Hace once años la comunidad internacional adoptó la Agenda 2030 con la ambición de construir un mundo más justo y sostenible, sin dejar a nadie atrás. Hoy, cuando celebramos el décimo primer aniversario de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el balance nos sitúa ante una realidad que exige combinar urgencia con acción colectiva.
Por eso quiero hablar de dos cuestiones diferentes que confluyen: los resultados parciales de los ODS y cómo queremos trabajar con las empresas los años que quedan para esta Agenda de la humanidad.
Dentro del primer punto, ya es público que, según Naciones Unidas, el 36% de las metas de los ODS avanza por buen camino o registra un progreso moderado, mientras que el 49% presenta avances mínimos o insuficientes y un 15% ha retrocedido respecto a los niveles de 2015. Los conflictos, la crisis climática y la disminución de la financiación internacional están poniendo en riesgo avances que parecían consolidados.
Pero sería un error interpretar este escenario únicamente desde el déficit. En estos once años también hemos aprendido algo fundamental: cuando existen inversión, innovación y capacidad de ejecución, el progreso es posible. Casi 1.000 millones de personas han logrado acceso a agua potable, la electricidad alcanza ya al 92% de la población mundial y la conectividad a internet ha pasado del 40% al 74%. La cuestión, por tanto, no es solo qué hemos conseguido, sino cómo podemos llevar esa capacidad de transformación a la escala que requiere la Agenda 2030.
Y en esa ecuación, las empresas ocupan un lugar imprescindible. Este mensaje ha resonado con fuerza en la Asamblea General de Naciones Unidas que se acaba de celebrar en Nueva York.
La capacidad del sector privado para invertir, innovar y ejecutar convierte al tejido empresarial en una pieza determinante para transformar los sistemas económicos. Y además tenemos datos de que la sostenibilidad gana peso en la estrategia empresarial, más de la mitad de las empresas españolas la vincula favorablemente con los resultados económicos y 8 de cada 10 considera que apoya su ventaja competitiva.
Dentro del segundo punto, del trabajo con empresas, quiero hacer notar que estamos en una etapa diferente. El mero compromiso de las empresas con el desarrollo sostenible ya no es relevante. Los ODS y los criterios ESG tienen que estar en la estrategia, las operaciones y la cadena de suministro de las empresas. Como algo transversal que influye en la toma de decisiones.
Por eso, cuando los ODS cumplen once años, la apuesta empresarial y la nuestra propia es centrarnos en dos tipos de actuación: la implementación y la acción colectiva.
No necesitamos más promesas inconcretas. Necesitamos resultados medibles que demuestren que la sostenibilidad es un vector de rentabilidad, eficiencia, mitigación de riesgos y ventaja competitiva.
Esto define esta fase: pasar del compromiso a la implementación, de la acción individual a la acción colectiva, y de decir que la sostenibilidad importa a demostrar cómo crea valor empresarial.
Para hacerlo a la escala necesaria, ninguna empresa puede actuar sola. Tampoco pueden hacerlo las Naciones Unidas ni los gobiernos sin involucrar los sistemas a través de los cuales las empresas invierten, emplean, producen, adquieren e innovan.
La acción colectiva, por tanto, no es un complemento: es una condición para la implementación.
Ese es precisamente en esta intersección en el que el Pacto Mundial de las Naciones Unidas lleva trabajando desde hace años: acercar las prioridades globales a la toma de decisiones empresariales, capacitar a las compañías para actuar, impulsar la acción colectiva y demostrar que una actividad empresarial responsable puede fortalecer la resiliencia, la competitividad y el valor a largo plazo.
En España, la evolución de las empresas durante esta década demuestra que existe una base sobre la que construir.
Nos encontramos, por tanto, ante una recta final de la Agenda 2030 que no puede ser simplemente una cuenta atrás. Debe ser una etapa de liderazgo y colaboración. Una oportunidad para transformar los aprendizajes de estos once años en decisiones empresariales capaces de producir cambios reales.
Porque el mundo no carece de soluciones, de ambición empresarial ni de capital. Lo que necesitamos es mayor alineación, coordinación y escala.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: 11º Aniversario de los ODS


