Hay barreras que no se ven hasta que un día te encuentras frente a ellas. Puede ser una rampa demasiado estrecha o un trámite pensado solo para una forma de comunicarse. Para muchas personas, esos detalles marcan la diferencia entre sentirse incluidos o no en el día a día de una empresa, institución o ciudad.
En mi caso ese cambio de mirada llegó en 2013. Antes del accidente ejercía como abogada y practicaba triatlón. Mi vida transcurría entre el trabajo, los entrenamientos y competiciones. Una caída mientras entrenaba en bicicleta me provocó una lesión medular. Desde entonces tuve que aprender otra forma de moverme, entrenar y organizar la vida cotidiana, y empecé a ver obstáculos antes inadvertidos.
Adaptarse forma parte de la vida y del deporte, pero la responsabilidad de resolver cada obstáculo no debería recaer siempre en quien lo encuentra. Con el tiempo comprendí que la discapacidad no está solo en una condición personal, sino también en la interacción con un entorno que no siempre ha sido pensado para todas las personas.
Ahí es donde la autonomía se vuelve clave. No se trata solo de poder hacer algo, sino de hacerlo sin depender de soluciones improvisadas o de la voluntad de otros.
La accesibilidad es lo que permite que esa autonomía sea real. La Organización Mundial de la Salud explica que la discapacidad surge de la interacción entre una condición personal y las barreras del entorno. La Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad la vincula con la libertad de elección y la participación plena. Por eso, pensarla desde el principio evita excepciones y obliga a considerar los espacios físicos, la información y los entornos digitales.
Esta reflexión es especialmente relevante desde el punto de vista de las empresas. Influyen en nuestra vida a través de los productos que diseñan, los servicios que prestan o los espacios que abren al público. Por eso, pueden impulsar cambios reales si incorporan la inclusión desde el principio y no como una adaptación posterior.
A menudo, cuando se habla de inclusión en la empresa, se piensa casi exclusivamente en empleo. Es algo fundamental, pero no es el único ámbito. También hay inclusión cuando una compañía diseña un producto teniendo en cuenta necesidades que antes quedaban fuera, revisa la accesibilidad durante todo el viaje de un cliente y adapta sus canales de atención.
He podido comprobarlo de cerca a través de mi colaboración con Sanitas. Más allá del apoyo al deporte paralímpico, me parece valioso que una empresa escuche a quienes vivimos determinadas realidades y convierta esa experiencia en soluciones concretas, como una póliza específica para deportistas paralímpicos u otra únicamente pensada para personas con discapacidad como Sanitas Inclusivo.
La escucha es clave y ha sido real en mi caso. Porque un patrocinio no debería entenderse solo como una aportación económica, sino también como una oportunidad para aprender de quienes conocen las barreras en primera persona. Cuando las empresas incorporan esa voz, pueden detectar necesidades que pasan desapercibidas y mejorar la experiencia de muchas personas.
He podido comprobarlo también a través de mi colaboración con Fundación Sanitas en el ámbito del deporte inclusivo. He participado en pruebas y en los Juegos Inclusivos junto a deportistas con y sin discapacidad, bajo reglamentos concebidos para mantener la exigencia competitiva y permitir una participación conjunta efectiva. La competición es la parte más visible, pero detrás hay un trabajo más amplio.
Fundación Sanitas colabora con la Universidad Politécnica de Madrid para desarrollar modelos de práctica inclusiva. Ese conocimiento llega a los centros educativos mediante Deporte Inclusivo en la Escuela, que facilita herramientas al profesorado para que el alumnado con y sin discapacidad comparta la actividad física desde edades tempranas. Las federaciones y los deportistas ayudan después a trasladar lo aprendido a la competición.
Este recorrido demuestra que los cambios estructurales necesitan una red. Una entidad puede impulsar una iniciativa, pero su consolidación exige conocimiento especializado, experiencia y la participación de otros ámbitos. En este caso, educativo, deportivo, sanitario y empresarial. En las empresas ocurre algo parecido: la inclusión depende de decisiones cotidianas, de equipos que escuchan y de colaboración con organizaciones especializadas.
Por eso me parece importante que espacios como ESG Spain, impulsado por Forética, incorporen la inclusión a la conversación sobre sostenibilidad. Porque ésta no puede entenderse solo desde la dimensión ambiental o económica. También tiene una dimensión social muy clara: construir entornos, productos, servicios y oportunidades que no dejen a nadie atrás.
En una competición, las reglas determinan quién puede llegar a la línea de salida. En una empresa sucede algo parecido. Revisar esas reglas mantiene la exigencia y permite que el resultado dependa del talento y del trabajo. Cuando todas las personas pueden participar de verdad, se amplían las oportunidades individuales y sale ganando la sociedad en su conjunto.
Esta tribuna forma parte del especial de Corresponsables con motivo de ESG Spain 2026 – Corporate Sustainability Forum, organizado por Forética.


