Cuando hablamos de transición energética solemos pensar en energías renovables, electrificación o innovación tecnológica. Sin embargo, existe una oportunidad menos visible que puede contribuir de forma significativa a la descarbonización: aprovechar el potencial energético de muchos de los residuos, subproductos y energías residuales que siguen generándose en nuestros procesos productivos.
Durante años hemos entendido los residuos principalmente como un problema que debía gestionarse. Hoy empezamos a reconocer que muchos de ellos contienen un valor que aún estamos lejos de aprovechar plenamente. Algunos pueden convertirse en nuevas materias primas, otros pueden reincorporarse a procesos productivos y, en muchos casos, pueden transformarse en una fuente de energía renovable capaz de sustituir combustibles fósiles.
La economía circular nos invita, precisamente, a cambiar la pregunta. Ya no se trata únicamente de cómo gestionar un residuo, sino de cómo aprovechar los recursos que contiene para generar valor compartido desde el punto de vista económico, ambiental y social.
Este cambio de enfoque resulta especialmente relevante en un contexto marcado por el desafío de descarbonizar la economía, reforzar la competitividad industrial, reducir la dependencia de materias primas y avanzar hacia una mayor seguridad energética. La transición hacia una economía neutra en carbono no pasa únicamente por producir más energía renovable a gran escala; también exige aprovechar mejor los recursos que ya tenemos a nuestro alcance.
Los ejemplos son cada vez más numerosos y demuestran que esta transformación ya está generando resultados tangibles en sectores muy diversos.
En Palencia, la empresa PROSOL ha encontrado una nueva utilidad para uno de los subproductos inherentes a su actividad: el marro o posos de café resultantes del proceso productivo. Este residuo se utiliza como combustible en una planta de biomasa que suministra vapor a la propia fábrica, transformando un desecho en una fuente de energía renovable. En este proyecto, ENGIE opera y mantiene la instalación energética, garantizando el suministro de energía térmica necesaria para el proceso industrial y contribuyendo a que un residuo generado en la propia actividad se convierta en un recurso energético.
Un planteamiento similar encontramos en Navarra. ENGIE y Viscofan han desarrollado una solución pionera para valorizar residuos celulósicos procedentes de la propia actividad industrial y transformarlos en energía térmica. La instalación combina biomasa forestal sostenible con envolturas celulósicas generadas en el proceso productivo. ENGIE ha diseñado, desarrollado y operará esta infraestructura, que permite integrar la circularidad directamente en la estrategia de descarbonización industrial, convirtiendo residuos en energía útil para la propia fábrica.
La economía circular no consiste únicamente en reutilizar materiales. También implica aprovechar energías que hasta ahora se desperdiciaban. Un ejemplo especialmente ilustrativo es el proyecto desarrollado por ENGIE entre Verallia y Mahou San Miguel en Burgos. Gracias a una solución diseñada e implantada por ENGIE, el calor residual generado en los hornos de fabricación de vidrio de Verallia se recupera y transforma en vapor que se suministra a la planta de Mahou San Miguel para su proceso productivo. La energía que antes se perdía pasa así a sustituir parte del consumo de gas natural de otra industria cercana, demostrando cómo la colaboración entre empresas puede generar beneficios económicos y ambientales para todos los actores implicados.
Este mismo principio puede aplicarse también a escala urbana. En Barcelona, Districlima aprovecha el vapor procedente del tratamiento de residuos urbanos para producir calor y frío destinados a edificios de la ciudad. A través de esta red energética, una energía residual encuentra una nueva utilidad al servicio de hogares, oficinas y equipamientos urbanos. ENGIE participa en el desarrollo de esta solución a través de Districlima, contribuyendo a impulsar modelos de climatización más eficientes y con menores emisiones.
Aunque se trata de ejemplos muy diferentes, todos comparten una misma lógica: identificar recursos que hasta hace poco se desperdiciaban e incorporarlos de nuevo al sistema generando valor económico, ambiental y social. La economía circular deja así de estar vinculada únicamente a la gestión de residuos para consolidarse como una palanca estratégica para la descarbonización, la competitividad y la innovación.
Para avanzar en esta dirección, la colaboración resulta imprescindible. Empresas, administraciones públicas, centros tecnológicos y ciudadanía comparten la responsabilidad de impulsar soluciones capaces de acelerar la transición hacia modelos más sostenibles y eficientes. Ningún actor puede afrontar este reto de forma aislada.
La transición energética necesita energías renovables, electrificación e innovación tecnológica, pero también una forma diferente de entender los recursos y de cómo aprovechamos todo su potencial. En este contexto, muchos residuos y subproductos dejan de ser un problema que gestionar para convertirse en una oportunidad para impulsar una economía más circular y sostenible.


