Fundación Juan XXIII celebra seis décadas de compromiso con la inclusión social y laboral de las personas en situación de vulnerabilidad psicosocial, especialmente aquellas con discapacidad intelectual y/o problemas de salud mental. Una trayectoria que comenzó en 1966, cuando Amparo Martínez y Luis Arroyo abrieron las puertas de su propia casa para atender a 17 niños con discapacidad intelectual, sin respaldo institucional ni financiación.
- Este año, la Fundación Juan XXIII celebra seis décadas de historia. Sus padres fueron quienes impulsaron este proyecto en 1966, cuando la realidad de las personas con discapacidad era muy distinta a la actual. ¿Cómo recuerda aquellos primeros años y qué valores fundacionales cree que han permanecido intactos hasta hoy?
- Usted suele decir que la Fundación ha sido para usted como una madre y una hija al mismo tiempo. Después de más de 35 años formando parte de ella, ¿qué momentos considera que han marcado un antes y un después en su evolución y cuáles son los hitos de los que se siente más orgulloso?
- Desde aquel primer colegio de educación especial hasta el actual modelo de inclusión 360 grados, la Fundación ha ampliado enormemente su impacto. ¿Qué decisiones o apuestas estratégicas han sido determinantes para convertirla en un referente de la inclusión social y laboral en España?
- En estos 60 años, ha cambiado profundamente la percepción social sobre la discapacidad, pero aún quedan retos importantes. Desde su experiencia, ¿qué avances han sido más significativos y qué barreras considera prioritario derribar durante la próxima década?
- Si sus padres pudieran recorrer hoy las instalaciones de la Fundación y conocer todo lo que se ha construido a partir de aquella iniciativa familiar, ¿qué cree que les emocionaría más y cuál le gustaría que fuera el legado de la Fundación Juan XXIII dentro de otros 60 años?
- Para finalizar, ¿qué mensaje o idea principal le gustaría trasladar a la audiencia de Corresponsables, a las organizaciones y personas que trabajan cada día por construir una sociedad más inclusiva y responsable?
Sesenta años después, aquella iniciativa familiar se ha convertido en una de las entidades sociales de referencia en España. Bajo la dirección de su hijo, Javier Arroyo, la Fundación acompaña a 4.484 personas beneficiarias, cuenta con más de 900 profesionales y desarrolla un modelo de inclusión integral que abarca la educación, la formación, la rehabilitación, el empleo, el ocio y el acompañamiento a las familias.
En esta entrevista con Corresponsables, Javier Arroyo repasa los orígenes y principales hitos de una organización que ha sabido crecer, innovar y profesionalizarse sin renunciar a sus valores fundacionales. También reflexiona sobre la evolución de la percepción social de la discapacidad, las barreras que todavía persisten y la necesidad de adaptar mejor los apoyos a la diversidad de situaciones y necesidades.
Su experiencia deja, además, un aprendizaje especialmente relevante para el Tercer Sector: las buenas intenciones y el propósito son imprescindibles, pero deben caminar junto a la excelencia en la gestión para transformarse en resultados reales, sostenibles y capaces de llegar a más personas.
Este año, la Fundación Juan XXIII celebra seis décadas de historia. Sus padres fueron quienes impulsaron este proyecto en 1966, cuando la realidad de las personas con discapacidad era muy distinta a la actual. ¿Cómo recuerda aquellos primeros años y qué valores fundacionales cree que han permanecido intactos hasta hoy?
Lo que más recuerdo de aquellos primeros años es la enorme ilusión y el gran esfuerzo que se ponía en todo. Yo era muy pequeño, pero desde niño visitaba el colegio de educación especial y, más adelante, el centro ocupacional, así que tengo recuerdos muy vivos de aquella etapa.
También la sensación de que mis padres estaban haciendo algo poco habitual para la época, algo que incluso podía resultar extraño en aquel contexto. Pero, al mismo tiempo, había un enorme agradecimiento y una gran bondad en todas las personas que formaban parte del proyecto: los trabajadores, las familias y, por supuesto, aquellos niños y jóvenes con discapacidad. Se respiraba un ambiente de acogida, de alegría y de ilusión. Era, por decirlo de una manera sencilla, un lugar con muy buen espíritu.
En cuanto a los valores fundacionales, mis padres se inspiraron profundamente en el Evangelio, en ese pasaje en el que Jesús dice que lo que hagamos por las personas más vulnerables se lo hacemos a Él. Ambos habían pensado inicialmente en la vida religiosa y terminaron volcando todos sus valores cristianos en la misión de la Fundación.
Esos valores siguen hoy completamente intactos. La inclusión, la no discriminación, la defensa de las personas más vulnerables y el compromiso con quienes más apoyo necesitan continúan siendo la esencia de la Fundación. Y lo importante es que hoy forman parte de una cultura compartida por toda la organización, independientemente de las creencias personales. Sesenta años después seguimos creciendo, innovando y transformándonos, pero esos valores siguen guiando nuestras decisiones.
Usted suele decir que la Fundación ha sido para usted como una madre y una hija al mismo tiempo. Después de más de 35 años formando parte de ella, ¿qué momentos considera que han marcado un antes y un después en su evolución y cuáles son los hitos de los que se siente más orgulloso?
Sí, en alguna ocasión he dicho que la Fundación ha sido para mí como una madre y como una hija. Como una madre, porque me lo ha dado todo; y como una hija, porque yo también le he dedicado una parte muy importante de mi vida.
Empecé a trabajar en la Fundación siendo muy joven, con 18 años, mientras estudiaba. Mi madre me puso a repartir paquetes y a conducir una furgoneta, y aquella experiencia fue muy importante para mí. Trabajaba codo con codo con personas con discapacidad y yo era uno más: colaboraba en todo lo que exigía la producción, compartía el trabajo con ellos y los sentía mis compañeros. Aquello me enseñó que la inclusión no se construye desde los discursos, sino compartiendo el trabajo, las responsabilidades y el día a día. Fue una experiencia que marcó profundamente mi forma de entender a las personas y también mi manera de liderar.
También me enseñó el valor del trabajo, del esfuerzo y de la disciplina. Yo era un joven bastante rebelde, viví con mucha intensidad los últimos años de la movida madrileña, y si no es por la oportunidad que me dieron de ponerme a trabajar en esta organización, no sé qué hubiera sido de mí. La Fundación fue para mí una verdadera escuela de vida. En ese sentido, fue como una madre.
Y también ha sido como una hija, porque, a medida que fui teniendo una visión más clara de lo que debía llegar a ser, sentí la responsabilidad de ayudarla a crecer y transformarse. Yo estudiaba Marketing, Economía y Gestión empresarial, y empecé a comprender que la Fundación necesitaba profesionalizarse y gestionarse con el mismo rigor que una empresa, aunque manteniendo siempre intacta su misión social.
Por eso, uno de los grandes hitos fue la apertura y profesionalización del Patronato, incorporando a otras entidades y a profesionales capaces de aportar su experiencia y sus conocimientos en gestión. Otro momento decisivo fue la construcción de nuestra principal sede en Vicálvaro, que supuso un salto muy importante en la capacidad y en la ambición de la Fundación.
Y, más recientemente, destacaría la creación de una estructura organizativa que fomenta la autonomía de las personas, la innovación y el crecimiento. Creo que ese cambio ha sido fundamental para explicar la fuerte evolución de la Fundación durante los últimos diez años.
De todo ello me siento orgulloso, pero sobre todo de haber contribuido a que la Fundación creciera, se profesionalizara y se hiciera más fuerte sin perder nunca su esencia.
Desde aquel primer colegio de educación especial hasta el actual modelo de inclusión 360 grados, la Fundación ha ampliado enormemente su impacto. ¿Qué decisiones o apuestas estratégicas han sido determinantes para convertirla en un referente de la inclusión social y laboral en España?
Creo que ha habido varias decisiones que han marcado nuestra evolución: la profesionalización de la gestión, la diversificación de nuestras actividades, la apuesta por el empleo como herramienta de inclusión y la creación de una estructura organizativa capaz de innovar y crecer.
Desde mi punto de vista, solo hay una forma realmente sólida de gestionar una entidad social, o, mejor dicho, del Tercer Sector, independientemente de su misión. Por un lado, está su esencia altruista, su misión, aquello que le da sentido y que nunca puede perderse. Pero esa esencia, por sí sola, no basta.
Por otro lado, están las grandes corporaciones y empresas, donde una parte fundamental del éxito reside en la excelencia de la gestión: en la estrategia, en la organización, en la capacidad de innovar, de medir, de decidir bien y de atraer talento.
Creo que una entidad del Tercer Sector necesita necesariamente combinar ambas dimensiones. Tiene que conservar intacta su esencia social, pero al mismo tiempo debe aspirar a un nivel de gestión excelente. Si falla cualquiera de esas dos patas, el desarrollo de la organización se vuelve muy difícil.
Ese modelo nos ha permitido convertirnos en un referente porque demuestra que es posible crecer, innovar y generar impacto sin renunciar al propósito. Al final, cuando una organización consigue que el propósito marque el rumbo y la gestión lo convierte en resultados, el impacto acaba multiplicándose. Esa ha sido una de las claves de la evolución de Fundación Juan XXIII a lo largo de estos 60 años.
En estos 60 años, ha cambiado profundamente la percepción social sobre la discapacidad, pero aún quedan retos importantes. Desde su experiencia, ¿qué avances han sido más significativos y qué barreras considera prioritario derribar durante la próxima década?
Los avances más significativos han venido, en buena medida, del desarrollo normativo de estas últimas décadas. Las políticas de acción positiva han favorecido la inclusión social y laboral de las personas con discapacidad y de otras personas en situación de vulnerabilidad psicosocial. También han permitido crear nuevos servicios, ampliar los apoyos públicos y fortalecer el papel de las entidades sociales.
Pero los avances no han sido solo normativos. También ha cambiado la mirada de la sociedad; nos podemos sentir orgullosos de la evolución vivida durante estos sesenta años. La situación actual en España no tiene nada que ver con la de 1966.
Ahora bien, todavía quedan barreras importantes. Aunque pueda parecer sorprendente, sigue existiendo un gran desconocimiento sobre la discapacidad y, especialmente, sobre la enfermedad mental. Necesitamos una sociedad más informada y abierta a incorporar a estas personas con normalidad en todos los ámbitos de la vida: en la educación, en el empleo, en la vivienda, en el ocio y en la participación social.
También es necesario seguir mejorando las leyes y las políticas públicas. A mi juicio, todavía no se ha abordado con suficiente claridad una cuestión fundamental: las personas con discapacidad no forman un colectivo homogéneo y, por tanto, no todas necesitan los mismos apoyos.
En ocasiones se aplica una especie de «café para todos», cuando los recursos públicos, que siempre son limitados, deberían distribuirse con mayor precisión y eficiencia. La acción positiva debe apoyar a todas las personas que la necesiten, pero debe apoyar más a quienes afrontan mayores dificultades.
Un ejemplo claro es el de los centros especiales de empleo, es decir, el empleo protegido. En mi opinión, este recurso debería estar dirigido principalmente a las personas con especiales dificultades de inclusión laboral, que son quienes realmente necesitan apoyos más intensos.
Creo que, en gran medida, se ha desvirtuado el sentido original del empleo protegido. Las personas con discapacidad o enfermedad mental con mayor autonomía y menores necesidades de apoyo deberían avanzar hacia el empleo ordinario, mientras que los centros especiales de empleo deberían quedar restringidos, jurídicamente hablando, para quienes tengan verdaderas dificultades para acceder al empleo y siempre bajo parámetros de economía social, con reinversión de beneficios en la propia actividad.
Ha llegado el momento de dar un paso más en la evolución del marco normativo para adaptar mejor los apoyos a la diversidad de situaciones que viven las personas con discapacidad y/o enfermedad mental.
Si sus padres pudieran recorrer hoy las instalaciones de la Fundación y conocer todo lo que se ha construido a partir de aquella iniciativa familiar, ¿qué cree que les emocionaría más y cuál le gustaría que fuera el legado de la Fundación Juan XXIII dentro de otros 60 años?
En realidad, sería difícil que recorrieran hoy toda la Fundación, porque contamos con más de cuarenta mil metros cuadrados de instalaciones repartidas en varias sedes y, con 91 años, mis padres ya no están para esos trotes. Pero nos siguen visitando todo lo que pueden.
Mi padre acude muchos días a la sede central y saluda a todo el mundo. Mi madre, que ha perdido gran parte de la vista, continúa sorprendiéndonos por su optimismo, su alegría y la agudeza con la que comprende todo lo que hacemos, aunque lógicamente se les escape a veces la parte más técnica.
Creo que lo que más les emociona no es tanto el tamaño que ha alcanzado la Fundación, a punto de llegar a los 1.000 trabajadores y 4.484 beneficiarios directos, sino comprobar que seguimos trabajando con la misma ilusión y que mantenemos vivos los valores del Evangelio que los llevaron a ponerla en marcha.
Nosotros resumimos nuestra forma de actuar en tres palabras: audacia, compromiso y providencia. Estamos convencidos de que la providencia actúa, pero solo cuando nosotros hemos actuado primero. Es decir, debemos tener ideas audaces, asumirlas con verdadero compromiso y acompañarlas de esfuerzo, rigor y buena gestión. Y cuando todo eso sucede, comprobamos muchas veces que una fuerza superior a nosotros termina actuando en favor de la misión.
Eso es, creo, lo que más ilusiona a mis padres: ver que la Fundación conserva su esencia, pero no deja de avanzar, asumir nuevos retos y crecer para ayudar a más personas. Y eso mismo es lo que me gustaría que fuera nuestro legado dentro de otros 60 años: una organización capaz de seguir evolucionando sin dejar de ser reconocible en sus valores. Que quienes vengan después puedan sentir que supimos adaptarnos a cada época sin perder nunca la razón por la que nació este proyecto.
Para finalizar, ¿qué mensaje o idea principal le gustaría trasladar a la audiencia de Corresponsables, a las organizaciones y personas que trabajan cada día por construir una sociedad más inclusiva y responsable?
Me cuesta dar un mensaje a la audiencia de Corresponsables porque hablamos de organizaciones y personas que llevan muchos años trabajando en el Tercer Sector o en organizaciones comprometidas con la sostenibilidad y el impacto social, y que acumulan una enorme experiencia, sabiduría e iniciativa.
Solamente me atrevería a insistir en una idea que ya ha aparecido a lo largo de la entrevista: las buenas intenciones son imprescindibles, pero no son suficientes. El compromiso, el propósito y la voluntad fundacional tienen que ir siempre de la mano de la excelencia en la gestión.
Esto es especialmente importante para las nuevas iniciativas. Al principio es fácil idealizar la misión y pensar que, cuando una causa es justa y existe una voluntad sincera de ayudar, las cosas acabarán desarrollándose casi por sí solas. Pero no es así. Hace falta estrategia, organización, disciplina, capacidad de decisión, evaluación y un uso riguroso de los recursos.
La gestión no es algo frío ni contrario a la esencia social. Al contrario, es lo que permite que esa esencia se traduzca en resultados reales y sostenibles. El management es una disciplina muy desarrollada y las entidades sociales deben aprovechar todo ese conocimiento.
Por tanto, si tuviera que resumir el mensaje en una sola idea, sería esta: propósito y gestión no deben competir entre sí. Tienen que caminar juntos. La misión nos dice para qué trabajamos y una buena gestión hace posible que ese propósito llegue de verdad a más personas y perdure en el tiempo.
Y precisamente ese ha sido uno de los grandes aprendizajes que nos dejan estos 60 años de historia: mantenernos fieles al propósito mientras seguimos evolucionando para generar más oportunidades para las personas.


