Llevo veinticinco años dentro de las empresas. He visto comités de dirección emocionarse con una presentación sobre su propósito un martes por la mañana y despedir a cien personas el jueves por la tarde para cuadrar el bonus del trimestre. He visto memorias de sostenibilidad preciosas, con fotos de campos de trigo y niños sonriendo, firmadas por compañías que tratan a su propia gente como un coste a minimizar. Y he aprendido a distinguir, de lejos, el propósito que se vive del propósito que se cuelga en la pared.
Lo digo sin rodeos porque creo que a estas alturas ya no nos podemos permitir la cortesía: una buena parte de lo que llamamos sostenibilidad corporativa en este país es maquillaje. Y el maquillaje, cuando se cae, deja la cara peor que si no te hubieras pintado.
Nuestro modelo económico está agotado. Produce crecimiento y, a la vez, produce una desigualdad que ya no se sostiene moral ni políticamente. Genera PIB mientras quema el planeta que lo hace posible. Hemos construido una economía que mide con obsesión lo que cuesta y es ciega a lo que vale. Sabemos al céntimo el precio de una silla y no tenemos ni idea del valor de la persona que se sienta en ella. Así llevamos décadas. Y nos extraña que la gente esté desenganchada.
Porque de eso va esto, al final. En España, solo uno de cada diez trabajadores está de verdad comprometido con su empresa. Uno de cada diez. Los otros nueve van, cumplen, cobran y se marchan por dentro mucho antes de marcharse por la puerta. No es un problema de recursos humanos. Es la factura de haber convertido el trabajo en una transacción sin sentido, en la que a la persona se le pide el cuerpo y se le niega el porqué.
Y esa factura se puede medir. En el estudio que hemos hecho desde ImpactCo con la Universidad de Navarra la hemos puesto en euros, con criterio conservador y revisión académica, porque en este país una idea sin número no entra en un consejo de administración. El resultado incomoda: lo que España pierde cada año por no activar el propósito de su gente equivale a 44.500 millones de euros. El 2,6% de nuestro PIB. Dinero que no aparece en ninguna cuenta de resultados porque es el valor que simplemente no llegamos a crear. Y si esa energía se liberara, el Estado recaudaría casi 20.000 millones más al año sin subir un solo impuesto. No porque exprimiéramos a nadie, sino porque una economía con sentido produce más.
Me dirán que son estimaciones. Lo son, y las defiendo una a una. Pero el número no es lo importante. Lo importante es lo que el número esconde: que hemos normalizado el desperdicio humano a una escala que, si fuera de petróleo o de agua, saldría en los telediarios.
Aquí es donde quiero ser claro con los míos, con los que estamos en esto. El propósito no es un relato. No es una campaña. No es un pilar más del plan de sostenibilidad entre el reciclaje y la paridad. El propósito, cuando es real, cambia dónde inviertes, a quién contratas, qué contratos rechazas y cómo repartes lo que ganas. Si tu propósito no te ha hecho decir que no a un cliente rentable alguna vez, no tienes propósito. Tienes un eslogan.
Creo —y en esto soy un activista sin complejos— que la empresa es la institución con más capacidad de transformación que ha creado la humanidad. Más que muchos gobiernos. Y que estamos desperdiciando esa palanca por cobardía, por cortoplacismo y por una idea pobre de lo que significa el éxito. Se puede progresar ganando dinero haciendo el bien. No es una contradicción ni es buenismo: es, probablemente, la única forma de progreso que le queda a este siglo.
España tiene una oportunidad rara. Tenemos el tejido de pymes, el talento y ahora también la evidencia científica para liderar esto en Europa, en lugar de importarlo tarde y mal como importamos casi todo. Podemos ser el laboratorio de una economía con alma. Pero eso no lo va a hacer un ministerio ni una consultora. Lo haremos los que dirigimos, financiamos y trabajamos en empresas, el día que decidamos que el propósito deja de ser lo que decimos y empieza a ser lo que hacemos.
Yo tengo tres hijos. Esto, en el fondo, va de qué país y qué economía les quiero dejar. Y no pienso dejarles una llena de memorias de sostenibilidad perfectas y empresas vacías por dentro.
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