Cuando pienso en investigación, no pienso primero en descubrimientos. Pienso en personas: en las personas investigadoras que dedican años, muchas veces sin reconocimiento ni certezas, a perseguir una pregunta que a la sociedad todavía no le parece urgente. Ahí está, para mí, el verdadero motor del progreso.
Por eso, cuando hablamos de nuestra alianza con la Fundación Pasqual Maragall, no hablamos solo de una colaboración institucional, sino de una convicción compartida: que los grandes retos de nuestra sociedad, como el Alzheimer, solo se afrontan poniendo la ciencia y a quienes la hacen posible en el centro.
El Alzheimer no es solo una enfermedad. Es una realidad que entra en las familias, presiona a los sistemas de salud y nos obliga a pensar de otra manera cómo queremos envejecer como sociedad. Por eso decidimos apoyarla: es una causa que nos interpela a todos, no solo a quien la sufre de cerca.
Lo que hemos visto crecer en esta entidad durante su trayectoria lo dice todo. Lo que empezó como un proyecto casi visionario es hoy una institución consolidada, con más de 400 profesionales dedicados, que da soporte a más de 1.500 familias en toda España y que involucra a más de 3.000 personas en sus proyectos de investigación. Ese tipo de crecimiento solo se sostiene con rigor y con tiempo, y es exactamente lo que nos hizo querer caminar a su lado.
Nuestro vínculo con la investigación tampoco es de discurso. Cada año reconocemos a jóvenes investigadores por su capacidad de innovación, porque creemos que dar ese impulso y reconocerlo, intensifica el valor de su trabajo.
Con la Fundación Pasqual Maragall compartimos algo muy concreto: proximidad, excelencia y no conformismo. Proximidad, porque las causas que de verdad importan se sostienen acompañando de cerca. Excelencia, porque el rigor científico no es negociable si quieres generar impacto real. Y no conformismo, porque instalarse en lo conocido es la manera más rápida de dejar de avanzar.
Las alianzas entre fundaciones, empresas y centros de investigación no son solo una forma de colaborar: son la manera más inteligente de generar impacto. Permiten compartir riesgo, sumar conocimiento y acelerar resultados que, por separado, tardarían mucho más en llegar. Las fundaciones tenemos un papel concreto en esto: ser el punto de encuentro entre mundos que normalmente no se cruzan, generar confianza y sostener, con visión a largo plazo, proyectos que de otra manera no encontrarían quién los impulse.
Llevo años viendo cómo se detecta el talento antes de que sea talento reconocido: casi nunca llega ya formado, sino como una intuición que alguien decide acompañar antes de tener pruebas de que va a funcionar. Con las causas pasa exactamente lo mismo. El momento de apoyarlas no es cuando ya son evidentes, sino antes, cuando todavía hace falta creer en ellas sin tener todas las certezas. Parar y pensar en esto, aunque lo hagamos tan poco, resulta tremendamente productivo: nos recuerda que nuestro papel no es reaccionar ante lo que ya funciona, sino tener el criterio para reconocerlo cuando todavía no lo hace.
Por eso es un orgullo caminar junto a la Fundación Pasqual Maragall. No es solo apoyar un proyecto: es compartir una misma manera de entender el progreso, una que pone a las personas en el centro, confía en la fuerza silenciosa de la ciencia y cree que las alianzas, cuando nacen de una convicción de verdad compartida, son la mejor herramienta que tenemos para construir un futuro con más esperanza.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Mundial del Alzheimer


