Hablar de acción climática es relativamente fácil. Hay objetivos, compromisos, estrategias y cada vez más organizaciones dispuestas a actuar. La parte complicada llega después: cuando toca comprobar si todo eso está funcionando de verdad.
Porque una buena intención no siempre se traduce en impacto.
En los últimos años hemos aprendido a medir muchos más parámetros, pero todavía existe una distancia importante entre lo que ocurre sobre el terreno y la información que utilizamos para tomar decisiones. En la naturaleza, esa distancia importa especialmente. Un proyecto ambiental puede parecer positivo sobre el papel y, aun así, ser difícil demostrar qué ha cambiado realmente, cuánto ha cambiado o hasta qué punto ese cambio puede atribuirse al propio proyecto.
En NatureBrain trabajamos precisamente alrededor de esa cuestión: cómo convertir información ambiental compleja en algo que nos ayude a entender mejor qué está ocurriendo y a tomar decisiones con más criterio.
La tecnología puede ayudar, pero no es una solución por sí sola. Al final, es muy difícil mejorar aquello que no somos capaces de observar y medir correctamente.
Jorge Sanz, Associate of Digital & Creative Projects en NatureBrain, lo resumía así cuando le preguntamos qué tendría que cambiar para que la acción climática fuese realmente efectiva:
“Mejores datos y tecnología pueden ayudarnos a ver qué está funcionando realmente y a tomar decisiones basadas en resultados reales, no solo en intenciones.”
Durante mucho tiempo, buena parte de la conversación climática se ha centrado en cuánto queremos hacer. Quizá deberíamos dedicar algo más de atención a cuánto estamos consiguiendo realmente.
Y medir ese impacto tampoco consiste simplemente en instalar más sensores, recopilar más información o añadir inteligencia artificial a un proceso. Tener más datos no significa necesariamente entender mejor lo que está pasando.
Ese problema se hace especialmente visible en proyectos pequeños.
Niavo Ratsimbazafy, Forestry Officer en NatureBrain, trabaja directamente revisando proyectos y comprobando qué hay detrás de ellos antes incluso de empezar a hablar de carbono. Su experiencia pone sobre la mesa una dificultad muy concreta:
“Paso la mayor parte de mi tiempo comprobando si los proyectos son reales antes de que nadie empiece a hablar de carbono, y el problema casi nunca es la falta de ambición. Es que demostrar un impacto sigue costando más que el propio impacto, especialmente para los pequeños agricultores que realmente están haciendo el trabajo.”
Ahí aparece una contradicción difícil de ignorar.
Cada vez pedimos más rigor, trazabilidad y evidencia, y tiene sentido que sea así. Pero si demostrar un impacto ambiental acaba siendo demasiado caro o demasiado complejo, corremos el riesgo de dejar fuera precisamente a quienes están haciendo parte del trabajo sobre el terreno.
Por eso, el objetivo no debería ser simplemente generar más datos. También necesitamos que medir y verificar el impacto sea más accesible, útil y proporcional a la realidad de cada proyecto.
La tecnología tiene mucho que aportar en ese camino.
La inteligencia artificial, los datos geoespaciales, la observación de la Tierra y las nuevas herramientas de monitorización permiten procesar grandes cantidades de información a una escala que hace unos años habría sido difícil imaginar. Pero su valor no está en utilizar tecnología porque sea nueva. Está en que nos permita reducir incertidumbre, detectar problemas antes y tomar mejores decisiones.
Y hay algo que los datos, por sí solos, no pueden resolver.
Asia Díez López, Ecosystem Integration Officer en NatureBrain, lo planteaba desde otra perspectiva:
“Para que la acción climática sea realmente efectiva, gobiernos, empresas e individuos deben entender que la naturaleza no es algo separado de nosotros; es nuestro activo más valioso y dependemos directamente de ella.”
Esa forma de verlo cambia bastante la conversación.
Si tratamos la naturaleza únicamente como algo que hay que proteger, las decisiones ambientales pueden acabar convirtiéndose en una obligación más, separada del resto de prioridades. Pero si entendemos que nuestras economías, nuestras empresas y nuestras sociedades dependen de sistemas naturales que funcionan, conocer su estado deja de ser solo una cuestión ambiental.
Se convierte en información necesaria para tomar decisiones.
Y probablemente ahí esté una parte importante del reto: combinar mejores datos con tecnología útil y, al mismo tiempo, con personas capaces de interpretar esa información dentro de una realidad social y ambiental mucho más amplia.
Porque no todo cabe en una métrica.
Marina Rovira Puig hablaba de la relación entre las crisis ambientales y sociales y de la necesidad de combinar conocimiento con empatía y respeto. Marta Márquez Noguera ponía el foco en otra pieza del mismo problema: integrar la sostenibilidad en la educación y acompañarla de políticas ambientales efectivas.
Son perspectivas distintas, pero no están tan alejadas entre sí.
La acción climática necesita saber qué funciona, qué no funciona y por qué. Necesita herramientas que permitan demostrar impacto sin convertir la propia medición en una barrera. Y necesita que los datos sirvan para tomar mejores decisiones, no simplemente para generar más informes.
Porque medir mejor solo tiene sentido si nos ayuda a actuar mejor.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Internacional Contra el Cambio Climático


