Durante los últimos años, la energía ha ocupado buena parte del debate sobre competitividad. Tiene sentido: el coste energético, la seguridad de suministro, la descarbonización y la autonomía estratégica son factores determinantes para empresas, territorios y economías. Sin embargo, mientras mirábamos al sistema energético, se ha ido consolidando otra vulnerabilidad mucho más silenciosa, pero igual de estructural: el agua.
El Día Mundial de los Océanos, que se celebra cada 8 de junio, nos ofrece una oportunidad para reflexionar sobre la paradoja de este recurso vital. El agua cubre aproximadamente el 71% de la superficie de la Tierra, pero solo representa alrededor del 0,12% de su masa total. Además, el 97,5% es agua salada contenida en mares y océanos, y solo el 2,5% es agua dulce, en su mayoría inaccesible. En un contexto de crecimiento de la población, desarrollo socioeconómico e industrial, aumento de la demanda y presión derivada del cambio climático y la contaminación, ha llegado el momento de situar el agua en el lugar que merece en la agenda de empresas y países.
Cuando hablamos de agua en clave empresarial solemos pensar en consumo, eficiencia, reutilización o riesgo de escasez. Pero rara vez conectamos el ciclo completo del agua con su origen, regulación y equilibrio: los océanos. El concepto de Naturaleza, que ha irrumpido con fuerza en las estrategias corporativas, incluye no solo ecosistemas y especies, sino también elementos no vivos como el agua dulce, la tierra, los océanos y la atmósfera. Esto exige una visión amplia, coordinada y conectada con el negocio presente y futuro.
Los océanos, además de espacios de biodiversidad, son una pieza esencial del sistema climático y del ciclo hidrológico que hace posible la disponibilidad de agua dulce en tierra firme. Regulan el clima, absorben parte del CO₂ generado por la actividad humana y sostienen procesos naturales de los que dependen la vida y la actividad económica.
La inestabilidad de los océanos implica desequilibrios que condicionan la prosperidad económica: sin océanos estables, no hay patrones de lluvia estables, y sin estabilidad en el ciclo del agua, no hay estabilidad económica. La cuestión hídrica deja así de ser únicamente ambiental para convertirse en un factor de riesgo operativo, financiero y territorial, con impacto en cadenas de suministro, infraestructuras, producción agrícola e industrial, planificación urbana, salud, biodiversidad y licencia social para operar.
Durante demasiado tiempo hemos tratado el agua como un recurso abundante, barato e inmutable. Sin embargo, es un activo líquido, contingente y sistémico: líquido porque su valor es volátil, contingente porque su impacto no es lineal y sistémico porque atraviesa toda la economía. La pregunta ya no es si el agua afectará a la competitividad, sino cómo de preparadas están las organizaciones para integrar esta realidad en sus decisiones estratégicas.
Desde Forética trabajamos precisamente en esta transición: dejar de entender el agua como un recurso operativo para situarla como un factor estratégico de competitividad, resiliencia y continuidad de negocio. Así lo abordamos en la Guía para CEO: El agua en el centro de la estrategia, impulsada en el marco del Consejo Empresarial Español para el Desarrollo Sostenible, donde subrayamos la necesidad de integrar su gestión en la alta dirección.
Este enfoque exige dos claves. Primero, comprender la materialidad del agua para el negocio, no solo como riesgo, sino también como oportunidad. Para ello, proponemos analizar cuatro dimensiones: agua como producto, como proceso, como cadena de valor y como territorio. En ellas, todas las organizaciones pueden identificar su grado de dependencia e impacto.
Segundo, es necesario superar una visión lineal —captar, usar y desechar— y avanzar hacia modelos de circularidad hídrica. La eficiencia ya no es suficiente. Las empresas deben anticipar riesgos, invertir en reutilización, regeneración y depuración, incorporar soluciones basadas en la naturaleza y colaborar con otros actores. El agua no se gestiona de forma aislada: se comparte, se compite por ella y se protege desde la corresponsabilidad.
La circularidad hídrica es una de las grandes palancas de transformación: reduce presiones sobre las fuentes naturales, mejora la resiliencia y convierte el riesgo en oportunidad de innovación. Y aunque esta conversación suele centrarse en la gestión del agua dulce, en un contexto en que los océanos se convierten en territorio para nuevos sectores y actividades, no podemos permitirnos el lujo de actuar sin conciencia de lo que está en juego: lo que podemos perder si los ponemos en riesgo, y lo que podemos ganar si los gestionamos bien desde hoy.
El Día Mundial de los Océanos nos invita a repensar nuestra relación con ellos. Como dijo Jacques Cousteau, “olvidamos que el ciclo del agua y el ciclo de la vida son uno solo”. En clave empresarial, esto implica dejar de verlo como algo lejano o únicamente ambiental y entenderlo como parte de la infraestructura natural que sostiene la economía. Debe ocupar espacio en los comités de dirección, en los análisis de riesgos, en la planificación de inversiones y en la relación con los grupos de interés. La competitividad del futuro dependerá también de nuestra capacidad para preservar los sistemas naturales que hacen posible la actividad económica, y entre ellos, el océano y el agua son protagonistas.
Accede a más información responsable en nuestra biblioteca digital de publicaciones Corresponsables.


