La noción de “hogar” en un entorno cada vez más interconectado y, paradójicamente fragmentado, parece ser ahora más compleja de lo que solíamos creer. Para muchos, es un lugar físico, una ciudad, una casa con paredes y techo. Para otros, es un conjunto de relaciones, un círculo de afectos que da sentido a nuestra existencia. Pero para quienes formamos parte del colectivo LGBTQIA+, el término “hogar” ha sido —demasiadas veces— un anhelo más que una certeza. El sentido de pertenencia no siempre es algo que se recibe por derecho, sino algo que hay que buscar, construir y, en ocasiones, defender. A lo largo de mi vida he tenido el privilegio de no tener que ocultar quién soy, de vivir con libertad y de desarrollar mi carrera sin esconderme. No todos pueden decir lo mismo.
La historia de nuestra comunidad está llena de desplazamientos invisibles. Personas que han tenido que cambiar de ciudad, de país e incluso de idioma para poder vivir su identidad sin miedo. La búsqueda de un lugar seguro se vuelve una constante. En algunos países, hablar de diversidad en voz alta puede costar el trabajo, la seguridad o, en el peor de los casos, la vida. En otros, la ley reconoce derechos, pero la aceptación social se queda a medio camino: el papel ampara, pero la mirada juzga. Este fenómeno obliga a repensar qué significa realmente pertenecer a un lugar.
No se trata únicamente de sentirse aceptado, sino de tener la certeza de que se puede vivir y trabajar sin autocensura, sin tener que editar tu propia historia para encajar en las expectativas ajenas. Pertenecer es no tener que traducirse para ser entendido.
El papel silencioso de las organizaciones
Más allá de las leyes y de la geografía, los espacios de trabajo son hoy uno de los ámbitos donde todavía tenemos margen para transformar esta realidad. Para muchas personas, representa la principal comunidad que tienen fuera de su círculo íntimo. Y por eso, la responsabilidad de crear entornos seguros no es solo un ideal; es una necesidad.
Un hogar es también el sitio donde puedes ser tú mismo sin miedo. En el ámbito laboral, eso significa saber que tu identidad no será un obstáculo para crecer profesionalmente. Sin embargo, esa realidad todavía está lejos de ser universal. Según una investigación desarrollada por Henley Business School y Mental Health First Aid England, el 82% de las personas considera importante poder ser uno mismo en el trabajo, pero solo el 41% siente que realmente puede hacerlo. Esa brecha refleja la distancia que aún existe entre la cultura que muchas organizaciones aspiran a construir y la experiencia cotidiana de quienes forman parte de ellas.
Convertir una organización en un hogar simbólico exige más que buenas intenciones. Supone actuar: formar a los líderes para reconocer y combatir sesgos, abrir procesos de selección verdaderamente inclusivos, garantizar que las políticas de diversidad se cumplen y no se quedan en iniciativas específicas. En ese proceso, el liderazgo desempeña un papel decisivo. No solo por las decisiones que toma, sino por los comportamientos que modela cada día. Los equipos observan cómo reaccionan sus líderes frente a las diferencias, cómo gestionan el desacuerdo y qué actitudes reconocen, promueven y recompensan dentro de la organización. El respeto se construye en lo cotidiano, en las pequeñas interacciones diarias, y no solo en los grandes anuncios.
Un hogar es también el sitio donde puedes ser tú mismo sin miedo. En el ámbito laboral, eso significa saber que tu identidad no será un obstáculo para crecer profesionalmente. Sin embargo, esa realidad todavía está lejos de ser universal. Según una investigación desarrollada por Henley Business School y Mental Health First Aid England, el 82% de las personas considera importante poder ser uno mismo en el trabajo, pero solo el 41% siente que realmente puede hacerlo. Esa brecha refleja la distancia que aún existe entre la cultura que muchas organizaciones aspiran a construir y la experiencia cotidiana de quienes forman parte de ellas.
Uno de los errores más frecuentes es reducir la diversidad a una cita anual. Colores en un logo durante un mes, un evento puntual, una campaña en redes sociales. Todo eso es positivo, pero insuficiente.
El verdadero cambio se produce cuando los principios de inclusión se integran en la estrategia, en la gestión de talento, en las dinámicas de equipo y en la comunicación interna. Ser inclusivo no es un proyecto paralelo. Es una manera de gestionar, es entender que la innovación, la creatividad y el compromiso de los equipos se potencian cuando las personas sienten que no tienen que dejar una parte de sí mismas en la puerta al llegar al trabajo.
Hablar de pertenencia puede sonar abstracto, pero en realidad se construye a través de gestos concretos y acciones que envían un mensaje claro: aquí puedes ser tú. Aquí, eres parte. Y, aunque a menudo las cifras y los grandes planes ocupen los titulares, no deberíamos subestimar el impacto de estas microdecisiones diarias. Es ahí, en lo aparentemente pequeño, donde se moldea la cultura real de una organización.
Las deudas pendientes
Entre las múltiples dimensiones de la diversidad, hay realidades que requieren atención urgente. La situación de las personas trans es un claro ejemplo de ello. En España según un informe de la Federación Estatal LGTBI+, se estima que el 33,3% de los hombres trans está desempleado. Pero no se trata de un dato anecdótico: es el resultado directo de entornos educativos hostiles, discriminación estructural y falta de oportunidades reales. La pregunta es evidente: ¿cómo construir un hogar cuando ni siquiera se garantiza lo más básico, como un empleo digno? Sin acceso al trabajo, la independencia y la estabilidad son imposibles, y con ellas, también la posibilidad de sentirse parte de un lugar. Este es un reto que no puede resolverse con gestos aislados. Requiere políticas activas, compromiso sostenido y, sobre todo, voluntad de escuchar a quienes viven esa exclusión en primera persona.
Creo firmemente en la construcción de entornos donde la autenticidad sea la norma y no la excepción. Y considero que, desde cualquier posición de liderazgo, tenemos la oportunidad —y la responsabilidad— de amplificar este mensaje. El hogar también se construye con palabras, con las narrativas que decidimos promover, con los ejemplos que damos. No es un concepto etéreo: es una experiencia que se vive o se niega en cada interacción. Y cuanto antes entendamos que todos podemos contribuir a ello, más cerca estaremos de lograrlo.
Accede a más información responsable en nuestra biblioteca digital de publicaciones Corresponsables.


