Hay una pregunta que quienes trabajamos en inversión de impacto quizá deberíamos hacernos más seguido: si estamos convencidos de que el impacto puede ofrecer oportunidades de inversión atractivas, ¿por qué seguimos dedicando tanto tiempo a convencer a otros de que inviertan?
La pregunta puede resultar incómoda, pero creo que es una buena señal. El mercado de inversión de impacto en España ha crecido de manera importante durante los últimos años. Hay más fondos, más vehículos, más actores y mayor sofisticación. El debate ya no consiste solamente en explicar qué es la inversión de impacto. La cuestión ahora es cómo conseguir que más capital decida entrar.
Y para eso quizá tengamos que hablar un poco menos entre convencidos y entender mejor a quienes todavía no lo están.
Pensemos, por ejemplo, en un business angel. Cada semana recibe oportunidades de inteligencia artificial, ciberseguridad, defensa y otras industrias que concentran buena parte de la atención del mercado. En medio de todas ellas aparece una startup de impacto. La pregunta relevante no es si al inversor le parece positivo su propósito. Seguramente sí. La pregunta es mucho más sencilla: ¿por qué debería invertir en ella?
La inversión de impacto tiene que competir por el capital. Y eso significa ofrecer buenos equipos, modelos de negocio sólidos, mercados atractivos y expectativas razonables de rentabilidad, además de impacto. El apellido «de impacto» no puede sustituir a una buena tesis de inversión.
Algo parecido sucede dentro de las empresas. Las corporaciones destinan recursos importantes a innovación, tecnología, marketing o adquisiciones. Sin embargo, incorporar la inversión de impacto a sus herramientas de innovación y crecimiento todavía puede resultar extraño. ¿Por qué?
Muchas veces no es solamente una cuestión financiera. También es cultural. Hace falta alguien dentro de la organización dispuesto a impulsar una forma diferente de hacer las cosas, una dirección que la respalde y accionistas capaces de combinar las exigencias del corto plazo con una visión de largo plazo.
Después están las familias y los inversionistas privados. En conversaciones sobre patrimonio es relativamente fácil estar de acuerdo con la idea de que el capital puede contribuir a resolver problemas sociales o ambientales. La prueba llega cuando hay que asignar una parte real de la cartera.
Ahí entran en juego preguntas muy concretas sobre riesgo, rentabilidad, liquidez y track record. También entra en juego una figura a la que quizá prestamos menos atención de la que merece: el asesor. Si la banca privada, los asesores financieros y quienes acompañan a las familias en sus decisiones patrimoniales no conocen suficientemente estas alternativas, difícilmente llegarán a formar parte de la conversación.
Y todavía existe otra frontera interesante. Durante décadas hemos asumido que determinadas organizaciones y proyectos sociales debían financiarse principalmente mediante subvenciones, donaciones o filantropía. Pero algunas organizaciones están demostrando que, cuando existe un modelo capaz de generar ingresos y devolver capital, la inversión también puede ser una herramienta para financiar y escalar impacto.
Esto no significa que todo deba financiarse con inversión. Ni mucho menos. Significa que debemos asignar cada tipo de capital donde tenga más sentido.
Tal vez esa sea una de las claves para la siguiente etapa del mercado español. No existe «el capital» como una categoría homogénea. Existen business angels, corporaciones, familias, fundaciones, fondos profesionales, inversores institucionales y capital público, entre otros. Cada uno tiene incentivos, restricciones, horizontes y percepciones del riesgo diferentes.
Por eso, movilizar más capital de impacto no consiste únicamente en convencer a más gente de que el impacto importa. Consiste en construir oportunidades e instrumentos capaces de responder a lo que cada fuente de capital necesita sin perder la intencionalidad, la medición y la adicionalidad que definen a la inversión de impacto.
Y quizá nos convenga abordar esa conversación desde las diferencias, no solamente desde los consensos.
Porque probablemente el mercado no crecerá cuando todos estemos de acuerdo en que necesitamos más inversión de impacto. Crecerá cuando business angels, empresas, familias, fundaciones e inversores institucionales encuentren una oportunidad de impacto y, después de analizarla con el mismo rigor que cualquier otra alternativa, decidan poner su capital detrás.
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