instrumentos de ordenación y gestión. No estamos, por tanto, ante un detalle administrativo, sino ante una cuestión estructural: el futuro de muchos bosques, suelos, cuencas y paisajes depende de miles de propietarios y gestores que a menudo no disponen de los recursos, el conocimiento técnico o los incentivos necesarios para ejercer esa custodia en condiciones.
La paradoja es evidente. Aparentemente, cualquier persona puede comprar un pedazo de tierra. Pero poseer territorio no significa automáticamente saber gestionarlo. Igual que nadie se escandaliza porque conducir un coche requiera aprendizaje, normas y responsabilidad, deberíamos empezar a asumir que custodiar los ecosistemas también exige capacitación. No para fiscalizar ni culpabilizar a quienes son propietarios, sino para acompañarlos, empoderarlos y reconocer el papel decisivo que tienen en la regeneración de los paisajes.
Porque el problema no es solo ambiental. Es también económico, social y cultural. Durante generaciones, muchas familias vivieron del territorio y, precisamente por eso, se mantenía activo. Había diversidad de cultivos, pastos permanentes, aprovechamientos forestales, caminos transitables, conocimiento local y una relación cotidiana con el paisaje. No siempre fue una gestión perfecta ni idealizada, pero existía una economía que mantenía el territorio vivo.
Hoy la realidad es muy distinta. El sector agrario representa apenas una pequeña fracción del empleo en Cataluña. En el cuarto trimestre de 2025, unas 49.800 personas trabajaban en agricultura sobre una población ocupada total de más de 3,9 millones. Es decir, alrededor del 1,3%. Demasiada tierra para tan pocas manos.
Y cuando el territorio deja de gestionarse, no se queda quieto. Cambia. Los campos abandonades se cierran, los matorrales colonizan espacios abiertos, los bosques se densifican, el mosaico agroforestal desaparece y el paisaje se vuelve más vulnerable. Los incendios, cada vez más extremos en un contexto climático más cálido y seco, no son solo una fatalidad meteorológica. También son el síntoma de una relación rota entre sociedad, economía y territorio. Estudios recientes del CREAF han señalado que recuperar cultivos y pastos abandonados en la región de Barcelona podría reducir de forma significativa la conectividad del fuego, además de aportar diversos beneficios para la biodiversidad y la economía local.
La conclusión debería ser clara: no basta con proteger la naturaleza desde fuera. Hay que hacer viable su gestión desde dentro.
Ese es uno de los grandes retos del capital natural en el Mediterráneo. No hablamos únicamente de conservar espacios con un gran valor ecológico, sino de gestionar y regenerar paisajes enteros. Y para hacerlo necesitamos una nueva alianza entre propietarios, administraciones, empresas, inversores, ciencia, organizaciones sociales y comunidades locales. Una alianza capaz de convertir la custodia del territorio en una actividad reconocida, financiable y generadora de valor, al mismo tiempo que ofrece cantidad de oportunidades laborales dignas y atractivas.
La regeneración no puede depender de la buena voluntad. Necesita conocimiento aplicado, modelos de negocio, inversión paciente, gobernanza compartida y proyectos capaces de demostrar que invertir en capital natural no es un coste hundido, sino una inversión en resiliencia, seguridad, empleo y futuro.
Desde Nactiva trabajamos precisamente en esa dirección: activar el mercado del capital natural en el Mediterráneo conectando inversión, conocimiento y acción colectiva para transformar paisajes a escala, hacer crecer el sector regenerativo y generar impacto ecológico, social y económico.
El Día Mundial del Medioambiente debería servirnos para ampliar la mirada. La naturaleza no se regenera sola por decreto, ni se conserva únicamente con discursos bienintencionados. Se regenera cuando existen personas capacitadas, incentivos adecuados y proyectos capaces de alinear el interés privado con el bien común.
Quizá ha llegado el momento de dejar de hablar solo de propietarios y empezar a hablar de custodios. De reconocer que quienes tienen tierra en sus manos tienen también una responsabilidad, sí, pero que esa responsabilidad debe ir acompañada de herramientas reales. Porque sin propietarios formados, sin gestores del territorio, sin actividad rural y sin financiación la transición ecológica se quedará incompleta.
El capital natural no está en ninguna parte y está en todas. Está en los bosques que nos abastecen de productos y servicios ecosistémicos, en los suelos fértiles que retienen agua, en los paisajes que promueven la biodiversidad, en las cuencas que alimentan nuestras ciudades, en los litorales que hacen posible parte de nuestra economía. Pero, sobre todo, está en manos de quienes conviven con él. Y si queremos protegerlo, lo primero será dejar de ignorarlos.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Mundial del Medio Ambiente


