Once años después de la aprobación de la Agenda 2030, los Objetivos de Desarrollo Sostenible siguen ofreciendo un marco común para abordar los grandes desafíos ambientales, sociales y económicos. Pero el contexto ha cambiado. Ya no basta con expresar compromisos: necesitamos demostrar, con datos y resultados verificables, qué impacto estamos generando.
En 2015, los 17 ODS ampliaron la forma de entender la sostenibilidad. Ya no se trataba solo de medio ambiente, sino también de empleo, desigualdad, comunidades sostenibles, alianzas o instituciones. Esa mirada integrada sigue siendo necesaria. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación de los ecosistemas, los incendios forestales y el abandono rural están estrechamente relacionados. Sus soluciones también deben estarlo.
En Grupo Sylvestris lo comprobamos sobre el terreno. Restaurar un bosque no consiste únicamente en plantar árboles: implica recuperar ecosistemas degradados, crear sumideros de carbono, favorecer la biodiversidad, mejorar la resiliencia del territorio y generar empleo y actividad económica en el medio rural. Por eso nuestra actividad conecta especialmente con los ODS 8, 10, 13, 15 y 17.
Más de una década de recorrido de los ODS deja una enseñanza clara: contribuir no es suficiente; hay que ser capaces de medir esa contribución.
De los compromisos a las hectáreas, el carbono y el empleo
Las grandes cifras globales ayudan a comprender la dimensión de los desafíos, pero la transformación sucede en territorios concretos. En nuestro caso, se traduce hoy en 245 proyectos y 6.155 hectáreas inscritos en el registro de la Oficina Española de Cambio Climático, con más de 2,1 millones de toneladas de CO₂ de absorción prevista.
El impacto va más allá del carbono. Entre 2024 y 2025, las actuaciones desarrolladas generaron 1.216 empleos, muchos de ellos vinculados directamente a los territorios rurales donde se ejecutan los trabajos forestales. Priorizamos la contratación de trabajadores, empresas y proveedores locales, con especial atención a colectivos en situación de vulnerabilidad y a su formación y empleabilidad.
Una hectárea restaurada puede capturar carbono, recuperar biodiversidad y mejorar la resiliencia de un territorio, pero también genera jornadas de trabajo, contratación de servicios y actividad económica. Esa es una de las principales fortalezas de los ODS: recordar que el impacto ambiental, social y económico no puede analizarse por separado.
¿Podemos medir también el impacto social?
En el sector forestal estamos acostumbrados a medir superficies, densidades, crecimiento, biomasa o carbono. Existen metodologías para cuantificar las absorciones y mecanismos de seguimiento y certificación que permiten comprobar la evolución de los proyectos durante décadas.
La dimensión social también puede medirse. En 2025 encargamos un estudio de impacto social monetizado en uno de nuestros proyectos de restauración forestal en Grandas de Salime, Asturias. El análisis, realizado por una consultora independiente, concluyó que por cada euro invertido en el proyecto se generaban 6,51 euros de valor social en el territorio.
Convertir esa realidad en datos permite comprender mejor hasta qué punto la restauración forestal puede actuar también como herramienta de desarrollo territorial. Y permite pasar de la percepción a la evidencia.
Medir para mejorar
La medición no es solo rendición de cuentas. Sirve para comprobar si logramos lo que nos propusimos, identificar qué funciona, detectar qué debemos mejorar y tomar mejores decisiones. También ayuda a que empresas, administraciones, propietarios, inversores y ciudadanía puedan confiar en los proyectos.
La tecnología está ampliando estas posibilidades. Los sistemas de información geográfica, la observación de la Tierra, las imágenes de satélite y las herramientas de monitorización remota permiten seguir con mayor frecuencia y objetividad el crecimiento de las masas forestales, la biomasa o las reservas de carbono. También ayudan a detectar riesgos, como los incendios forestales, y a proteger las inversiones realizadas en restauración.
A ello se suman la certificación y la verificación. Uno de los bosques de Motor Verde, el programa de restauración forestal impulsado por Fundación Repsol y Grupo Sylvestris, ha obtenido en Asturias la primera certificación VCS (Verified Carbon Standard) de Verra en la península ibérica. Es un avance relevante en trazabilidad y reconocimiento internacional de los proyectos de carbono forestal.
Tecnología, conocimiento forestal, seguimiento y certificación deben trabajar juntos para conseguir algo esencial: que detrás de cada afirmación sobre sostenibilidad exista una evidencia que la respalde.
Conectar los ODS en el territorio
Los ODS no funcionan como compartimentos estancos. Un proyecto de restauración forestal puede contribuir al mismo tiempo a la acción climática, la biodiversidad, el empleo, la economía rural, la innovación y las alianzas.
Motor Verde es un buen ejemplo. Su desarrollo implica la colaboración de empresas, propietarios, administraciones, entidades locales, trabajadores y proveedores para transformar terrenos degradados en nuevos ecosistemas forestales capaces de generar beneficios ambientales, sociales y económicos durante décadas.
En 2015 necesitábamos un lenguaje común para definir hacia dónde avanzar. Los ODS nos lo proporcionaron. En 2026 necesitamos dar un paso más: convertir los objetivos en proyectos; los proyectos, en resultados; y los resultados, en evidencias que podamos medir, verificar y mejorar.
Porque la sostenibilidad no se mide por lo que una organización se compromete a hacer, sino por lo que consigue transformar. Once años después, el reto de los ODS ya no es asumir compromisos. Es demostrar impacto.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: 11º Aniversario de los ODS


