Desde 2017, Demos se ha consolidado como el gran punto de encuentro del sector fundacional en España. Organizado por la Asociación Española de Fundaciones y, en esta edición, junto a la Coordinadora Catalana de Fundacions, el foro llega a 2026 tras una década de crecimiento: más de 3.400 participantes, 240 actividades y más de 500 ponentes. Pero, más allá de las cifras, Demos representa un espacio para compartir experiencias, generar alianzas y visibilizar el papel de las fundaciones en la búsqueda de respuestas colectivas ante los grandes retos sociales.
- Fundación Cruz Roja Española dedicó 2025 a analizar la relación entre bienestar emocional y vulnerabilidad. ¿Cuál diría que ha sido el principal aprendizaje de todo ese trabajo y qué realidad les ha sorprendido especialmente?
- Los resultados muestran que el bienestar emocional no depende únicamente de factores individuales, sino también de las relaciones, la situación económica, las oportunidades o el entorno en el que vivimos. ¿Qué implica entender el bienestar emocional como una responsabilidad compartida y no solo como una cuestión personal?
- La soledad afecta ya a una de cada cinco personas y a una de cada tres personas jóvenes. ¿Qué nos dicen estos datos sobre la sociedad que estamos construyendo y qué respuestas considera prioritarias para reforzar los vínculos y la comunidad?
- Uno de los ámbitos en los que habéis profundizado es la relación entre tecnología, hiperconectividad y bienestar emocional. ¿En qué medida la tecnología está ayudando a conectar a las personas y en qué medida puede estar generando nuevas formas de aislamiento o vulnerabilidad?
- En vuestro trabajo con personas jóvenes habéis defendido la necesidad de avanzar hacia un uso más crítico, consciente y saludable de la tecnología. ¿Qué responsabilidad corresponde en este ámbito a las familias, el sistema educativo, las administraciones y las propias empresas tecnológicas?
- Tras un año dedicado a escuchar, investigar y generar conocimiento junto a expertos y organizaciones, llega el reto de pasar de la reflexión a la acción. ¿Qué cambios concretos deberían impulsar las organizaciones sociales, las empresas y las administraciones para crear entornos que cuiden mejor el bienestar emocional?
- DEMOS reúne precisamente a fundaciones y organizaciones con capacidad para generar alianzas y respuestas colectivas. ¿Qué papel puede desempeñar el sector fundacional ante desafíos como la soledad, el bienestar emocional o el impacto social de la tecnología, y qué tipo de alianzas necesitamos reforzar?
En el marco de la celebración de Demos 2026, conversamos con Mari Satur Torre, Directora Gerente de Fundación Cruz Roja Española, para profundizar en la relación entre bienestar emocional y vulnerabilidad y en la necesidad de entender el bienestar como una responsabilidad compartida. La conversación aborda también retos como la soledad no deseada, la influencia de la tecnología y la hiperconectividad en nuestras relaciones —especialmente entre las personas jóvenes— y el papel que pueden desempeñar las fundaciones y las alianzas entre distintos actores para fortalecer los vínculos, la comunidad y la cohesión social.
Fundación Cruz Roja Española dedicó 2025 a analizar la relación entre bienestar emocional y vulnerabilidad. ¿Cuál diría que ha sido el principal aprendizaje de todo ese trabajo y qué realidad les ha sorprendido especialmente?
Creo que el principal aprendizaje ha sido confirmar algo sobre lo que Cruz Roja lleva trabajando desde hace años: que el bienestar emocional no puede entenderse únicamente desde la esfera individual. Tradicionalmente se ha tendido a buscar las respuestas dentro de cada persona, pero la investigación y los espacios de escucha nos han mostrado que el bienestar está profundamente condicionado por factores sociales, económicos, relacionales y comunitarios.
Si tuviera que destacar algo que nos ha sorprendido especialmente, sería comprobar hasta qué punto la soledad, la desconexión social y la falta de vínculos significativos atraviesan realidades muy distintas. Ya no hablamos únicamente de colectivos tradicionalmente identificados como vulnerables. La sensación de aislamiento aparece también entre jóvenes, personas activas laboralmente o ciudadanos aparentemente integrados. Esto nos obliga a revisar nuestras respuestas y a entender que la calidad de nuestras relaciones es un factor clave para el bienestar emocional.
Resumiéndolo en una frase: el bienestar no es un logro individual, sino un bien común que nos atraviesa a todas y a todos y que depende de los entornos, vínculos y oportunidades que construimos colectivamente.
Los resultados muestran que el bienestar emocional no depende únicamente de factores individuales, sino también de las relaciones, la situación económica, las oportunidades o el entorno en el que vivimos. ¿Qué implica entender el bienestar emocional como una responsabilidad compartida y no solo como una cuestión personal?
Implica cambiar la mirada radicalmente. Significa dejar de pensar que el bienestar depende exclusivamente de las capacidades individuales para gestionar emociones y reconocer que también está influido por las condiciones en las que vivimos.
Cuando hablamos de responsabilidad compartida, hablamos de familias que generan entornos de cuidado, comunidades que favorecen la participación, empresas que promueven culturas organizativas saludables y administraciones públicas que desarrollan políticas que fortalecen la cohesión social.
Insistiría en el mensaje de que el bienestar emocional no es únicamente una tarea de cada persona; es también el resultado de las oportunidades, los vínculos y los apoyos que como sociedad somos capaces de ofrecer.
La soledad afecta ya a una de cada cinco personas y a una de cada tres personas jóvenes. ¿Qué nos dicen estos datos sobre la sociedad que estamos construyendo y qué respuestas considera prioritarias para reforzar los vínculos y la comunidad?
Estos datos nos alertan de una paradoja muy significativa: vivimos en una sociedad con enormes posibilidades de conexión y, sin embargo, muchas personas experimentan dificultades para sentirse realmente vinculadas a otras. Necesitamos que los vínculos sean realmente significativos.
En el análisis de las situaciones de “soledades” no deseadas, debemos de tener en cuenta no sólo los factores individuales sino abordarlo como un fenómeno social y revisar cómo convivimos, cómo participamos en nuestras comunidades y qué espacios tenemos para encontrarnos y cuidarnos mutuamente.
Como hemos recogido en los resultados de nuestras Conversaciones Humanitarias, las respuestas prioritarias pasan por fortalecer el tejido comunitario, recuperar espacios de encuentro intergeneracional, favorecer la participación social y combatir las barreras que dificultan la creación de relaciones significativas. Necesitamos comunidades más inclusivas donde las personas no solo vivan juntas, sino que realmente se sientan parte de algo compartido.
Uno de los ámbitos en los que habéis profundizado es la relación entre tecnología, hiperconectividad y bienestar emocional. ¿En qué medida la tecnología está ayudando a conectar a las personas y en qué medida puede estar generando nuevas formas de aislamiento o vulnerabilidad?
La tecnología es una herramienta extraordinaria. Puede facilitar el acceso a información, acercar a personas que viven lejos, reducir barreras y generar nuevas formas de apoyo y participación social.
Sin embargo, también hemos identificado riesgos importantes. Estar permanentemente conectados no garantiza sentirse acompañado. En ocasiones, la hiperconectividad puede aumentar la comparación social, la sobreexposición a información, la presión por estar disponibles de forma constante o la sustitución de relaciones profundas por interacciones más superficiales.
Precisamente para profundizar en esta realidad, desde la Fundación Cruz Roja Española celebramos en febrero de 2026 una edición de Conversaciones Humanitarias generadoras de futuro centrada en la relación entre soledades, juventud, tecnología y bienestar emocional. Reunimos, por una parte, a un grupo multidisciplinar de 12 personas expertas para analizar el impacto de la digitalización en las relaciones humanas y las nuevas formas de vulnerabilidad y, por otra, a un grupo de 25 personas jóvenes para identificar oportunidades y propuestas que permitan construir una experiencia digital más saludable e inclusiva. Los resultados de ambas sesiones están disponibles públicamente en nuestra página web y creo que ofrecen algunas reflexiones especialmente valiosas para este debate.
Una de las principales conclusiones fue que la tecnología no es, en sí misma, la causa ni la solución de la soledad. Su impacto depende del uso que hacemos de ella, de las competencias que desarrollamos y del contexto social en el que se integra. Por eso, más que plantear una dicotomía entre conexión digital y desconexión social, debemos preguntarnos cómo diseñar ecosistemas digitales que refuercen los vínculos, favorezcan la participación y contribuyan al bienestar emocional.
La clave no está en demonizar la tecnología ni en idealizarla. El verdadero reto es asegurar que siga siendo una herramienta al servicio de las personas y de las comunidades, fortaleciendo las relaciones humanas en lugar de sustituirlas.
Me gustaría invitar a quienes quieran profundizar en esta cuestión a revisar las conclusiones de ambos informes, porque incluyen recomendaciones concretas para administraciones públicas, entidades sociales, sector educativo, empresas tecnológicas y ciudadanía sobre cómo construir una transición digital que también sea una transición hacia mayores niveles de bienestar y cohesión social.
En vuestro trabajo con personas jóvenes habéis defendido la necesidad de avanzar hacia un uso más crítico, consciente y saludable de la tecnología. ¿Qué responsabilidad corresponde en este ámbito a las familias, el sistema educativo, las administraciones y las propias empresas tecnológicas?
De la sesión que organizamos con personas jóvenes y el trabajo que realiza Cruz Roja Juventud nos lleva a una conclusión muy clara: no podemos abordar el bienestar digital únicamente desde la responsabilidad individual. Del mismo modo que el bienestar emocional es una responsabilidad compartida, también lo es la construcción de una relación saludable con la tecnología.
Las familias, los centros educativos, las administraciones públicas, las organizaciones sociales y las propias empresas tecnológicas tienen un papel que desempeñar. Necesitamos avanzar en alfabetización emocional y digital, fortalecer el pensamiento crítico y generar entornos que favorezcan relaciones más saludables y una participación consciente en los espacios digitales.
En esta misma línea, el documento de SALUD MENTAL Y JÓVENES EN SITUACIÓN DE VULNERABILIDAD presentado a finales de septiembre por Cruz Roja Juventud en el marco del Proyecto Acompaña, pone de manifiesto la importancia de reforzar los factores de protección, el acompañamiento y las redes de apoyo para promover el bienestar de las personas jóvenes en contextos de vulnerabilidad.
La cuestión ya no es solo cuánto tiempo pasamos conectados, sino cómo influye esa conexión en nuestra capacidad para relacionarnos, participar en la comunidad y cuidar nuestro bienestar emocional. El reto es que la tecnología contribuya a fortalecer los vínculos humanos y no a sustituirlos. Que permita y amplíe las oportunidades de conexión para establecer relaciones “significativas” y nos ayude a construir comunidades más cohesionadas.
Tras un año dedicado a escuchar, investigar y generar conocimiento junto a expertos y organizaciones, llega el reto de pasar de la reflexión a la acción. ¿Qué cambios concretos deberían impulsar las organizaciones sociales, las empresas y las administraciones para crear entornos que cuiden mejor el bienestar emocional?
Una de las conclusiones más claras de nuestro trabajo es que el bienestar emocional debe incorporarse como una dimensión transversal en la toma de decisiones respecto a cualquier actividad o apoyo a desarrollar.
Las organizaciones sociales pueden generar espacios de acompañamiento, participación y fortalecimiento comunitario. Las empresas pueden promover entornos laborales más saludables, donde el bienestar forme parte de la cultura organizativa y no sea una cuestión accesoria.
Por su parte, las administraciones deben impulsar políticas públicas que favorezcan la cohesión social, reduzcan las desigualdades y prevengan situaciones de aislamiento y exclusión. Nuestro informe apunta, además, a líneas de trabajo concretas como la alfabetización emocional, el refuerzo de la salud mental y el desarrollo de iniciativas que promuevan la convivencia y los vínculos comunitarios.
DEMOS reúne precisamente a fundaciones y organizaciones con capacidad para generar alianzas y respuestas colectivas. ¿Qué papel puede desempeñar el sector fundacional ante desafíos como la soledad, el bienestar emocional o el impacto social de la tecnología, y qué tipo de alianzas necesitamos reforzar?
El sector fundacional tiene una enorme capacidad para actuar como espacio de encuentro entre conocimiento, innovación y acción social.
Ante desafíos complejos como la soledad, el bienestar emocional o el impacto de la tecnología, ninguna organización dispone por sí sola de todas las respuestas. Las fundaciones pueden ayudar a generar diálogo, impulsar la investigación, identificar soluciones innovadoras y conectar a actores que normalmente trabajan de forma separada.
Necesitamos alianzas más amplias entre administraciones, empresas, universidades, organizaciones sociales y ciudadanía. Alianzas capaces de combinar evidencia, experiencia y participación para construir respuestas más humanas y sostenibles.
Porque, en el fondo, la principal conclusión de todo este proceso es sencilla: el bienestar emocional no es un reto individual. Es un proyecto colectivo. Y cuanto más fortalezcamos nuestros vínculos, nuestras comunidades y nuestra capacidad de colaborar, mejor preparados estaremos para afrontar este gran reto del siglo XXI.
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