Algunas acciones corporativas que se explican bien con una cifra, un acuerdo o un patrocinio, y hay otras que adquieren sentido cuando dejan de leerse únicamente en términos institucionales y empiezan a entenderse a través de las personas que las hacen posibles, de la forma en la que se implican y de lo que esa implicación dice, muchas veces sin necesidad de grandes declaraciones, sobre la cultura de una organización.
Hace unos días, varios compañeros de Linde Médica participaron en la III Carrera y Marcha Solidaria del Hospital Nacional de Parapléjicos, una iniciativa que Linde apoyaba como patrocinador y que, precisamente por eso, podría haberse contado de una forma sencilla y previsible, poniendo el foco en la colaboración, en la presencia de la marca o en el respaldo institucional; sin embargo, cuando una mira las imágenes de la jornada, lo que resulta más evidente no es el patrocinio, sino algo bastante más valioso: compañeros que decidieron estar allí, ponerse unas zapatillas, compartir el recorrido con pacientes, profesionales sanitarios, familias y ciudadanos, y convertir una colaboración empresarial en una experiencia vivida en primera persona.
Ese matiz es clave, porque una de las preguntas más interesantes que podemos hacernos cuando hablamos de responsabilidad social sea hasta qué punto los valores de una compañía son realmente propios de la organización o siguen siendo, en el fondo, parte de un discurso que se activa solo en determinados contextos, campañas o fechas señaladas.
Hemos aprendido a medir el compromiso corporativo a través de programas, indicadores, memorias, objetivos y resultados, herramientas todas ellas necesarias para dotar de rigor a cualquier estrategia de sostenibilidad o responsabilidad social, pero que no siempre alcanzan a explicar aquello que verdaderamente transforma una cultura: la capacidad de conseguir que las personas que forman parte de una organización reconozcan esos valores como algo propio y decidan expresarlos también fuera de la lógica estrictamente profesional.
Ninguna empresa se vuelve más humana por afirmar que lo es, del mismo modo que palabras como cercanía, inclusión o compromiso pierden buena parte de su significado cuando se convierten únicamente en atributos corporativos; adquieren valor cuando encuentran una traducción concreta en la manera de trabajar, en las decisiones que se toman, en la forma en la que nos relacionamos con quienes nos rodean y, sobre todo, en la disposición a estar presentes allí donde nuestra actividad puede contribuir a mejorar la vida de las personas.
En el ámbito de la salud, esta reflexión adquiere todavía más relevancia, porque quienes trabajamos cerca de pacientes sabemos que ninguna persona puede reducirse a un diagnóstico, a un tratamiento o a una condición clínica, y que detrás de cada necesidad asistencial sigue existiendo alguien que quiere conservar su autonomía, mantener sus relaciones, continuar trabajando, viajar, cuidar a otros, decidir sobre su propia vida y seguir ocupando su lugar en el mundo con la mayor normalidad posible.
Por eso una iniciativa como la Carrera y Marcha Solidaria del Hospital Nacional de Parapléjicos trasciende con facilidad la dimensión deportiva, ya que durante unas horas genera un espacio compartido en el que las categorías habituales pierden peso y en el que pacientes, profesionales, familiares, ciudadanos y organizaciones avanzan juntos sin necesidad de establecer constantemente quién cuida a quién, quién ayuda a quién o quién ocupa el centro.
Quizá ahí exista también una forma especialmente poderosa de hablar de inclusión, no como la capacidad de permitir que determinadas personas accedan a espacios previamente construidos por otros, sino como la voluntad de crear entornos en los que nadie tenga que justificar su presencia y en los que distintas maneras de avanzar puedan convivir dentro de un mismo recorrido.
Para las empresas que trabajamos en salud, esa idea debería formar parte de nuestra propia responsabilidad, porque nuestra aportación no puede limitarse a prestar correctamente un servicio, desarrollar una tecnología, cumplir un contrato o responder a una necesidad asistencial, por importantes que sean todas esas dimensiones; también debemos preguntarnos qué autonomía facilitamos, qué barreras ayudamos a reducir, qué relaciones construimos con las personas a las que atendemos y hasta qué punto contribuimos a que un tratamiento permita precisamente eso que a veces olvidamos cuando hablamos de resultados clínicos: seguir viviendo.
En Linde Médica conocemos bien esa dimensión porque buena parte de nuestra actividad sucede en el domicilio, allí donde la medicina deja de producirse exclusivamente dentro de una institución y pasa a convivir con la vida cotidiana, con horarios, familias, responsabilidades, cansancio, proyectos y rutinas que continúan aunque exista una enfermedad crónica, y esa cercanía obliga a mirar de otra manera conceptos que a veces utilizamos de forma demasiado abstracta, como autonomía, adherencia o calidad de vida.
La calidad de vida no es únicamente una variable que pueda medirse en una escala ni una expresión que deba aparecer en una presentación corporativa; tiene que ver con la posibilidad de seguir haciendo aquello que da sentido a la vida de cada persona, con conservar margen de decisión y con conseguir que la tecnología y la atención sanitaria se integren en esa biografía sin ocuparla por completo.
Por eso tiene sentido apoyar iniciativas que hablan de participación, inclusión y autonomía, pero quizá tenga todavía más valor comprobar que quienes trabajan dentro de la organización quieren también formar parte de ellas, porque en ese momento la responsabilidad social deja de ser algo que una empresa comunica y empieza a convertirse en algo que sus profesionales encarnan de forma natural.
Las fotografías de aquella jornada muestran precisamente eso: compañeros caminando, corriendo, conversando y compartiendo una mañana con muchas otras personas, y aunque puedan parecer imágenes sencillas, contienen una idea importante sobre lo que significa construir cultura corporativa, ya que los valores de una organización adquieren verdadera consistencia cuando dejan de depender exclusivamente de documentos, campañas o declaraciones y empiezan a reconocerse en el comportamiento cotidiano de quienes forman parte de ella.
Conviene revisar también cierta forma tradicional de entender la responsabilidad corporativa, demasiado asociada a acciones extraordinarias, proyectos aislados o grandes gestos visibles, cuando una parte esencial del impacto de una compañía se construye de manera mucho más discreta, en la coherencia entre lo que afirma defender y la forma en la que actúa, en la capacidad de generar vínculos reales con su entorno y en la implicación de sus profesionales en causas que conectan con el propósito de la organización.
El reto es construir organizaciones en las que acompañar, incluir, participar y cuidar formen parte de una manera estable de relacionarse con la sociedad, hasta el punto de que determinados comportamientos no tengan que ser explicados constantemente porque resulten reconocibles en la propia cultura de la compañía.
Eso fue, para mí, lo más significativo de la jornada organizada por el Hospital Nacional de Parapléjicos: comprobar cómo una acción que podría haberse quedado en el terreno del patrocinio adquiría otra dimensión al convertirse en una experiencia compartida por nuestros propios compañeros, que representaron a Linde Médica de una forma más poderosa que cualquier mensaje corporativo, simplemente estando allí y formando parte de algo que tenía sentido.
Avanzar juntos no significa hacerlo todos de la misma manera, y quienes trabajamos en salud deberíamos recordar esta idea con frecuencia, especialmente cuando hablamos de inclusión, autonomía o atención centrada en la persona, conceptos que solo conservan su verdadero significado cuando somos capaces de trasladarlos de los discursos a la realidad.
Cuidar es crear las condiciones para que cada persona pueda continuar su propio recorrido, acompañar es saber cuándo nuestra responsabilidad consiste, sencillamente, en caminar durante un tramo a su lado.
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