El cambio climático es un desafío global, pero sus consecuencias se viven y se gestionan en el territorio: en cada municipio, cada monte y cada núcleo de población. Incendios forestales que alcanzan viviendas, lluvias intensas sobre laderas que han perdido su vegetación, emergencias que dejan cada vez menos margen de reacción. Ante este escenario, la pregunta ya no es únicamente cómo responder, sino cómo anticiparse. Y buena parte de la respuesta tiene que ver con el dónde.
Toda emergencia ocurre en un lugar concreto
Saber dónde sucede algo, qué hay alrededor, quién puede verse afectado y cómo se comportará el territorio son preguntas que exigen conocimiento geoespacial. Los Sistemas de Información Geográfica, más conocidos como GIS, llevan años ayudando a responderlas, y hoy esa capacidad se multiplica gracias a la incorporación de nuevas capacidades basadas en inteligencia artificial, análisis predictivo y gemelos digitales.
Estas tecnologías permiten analizar grandes volúmenes de información, identificar patrones, detectar cambios, anticipar escenarios, automatizar procesos y facilitar una toma de decisiones más rápida y fundamentada. Capacidades como la GeoAI y la IA agéntica amplían el potencial de las organizaciones para comprender mejor el territorio y actuar con mayor eficacia ante situaciones complejas. A ello se suman los Gemelos Digitales Vivos, representaciones dinámicas del territorio alimentadas en tiempo real con datos y sensores que permiten monitorizar situaciones, generar alertas y disponer de una visión compartida de lo que está ocurriendo. Ninguna de estas capacidades pertenece a una única fase de la emergencia: se combinan de forma distinta antes, durante y después de cada episodio.
Anticiparse antes de que el riesgo se materialice
En prevención, las tecnologías geoespaciales están cambiando el enfoque. La lucha contra los incendios se ha centrado tradicionalmente en evitar las causas de ignición, algo imprescindible pero no suficiente: si el terreno favorece una propagación agresiva, el daño puede ser enorme, sobre todo en la interfaz urbano-forestal, donde la vegetación se entremezcla con viviendas y urbanizaciones.
Combinando imágenes de satélite, sensores y otros datos del territorio, la inteligencia artificial permite caracterizar el estado real de la vegetación, identificar patrones de comportamiento, detectar cambios en el uso del suelo y generar de forma automática información de valor para la gestión del riesgo. Actualizados de manera continua y cruzados con información como las parcelas, el patrimonio cultural o las carreteras, estos análisis ofrecen a los técnicos municipales criterios objetivos para priorizar actuaciones preventivas allí donde realmente se reduce el riesgo para las personas.
La anticipación es igual de importante cuando el fuego ya ha pasado, porque un incendio transforma el riesgo de un territorio. Al desaparecer la cubierta vegetal, el agua de lluvia puede concentrarse en nuevas líneas de escorrentía y afectar a viviendas, infraestructuras y servicios con muy poco margen de reacción.
El incendio que afectó el pasado verano al Valle del Tiétar, en Ávila, sirve para ilustrar cómo se complementan estas capacidades. La inteligencia artificial aplicada a información geoespacial permite delimitar automáticamente la superficie afectada, identificar elementos expuestos y evaluar los cambios producidos sobre el territorio. A partir de esa información, los modelos predictivos pueden analizar cómo respondería el terreno ante nuevos episodios meteorológicos, mientras que los gemelos digitales facilitan la simulación y evaluación de escenarios antes de que ocurran.
Cuando la emergencia está activa, la información dispersa es una enemiga
En plena respuesta, lo decisivo es que todos trabajen con la misma imagen actualizada de lo que ocurre sobre el terreno. Ahí cobran especial valor los Gemelos Digitales Vivos: al alimentarse en tiempo real con datos y sensores, no solo reproducen el territorio, sino que lo monitorizan, emiten alertas y se adaptan a lo que sucede, de modo que las decisiones se toman sobre la situación tal y como evoluciona.
Las plataformas geoespaciales de gestión de emergencias reúnen en un único entorno dónde está cada medio terrestre y aéreo, cuáles están disponibles, por dónde se accede y qué rutas son las más adecuadas, e incorporan factores como la orografía, la vegetación o la meteorología. Las simulaciones en dos y tres dimensiones ayudan a anticipar la posible propagación de un incendio, y el mismo planteamiento sirve para inundaciones, terremotos u operaciones de búsqueda y rescate.
La inteligencia artificial contribuye además a agilizar el acceso a la información y a automatizar determinados procesos de análisis. Capacidades como la GeoAI y la IA agéntica permiten integrar información procedente de múltiples fuentes, generar conocimiento contextualizado y facilitar que los responsables operativos dispongan de una visión más completa y actualizada de la situación. El objetivo no es sustituir la toma de decisiones humana, sino reducir tiempos de análisis, eliminar tareas repetitivas y facilitar que la información adecuada llegue a las personas adecuadas en el momento preciso.
Del análisis a la acción
Pero el valor de estas tecnologías no se limita a la respuesta ante una emergencia. La inteligencia artificial está transformando todo el ciclo de la información geoespacial, desde la captura y actualización de datos en campo hasta el análisis avanzado, la generación automatizada de productos cartográficos y la asistencia en procesos de toma de decisiones.
La evolución de la GeoAI y el desarrollo de nuevas capacidades basadas en IA agéntica abren nuevas oportunidades para que organizaciones y administraciones comprendan mejor el territorio, optimicen sus procesos y mejoren su capacidad de adaptación ante escenarios cada vez más complejos. Y en todos los casos existe un principio común: las personas continúan estando en el centro de la decisión, manteniendo el control sobre los datos, los procesos y los criterios que guían cada actuación.
Antes, durante y después, el hilo conductor es el mismo. Los sistemas geoespaciales han evolucionado de observar y analizar el territorio a ser capaces de conectar información, coordinar procesos y ayudar a convertir datos en decisiones. La geografía ha dejado de ser una capa más para convertirse en la infraestructura sobre la que organizaciones, administraciones y ciudadanos comparten lo que saben. Y es precisamente esa base común la que permite transformar información dispersa en inteligencia compartida.
Frente a un clima que nos obliga a convivir con emergencias cada vez más exigentes, ese es el recorrido que debemos completar en cada fase: de los datos a la comprensión, y de la comprensión a la decisión.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Internacional Contra el Cambio Climático


