Basta ya de decirme lo que hago mal, dime qué puedo hacer para hacerlo bien.
Sí, lo sabemos, el cambio climático es un problema global. Llevamos años escuchando hablar de sus consecuencias y leyendo titulares que nos recuerdan la urgencia de actuar. Temperaturas récord, sequías, inundaciones… Nos dicen que debemos cambiar nuestros hábitos, consumir menos, reciclar más y un sinfín de cosas que, al parecer, están en nuestro tejado.
Pero, entre tanta noticia alarmante y tanto mensaje cargado de culpa, hay una pregunta que muchas veces se queda sin respuesta: ¿y yo qué puedo hacer? Porque cuando un problema es tan grande, es fácil sentir que lo que hacemos es demasiado poco.
A veces me recuerda a ese ex que no deja de recriminarte todo lo que hiciste mal en la relación. Pero, seamos sinceras, ¿echarme la culpa una y otra vez va a hacer que vuelva contigo? Está claro que no.
Y con el cambio climático pasa algo parecido. Ya sabemos que tenemos un problema. Lo que necesitamos ahora son soluciones, no más reproches.
Dame motivos para actuar.
Llevamos mucho tiempo comunicando el cambio climático desde todo lo que estamos perdiendo. Y ojo, no decimos que no debamos hacerlo. Es importante conocer la gravedad de la situación. Pero ¿estamos dedicando el mismo esfuerzo a explicar qué podemos hacer para cambiarla?
Porque informar no siempre significa movilizar.
Podemos conseguir que alguien entienda perfectamente las consecuencias del cambio climático y que, aun así, no tenga ni idea de por dónde empezar. Que se preocupe, sí, pero que no haga nada. No porque no quiera, sino porque no sabe cómo.
Y si a eso le sumamos que llevamos años escuchando mensajes alarmantes, corremos el riesgo de que llegue un momento en el que dejemos de prestarles atención.
No se trata de pintar la realidad de color de rosa ni de quitarle importancia a lo que está pasando. Se trata de encontrar otras maneras de contarlo. De conseguir que, además de preocuparnos, nos entren ganas de hacer algo al respecto.
La responsabilidad de quienes comunicamos.
Quienes trabajamos en comunicación tenemos una responsabilidad que va más allá de conseguir que un mensaje llegue al mayor número de personas posible. Porque contar buenas historias está muy bien, pero conseguir que esas historias provoquen cambios reales está todavía mejor.
Y aquí es donde entra algo de lo que hablamos mucho en nuestro sector: pasar del storytelling al storydoing. Que las campañas no se queden en contar lo que está mal, sino que propongan algo, involucren a las personas y les den la oportunidad de participar.
Eso sí, no todo vale con tal de conseguir impacto. Cuando hablamos de cambio climático, comunicar con creatividad es tan importante como hacerlo con rigor. Contrastar datos, recurrir a fuentes fiables y evitar exageraciones o promesas que luego no se cumplen debería ser lo mínimo.
Y hay otra cosa que tampoco podemos olvidar: no podemos cargar toda la responsabilidad sobre las personas. Claro que nuestros hábitos importan, pero por mucho que reciclemos o cerremos el grifo, necesitamos también que empresas e instituciones hagan su parte.
De buscar culpables a encontrar soluciones.
A veces, para conseguir que alguien cambie sus hábitos, no hace falta recordarle constantemente lo que está haciendo mal. Quizás funciona mejor enseñarle que hay otras personas que ya están haciendo las cosas de otra manera.
Precisamente desde esta idea, ROSAPARKS desarrolló para Ecovidrio la campaña El Mejor Reciclador o Recicladora.
La propuesta le daba la vuelta a la forma habitual de hablar del reciclaje. En lugar de señalar a quienes no reciclan, ¿por qué no reconocer a quienes sí lo hacen?
A través de un test interactivo, se invitaba a la ciudadanía a participar para encontrar a las personas más comprometidas con el reciclaje de su entorno. Esas personas que reciclan cada día, sin hacer ruido y sin esperar que nadie les dé las gracias.
Y eso fue precisamente lo que hizo la campaña: ponerles cara, darles visibilidad y reconocer su esfuerzo.
Puede parecer algo sencillo, pero ahí estaba la gracia. En lugar de volver a decirnos lo que hacemos mal, nos mostraba a personas que lo estaban haciendo bien. Personas con las que podíamos identificarnos y que, quizás sin pretenderlo, podían animarnos a seguir su ejemplo.
Porque no siempre necesitamos que alguien nos eche la bronca para cambiar. A veces, un buen ejemplo puede ser mucho más útil.
Del “esto es lo que hay” al “esto es lo que puedo hacer”.
Al final, creo que se trata de cambiar un poco el enfoque.
Dejar de utilizar la culpa como principal argumento y empezar a hablar más de soluciones. Mostrar iniciativas que funcionan, alternativas que tenemos a nuestro alcance y maneras de participar que vayan más allá de sentirnos mal por lo que hacemos o dejamos de hacer.
Porque sí, los pequeños gestos importan. Especialmente cuando se multiplican. Pero también importa que sepamos que no estamos ni solos, ni solas, que podemos hacer cosas de forma conjunta y que nuestra capacidad de actuar no termina en lo que hacemos dentro de casa.
No vamos a solucionar el cambio climático con una campaña de publicidad. Ojalá fuera tan fácil. Pero desde la comunicación sí podemos aportar nuestro granito de arena. Podemos hacer que un problema complejo se entienda mejor, que una iniciativa llegue a más personas o que alguien que no sabía por dónde empezar encuentre una manera de implicarse.
Y para mí, ahí está el verdadero reto. Que después de leer una noticia, ver una campaña o escuchar un mensaje sobre el cambio climático, no nos quedemos únicamente pensando en todo lo que estamos haciendo mal.
Que también sepamos qué podemos empezar a hacer bien. Porque el planeta no necesita que nos sintamos culpables. Necesita que hagamos algo al respecto.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Internacional Contra el Cambio Climático


