Linde refuerza, junto a Fundación Grupo SIFU, dos ejes que forman parte de su cultura: la inclusión y la seguridad, también al volante.
Hay una forma de contar una vida que parece venir escrita de antemano. Alguien sufre un accidente, su vida “cambia para siempre”, llegan las dificultades y, después, casi por obligación narrativa, aparece la superación. Si además esa persona utiliza una silla de ruedas, el relato suele completarse solo: adversidad, resiliencia, ejemplo, inspiración. Son palabras bienintencionadas y que, normalmente, dicen mucho de quien mira.
Pablo Tovar lo sabe bien. Psicólogo, conferenciante y deportista, sufrió en 2008 un accidente de tráfico que le provocó una paraplejia. Cuando cuenta su historia, juega precisamente con esas expresiones que tantas veces utilizamos desde fuera (la desgracia, la postración, la vida que dejó de ser la que era) para desmontarlas y proponer otra narración. No una versión edulcorada de lo ocurrido, sino una versión en la que conserva algo esencial: la capacidad de explicar su propia vida desde sí mismo.
Hace unos días tuvimos la oportunidad de escucharle en Linde, de la mano de Fundación Grupo SIFU, dentro de nuestra Semana de la Inclusión. La elección de Pablo respondía, además, a un cruce que quisimos situar en el centro desde el inicio: inclusión y seguridad. Para una compañía con equipos ampliamente distribuidos por el territorio y con numerosos desplazamientos profesionales, la seguridad al volante no es un asunto accesorio. Para muchas personas, conducir forma parte habitual de la jornada, y su historia, marcada por las consecuencias de un accidente de tráfico, permitió abordar esa realidad desde un lugar distinto: no como una advertencia, sino como un recordatorio del impacto que puede tener un accidente y de la responsabilidad que acompaña a cada trayecto.
Al mismo tiempo, su intervención abrió una conversación que iba mucho más allá de la seguridad vial. Una de las cuestiones más necesarias sobre discapacidad no tiene que ver únicamente con las barreras que somos capaces de identificar, sino con aquellas que construimos sin darnos cuenta desde nuestra propia mirada. Podemos defender sinceramente la inclusión y, al mismo tiempo, seguir relacionándonos con la discapacidad desde categorías que colocan a la persona en un lugar distinto antes incluso de conocerla. Podemos querer reconocer su esfuerzo y acabar reduciéndola a él o admirarla de tal manera que terminemos situándola fuera de la normalidad. Toda sorpresa revela también una expectativa previa y, cuando nos sorprende que alguien con discapacidad trabaje, viaje, conduzca, haga deporte o desarrolle una vida plenamente autónoma, quizá debamos preguntarnos por qué esperábamos algo distinto.
La admiración, cuando nace de una expectativa disminuida, puede ser otra forma de distancia. Y esto no significa negar las dificultades: hay limitaciones funcionales, situaciones que requieren apoyos y entornos que necesitan adaptaciones. La inclusión consiste en distinguir qué parte de la dificultad pertenece a la realidad de una persona y qué parte la añadimos mediante espacios, procesos o expectativas que no tuvieron en cuenta esa realidad.
Una escalera puede convertir un edificio en inaccesible; una herramienta digital mal diseñada puede excluir de una tarea; un proceso de selección puede levantar una barrera sin que nadie haya decidido conscientemente discriminar. La exclusión no siempre necesita una intención de excluir. Por eso, dentro de las empresas, la pregunta ya no puede ser únicamente quién está dentro de la organización, sino qué ocurre una vez dentro: quién puede participar plenamente, quién encuentra obstáculos que para otras personas son invisibles y quién tiene que explicar una y otra vez qué necesita para poder trabajar en igualdad de condiciones.
Ahí cobra sentido la colaboración de Linde con Fundación Grupo SIFU, una entidad para la que uno de sus propósitos principales es promover la inclusión sociolaboral de las personas con discapacidad y sensibilizar a la sociedad sobre la diversidad y la discapacidad. Colaborar no consiste únicamente en abrir espacios para hablar de inclusión durante una semana concreta; significa acercar a la organización experiencias y conocimiento que nos ayuden a reconocer aquello que todavía no vemos, revisar los automatismos que todavía reproducimos y seguir convirtiendo una declaración de principios en prácticas cotidianas.
En Linde, la seguridad es uno de nuestros valores esenciales y parte de una convicción que guía nuestra cultura preventiva: los accidentes pueden prevenirse. En carretera, esa convicción cobra un significado especialmente concreto. Conducir cada día, repetir rutas o acumular kilómetros puede convertir el desplazamiento en algo rutinario, pero la rutina no elimina el riesgo. Por eso, la seguridad al volante exige no normalizarlo: observar, anticiparse y tomar decisiones pensando no solo en llegar, sino en hacerlo de forma segura. Para una organización con profesionales que se desplazan habitualmente, esa responsabilidad forma parte del trabajo tanto como cualquier otra tarea.
Seguridad e inclusión no son lo mismo, pero comparten una responsabilidad fundamental: cuidar a las personas anticipando aquello que puede poner límites a su seguridad, su autonomía o su participación. La primera nos obliga a identificar y prevenir riesgos; la segunda, a detectar y eliminar barreras. En ambos casos, no deberíamos esperar a que ocurra un incidente o a que una persona tenga que señalar una y otra vez aquello que el entorno no tuvo en cuenta. La responsabilidad es compartida y pertenece también a la organización, a sus procesos, a sus decisiones y a la cultura que construimos cada día.
Las conversaciones en primera persona tienen mucho valor en Linde. La estadística permite dimensionar, la legislación establece derechos y las políticas corporativas ordenan compromisos, pero una persona hablando de su propia experiencia puede introducir una pregunta allí donde un porcentaje solo consigue dejar un dato. Eso fue, para quienes asistimos, lo verdaderamente interesante de escuchar a Pablo.
Finalizamos su intervención pensando en la facilidad con la que convertimos determinadas vidas en relatos ejemplares porque todavía las observamos desde una idea muy concreta de lo que consideramos normal. Y quizá una sociedad (y una empresa) verdaderamente inclusiva sea aquella en la que una persona con discapacidad tenga también derecho a no ser extraordinaria: a destacar o pasar desapercibida, a pedir ayuda sin quedar definida por ella, a equivocarse sin que el error se atribuya a su discapacidad y a tener éxito sin que cada logro deba convertirse en una lección de vida para otras personas.
En definitiva, derecho a la misma complejidad con la que aceptamos a cualquier otra persona. Ese es el compromiso que semanas como esta deberían dejarnos cuando terminan las actividades y se retiran los carteles: seguir revisando cómo diseñamos, cómo decidimos, cómo cuidamos, cómo nos desplazamos y cómo trabajamos. Porque inclusión y seguridad solo adquieren sentido cuando dejan de ser palabras y se convierten en una forma concreta de cuidar a las personas: haciendo posible que participen plenamente y que desarrollen su trabajo con seguridad, también cuando ese trabajo transcurre en la carretera.
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