Durante mucho tiempo se ha puesto el foco en qué hacer con los residuos una vez generados. Hoy, la economía circular nos obliga a cambiar la mirada, de manera que prevenir, reducir y conservar el valor de los materiales debe formar parte del proceso desde el principio. El reto ya no es solo reciclar mejor, sino conseguir que cada vez menos recursos terminen convirtiéndose en residuos.
Una merma de producción, un embalaje innecesario, un producto defectuoso o un material que no puede recuperarse no son únicamente elementos que generan un coste de gestión. Son también recursos cuyo valor se ha perdido por el camino. Y ahí es donde se encuentra una de las principales oportunidades para las empresas: convertir la gestión de residuos en una herramienta de eficiencia, innovación y competitividad.
A su vez, la regulación europea está empujando en esta dirección. El Reglamento (UE) 2025/40 sobre envases y residuos de envases refuerza aspectos como la prevención, la reciclabilidad, la reutilización y el contenido reciclado, mientras que el Reglamento (UE) 2024/1781 de ecodiseño para productos sostenibles incorpora criterios relacionados con la durabilidad, la reparabilidad, la reutilización o la eficiencia en el uso de los recursos. Teniendo en cuenta esto, cada vez será más difícil separar las características de un producto de su impacto medioambiental a lo largo de todo su ciclo de vida.
Pero limitar esta transformación al cumplimiento normativo sería quedarse a medio camino. La verdadera oportunidad está en anticiparse y preguntarse, antes de buscar la mejor forma de tratar un residuo, por qué se está generando. ¿Podemos evitarlo? ¿Reducirlo? ¿Reutilizarlo? ¿Recuperar sus materiales? ¿Modificar el proceso para que no pierda su valor?
En muchas ocasiones, la solución más innovadora ni siquiera requiere una tecnología especialmente sofisticada. Revisar procesos productivos, consumos, embalajes, formatos de suministro o determinadas operaciones logísticas puede ayudar a detectar pérdidas de materiales y reducir la generación de residuos desde el origen.
Por supuesto, la tecnología es una gran aliada. La visión artificial, los sensores, la automatización o la inteligencia artificial están abriendo nuevas posibilidades para identificar y separar materiales con mayor precisión. La digitalización, además, permite conocer mejor la composición, origen, calidad y destino. No obstante, no basta con reciclar más. Es importante conseguir recuperar materiales con la calidad necesaria para reincorporarlos a los procesos productivos y reducir, cuando sea posible, la dependencia de materias primas vírgenes.
En ese camino, el diseño desempeña un papel decisivo. Si un producto es difícil de desmontar, reparar, reutilizar o reciclar, estamos condicionando desde su origen lo que ocurrirá con él al final de su vida útil. Por eso, la gestión de residuos empieza mucho antes de que exista el propio residuo. Empieza cuando decidimos qué materiales utilizamos, cómo fabricamos un producto o cuánto tiempo queremos que permanezca en circulación.
Esto implica necesariamente romper algunos silos dentro de las organizaciones. La circularidad no puede seguir siendo responsabilidad exclusiva del departamento de medioambiente. Es importante que compras reflexione qué materiales adquiere; producción, dónde se generan las mermas; I+D, cómo incorporar criterios de ecodiseño; logística, qué oportunidades ofrece la reutilización o la logística inversa; y dirección debe entender que hablamos de costes, riesgos, resiliencia e innovación.
También debemos mirar más allá de los límites de cada compañía. Uno de los conceptos con mayor potencial es la simbiosis industrial. Conseguir que aquello que para una empresa supone un residuo pueda convertirse en un recurso para otra. Para hacerlo posible es necesario conocer mejor los materiales, garantizar su calidad y facilitar la conexión entre quien los genera y quien puede aprovecharlos. Las plataformas digitales y los mercados de materias primas secundarias pueden ser importantes facilitadores de este nuevo modelo.
Y no se trata únicamente de reducir el impacto medioambiental. En un contexto en el que la disponibilidad y el precio de determinadas materias primas pueden condicionar la actividad industrial, recuperar recursos, reutilizarlos y mantenerlos durante más tiempo dentro de la economía también puede contribuir a reforzar la resiliencia de las cadenas de suministro y reducir dependencias.
En este sentido, es primordial revisar la medición de los avances. El porcentaje de residuos reciclados seguirá siendo un indicador importante, pero no puede ser el único. También es importante valorar cuánto residuo se genera por unidad producida, cuántas materias primas vírgenes se utilizan, cuánto material reciclado se puede reincorporar o qué porcentaje de los recursos vuelve efectivamente al ciclo productivo.
En definitiva, debemos pasar de medir cuánto residuo gestionamos a medir cuánto valor conseguimos conservar. Las empresas que sean capaces de integrar la circularidad en sus decisiones, anticiparse a los cambios y conservar durante más tiempo el valor de los materiales no solo reducirán su impacto medioambiental, sino que estarán mejor preparadas para operar de forma más eficiente, resiliente y competitiva.


