La inteligencia artificial está transformando el trabajo de los profesionales de sostenibilidad, pero su valor depende del criterio con el que se utiliza. En esta entrevista con Corresponsables, Ana Gascón, People, ESG & Shareholder Office Director en Premium Fiber, analiza cómo puede ayudar a gestionar la creciente complejidad de la información ESG y liberar tiempo para tareas estratégicas. También aborda los riesgos de asumir sus respuestas sin verificarlas y reivindica la supervisión humana, la escucha y la responsabilidad en la toma de decisiones.
- La Inteligencia Artificial ha pasado de ser una herramienta interesante para convertirse en una realidad cotidiana en los equipos de sostenibilidad. ¿Qué ha cambiado realmente?
- Habla con frecuencia de utilizar la IA «con criterio». ¿Qué significa exactamente?
- ¿Dónde está viendo actualmente los casos de uso más valiosos para la sostenibilidad?
- ¿Cuáles son los principales riesgos asociados al uso de la IA?
- Entonces, ¿qué debería hacer la IA y qué debería seguir haciendo una persona?
- ¿Cómo está cambiando el perfil del profesional de sostenibilidad?
- ¿Qué recomendaciones daría a una empresa que quiere integrar la IA en su estrategia ESG?
La Inteligencia Artificial ha pasado de ser una herramienta interesante para convertirse en una realidad cotidiana en los equipos de sostenibilidad. ¿Qué ha cambiado realmente?
Creo que todos los profesionales de sostenibilidad compartimos una misma realidad: cada año gestionamos más datos, más requisitos regulatorios, más grupos de interés y, al mismo tiempo, disponemos de menos tiempo.
La sostenibilidad ya no consiste solo en publicar un informe anual. Hoy forma parte de las decisiones de compras, operaciones, finanzas, riesgos, talento, inversores o reputación corporativa. Todo ello genera una enorme cantidad de información que debe analizarse y transformarse en decisiones.
Por eso, la IA ha dejado de ser algo «interesante» para convertirse en una necesidad práctica. No porque vaya a sustituir a las personas, sino porque nos ayuda a gestionar una complejidad que sería imposible abordar de forma manual.
Sin embargo, hay algo importante que debemos tener en cuenta: las organizaciones más avanzadas no son necesariamente las que utilizan más IA, sino las que la utilizan mejor. La ventaja competitiva ya no está en la tecnología, que es la misma para todos; está en el criterio con el que se usa.
Habla con frecuencia de utilizar la IA «con criterio». ¿Qué significa exactamente?
Significa recordar algo muy sencillo: una respuesta bien redactada no siempre es una respuesta correcta. La IA es extraordinariamente útil para resumir información, detectar patrones o acelerar procesos, pero también puede equivocarse. Y lo hace, en ocasiones, con una seguridad que resulta muy convincente.
Suelo compararlo con un GPS. Sin duda, es el compañero excelente para sugerir rutas y procesar mucha información en segundos. Pero todos sabemos que el GPS a veces se equivoca e incluso te puede indicar seguir por una carretera cortada. Lo razonable no es obedecer automáticamente, sino mirar por la ventanilla y aplicar criterio. Con la IA ocurre exactamente lo mismo.
Por eso, antes de utilizar cualquier resultado generado por IA, conviene plantearse algunas preguntas básicas: ¿de dónde procede la información?, ¿puedo verificarla?, ¿qué supuestos estoy aceptando sin cuestionarlos? y, sobre todo, ¿quién asume la responsabilidad de la decisión final. La IA puede proponer, pero la responsabilidad de aceptar las conclusiones sigue siendo nuestra.
¿Dónde está viendo actualmente los casos de uso más valiosos para la sostenibilidad?
La mayor aportación de la IA está en aquellas tareas que consumen una enorme cantidad de tiempo y generan relativamente poco valor estratégico. Pienso, por ejemplo, en la revisión de cuestionarios de proveedores, la búsqueda de evidencias para auditorías, la identificación de inconsistencias entre diferentes fuentes de datos, el análisis masivo de comentarios de empleados o clientes, la comparación de requisitos regulatorios o la generación de primeros borradores de informes y presentaciones. Son actividades necesarias, pero difícilmente representan la mejor utilización del tiempo de profesionales altamente especializados.
La IA permite automatizar gran parte del trabajo más intensivo en información y liberar recursos para aquello que realmente aporta valor: interpretar los datos, comprender mejor las expectativas de los grupos de interés, dialogar con el negocio y apoyar la toma de decisiones. Sin embargo, aunque puede ayudarnos a analizar patrones, tendencias y preocupaciones de empleados, clientes, proveedores o inversores, no puede sustituir la conversación directa con ellos. La escucha, la empatía y la construcción de confianza con los grupos de interés siguen dependiendo de capacidades profundamente humanas.
¿Cuáles son los principales riesgos asociados al uso de la IA?
El primero es la falsa sensación de seguridad. Con frecuencia tendemos a asumir que, si algo está bien escrito y bien presentado, también debe ser correcto y no siempre es así. De hecho, el mayor riesgo no es que la IA se equivoque, sino que nosotros dejemos de cuestionarla.
También existe el riesgo de perder coherencia organizativa. Cuando distintos equipos utilizan herramientas, fuentes o criterios diferentes, pueden aparecer mensajes inconsistentes, interpretaciones divergentes o informes que no cuentan una misma historia.
Y, por supuesto, siguen existiendo riesgos relacionados con los sesgos, la privacidad de la información, la propiedad intelectual o posibles errores que puedan derivar en incumplimientos normativos o incluso en situaciones de greenwashing. Por todo ello, la supervisión humana continúa siendo imprescindible.
Entonces, ¿qué debería hacer la IA y qué debería seguir haciendo una persona?
Suelo explicarlo de forma muy sencilla: la IA es un excelente copiloto, pero todavía no le entregaría sola los mandos del avión. Puede analizar información, resumir documentos, comparar alternativas, detectar patrones o generar escenarios y todo esto en minutos, mientras antes nos requería días de trabajo.
Pero la sostenibilidad siempre se ha basado en la gestión de equilibrio entre intereses contrapuestos que acaban por definir el posicionamiento de una empresa y esto no creo que podamos, ni debamos delegarlo a la IA. Por ejemplo, no debería decidir qué riesgos son aceptables para una organización, cuáles son sus prioridades estratégicas o qué compromisos públicos debe asumir. Ese tipo de decisiones requieren contexto, experiencia, valores y responsabilidad. En definitiva, la IA puede aportar más información y acelerar el análisis, pero no podrá resolver los dilemas que continuarán siendo responsabilidad de las personas.
¿Cómo está cambiando el perfil del profesional de sostenibilidad?
Estamos viviendo una transformación muy interesante. Durante años, gran parte del trabajo se centró en recopilar información y coordinar procesos de reporting. Ahora la tecnología está empezando a asumir una parte significativa de esas tareas.
Por eso creo que estamos pasando de la era del reporting a la era de la interpretación de los datos. Cada vez tendrá menos importancia quién recopila más información y más relevancia quién sabe interpretarla mejor.
Los profesionales que generen mayor valor serán aquellos capaces de combinar cinco dimensiones: conocimiento del negocio, comprensión de los datos, gestión de riesgos, entendimiento de la capacidad de la tecnología y la conexión de todo ello con la estrategia corporativa. Porque la verdadera diferencia ya no estará en tener respuestas; estará en formular mejores preguntas.
¿Qué recomendaciones daría a una empresa que quiere integrar la IA en su estrategia ESG?
Las empresas que obtendrán más valor de la IA serán las que hagan tres cosas bien: identificar problemas reales que resolver, mantener estándares sólidos de validación y conservar el criterio humano en la toma de decisiones. La tecnología puede amplificar nuestras capacidades; la responsabilidad y el juicio siguen siendo exclusivamente nuestros.
Utilicemos la IA para buscar información, analizar datos, comparar alternativas o detectar patrones y reservemos para las personas aquello que realmente crea valor: el juicio, la responsabilidad y la toma de decisiones frente a los dilemas.
En sostenibilidad, igual que en cualquier otra disciplina de gestión, la cuestión no es cuánto podemos correr con la tecnología. La cuestión es si sabemos utilizarla para avanzar más rápido hacia dónde queremos ir.
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