Seremos honestos: augusta29 nació como nace la inmensa mayoría de las empresas, para ganar dinero. Cuando arrancamos, nuestra única prioridad era ser rentables alquilando espacios, y no nos avergüenza decirlo. Empezamos con once despachos, dos salas de reuniones y un comedor que no era precisamente pequeño. El objetivo a corto plazo estaba claro: cubrir costes. A medio plazo, ir escalando en oficinas y salas. Teníamos claro que no creceríamos a cualquier precio, pero en nuestra hoja de ruta no había una sola línea sobre impacto social, sostenibilidad o propósito.
Catorce años después contamos con 42 despachos, 11 salas de reuniones y más de 125 clientes, muchos de los cuales han querido que augusta29 sea la cara visible de su empresa fijando aquí su domicilio. ¿Hemos crecido? Sí. ¿Somos rentables? También. ¿Podemos dar por concluido nuestro propósito? No. Porque el propósito de augusta29 se ha convertido en algo mucho más grande, y no hablo de facturar más ni de ser aún más rentables. Hablo de que, en este tiempo, hemos aprendido que aquel propósito —ganar dinero— era banal, pobre, tremendamente pequeño. Y hemos descubierto algo que lo ha cambiado todo: que nuestra empresa puede generar mucho bien en las personas, en Barcelona y, soñando un poco más, en el planeta.
Cuando los valores y el negocio se encontraron
Como muchas familias, mi mujer —socia de augusta29— y yo habíamos construido nuestra vida sobre unos valores claros: justicia, equidad, igualdad. Desde jóvenes hemos colaborado con fundaciones, entidades sociales y ONG. De hecho, vivimos nuestro primer año de matrimonio en Honduras, como voluntarios, antes de volver a Barcelona. Pero cuando nació augusta29, esos valores y el negocio habitaban mundos separados: por un lado, nuestra vida profesional, que debía responder a las exigencias del mercado; por otro, nuestro tiempo libre, donde colaborábamos “para devolver algo”.
Encontrar el movimiento B fue el punto en que esos dos mundos se reconciliaron. No nos transformó de cero: nos complementó. Alineó nuestros valores familiares con los de la empresa y nos demostró algo que intuíamos, pero no nos atrevíamos a dar por valido: que el negocio y los valores podían ir de la mano.
Encontramos en personas como Carlos Rey, que desde hace años trabaja el propósito de las organizaciones con su dirección por misiones, o en autores como Victor Rodriguez o Francisco Palao, incluso Simon Sinek y su invitación a empezar por el porqué, palabras para algo que ya estábamos viviendo. Pero la lección de fondo la aprendimos puertas adentro. Entenderlo, y crecer en ello, fue lo que nos hizo desear de verdad ser B Corp: no por el sello, sino porque se convirtió en la herramienta que nos permite aportar valor al mundo en el que vivimos.
El negocio, nuestra palanca diaria
El camino hacia la certificación ha sido, sobre todo, gratificante: en cada requisito vimos una oportunidad de ser mejor empresa. Algunos nos exigieron mucho, pero todos fueron un buen espejo en el que mirarnos. Como empresa decidimos a qué proveedores compramos, qué energía contratamos, a quién damos trabajo y en qué condiciones, qué queremos aportar a la comunidad que se reúne en nuestras instalaciones y qué espacios de diálogo generamos.
Cada una de esas decisiones, repetida un día tras otro, tiene mucho más alcance que cualquier gesto aislado de buena voluntad. Lo notamos en cosas pequeñas y constantes: en preferir a un proveedor que comparte nuestra forma de entender las cosas aunque no sea el más barato, en cuidar de verdad a quien trabaja cada mañana en recepción, en abrir nuestras salas a iniciativas con propósito que no nos dejan ningún ingreso, pero sí coherencia. Ninguna de esas decisiones aparece en un titular, pero juntas son las que definen qué clase de empresa somos. Gestionar augusta29 dejó de ser solo administrar despachos para convertirse en la palanca que tenemos al alcance de la mano para empujar, poco a poco, hacia algo mejor. Esa fue la capa del propósito que más nos costó ver, y la que más nos ha cambiado.
Cada acción deja huella: elegimos su signo
La segunda lección fue aún más grande. Descubrimos que el propósito tiene una dimensión que desborda a la propia empresa: que los cambios de fondo tienen que ser sistémicos y que ninguna organización es neutral. Cada acción —cada compra, cada contrato, cada metro cuadrado que ocupamos— tiene un impacto, lo queramos o no. La diferencia no está en tenerlo o no, sino en elegir su signo: que sea positivo o negativo.
Esa idea ordena hoy buena parte de nuestras decisiones, desde a quién abrimos el espacio hasta cuándo decimos que no a algo que no encaja con lo que queremos ser. No fue una conclusión cómoda: significó asumir que también somos responsables de impactos que antes nos parecían ajenos o inevitables. No siempre acertamos, y lo decimos con humildad: somos una empresa pequeña, todavía aprendiendo, en revisión constante. Pero la certificación nos da una disciplina —medir, rendir cuentas y mejorar— que nos obliga a no perder nunca de vista nuestro propósito.
Empezar a contagiar, desde donde estamos
Nos hemos inspirado en muchas personas y empresas que empezaron este camino mucho antes que nosotros. Empresas que no son perfectas, pero que desean con firmeza aportar valor a un mundo un tanto loco. A ellas les debemos buena parte de lo que hoy somos.
Un centro de negocios tiene, además, una posición afortunada: no transformamos solo nuestra propia actividad, sino que podemos influir en el ecosistema de empresas que acogemos. augusta29 nació como un dirección. Hoy queremos ser mucho más que eso.
Deseamos, por encima de todas las cosas, contagiar, con el ejemplo y sin lecciones, la idea de que cualquier empresa puede convertir su día a día en una palanca de transformación. Nosotros apenas hemos empezado. Porque hoy estamos convencidos de que los mejores negocios no son solo los que generan beneficios, sino los que dejan una huella positiva a su alrededor.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – B Corp: Empresas con propósito


