La Agenda 2030 entra en su tramo final en un mundo muy diferente del que hizo posible el consenso de 2015. Las guerras y las tensiones geopolíticas, la crisis del multilateralismo, la emergencia climática, la aceleración tecnológica, la polarización social y la desinformación han alterado profundamente el contexto internacional. Empieza, por tanto, a tomar forma una pregunta que irá ganando peso en los próximos meses: ¿qué debe venir después de 2030?
Marcos González Morales forma parte de la Junta Directiva y del Consejo Social de Respon.cat como presidente de Corresponsables, reforzando así la vinculación de Corresponsables con una organización que impulsa el desarrollo de la responsabilidad social en Cataluña y que, en este contexto, plantea su posicionamiento sobre el futuro marco global de desarrollo sostenible después de 2030.
Respon.cat considera que este debate no debería limitarse a decidir si se promueve una nueva Agenda o se prorroga la actual. Es momento de empezar a tomar posición sobre el futuro, aunque todavía sea pronto para determinar su arquitectura concreta. Un nuevo gran acuerdo global a largo plazo es deseable, pero el actual contexto internacional hace mucho más difícil reproducir las condiciones de consenso que permitieron el acuerdo de 2015. Por ello, es necesario contemplar también fórmulas de actualización, acuerdos temáticos o coaliciones de acción que permitan preservar la ambición si no es posible alcanzar un nuevo consenso global.
La Agenda 2030 ha realizado una aportación indiscutible como gran hoja de ruta de consenso global. Ha proporcionado un lenguaje compartido para abordar los grandes retos sociales, ambientales, económicos e institucionales y ha contribuido a entender que estos retos están profundamente interrelacionados. Para muchas empresas, los ODS han servido para ordenar compromisos, alinear estrategias o iniciar una aproximación más estructurada a la sostenibilidad.
No necesitamos menos ambición en sostenibilidad. Necesitamos más capacidad para convertirla en transformación.
El balance, sin embargo, debe ser exigente y partir de una evaluación rigurosa de lo que ha funcionado y de lo que no. La Agenda ha sido más sólida como hoja de ruta y marco de sensibilización que como arquitectura de implementación. Ha señalado hacia dónde avanzar, pero no siempre ha facilitado suficientemente el paso de los grandes objetivos globales a las decisiones concretas de gobiernos, empresas, sectores y territorios.
Simplificar para hacer más efectiva la sostenibilidad
El contexto empresarial también ha cambiado radicalmente desde 2015. Hoy las empresas operan en un ecosistema mucho más denso de regulaciones, estándares, certificaciones, requisitos de información y expectativas sociales y de mercado en materia de sostenibilidad. Este progreso también comporta un riesgo: que la proliferación de instrumentos genere complejidad, duplicidades y fatiga, especialmente para las pymes. El futuro marco post-2030 no debería añadir una nueva capa a este entramado, sino contribuir a hacerlo más comprensible.
Es necesario preservar un marco global compartido, pero facilitar su adaptación a los distintos actores, sectores y territorios. Los objetivos globales deben poder traducirse de manera diferenciada según los actores, ya que los mismos indicadores no sirven necesariamente de la misma manera para gobiernos y empresas.
En el ámbito empresarial, corresponde a cada organización identificar sus impactos materiales y adoptar los estándares, metodologías e indicadores que mejor se ajusten a su sector, dimensión y nivel de madurez, con criterios de rigor, transparencia y rendición de cuentas, procurando la comparabilidad allí donde sea pertinente.
El futuro marco debe tener visión a largo plazo y capacidad para incorporar los nuevos retos que vayan surgiendo.
Un nuevo marco también debería permitir incorporar retos que en 2015 no tenían la centralidad actual, como la inteligencia artificial, la transformación del trabajo, la gobernanza de los datos o la desinformación, y reforzar el abordaje de otras cuestiones como la biodiversidad, el envejecimiento, la vivienda o los cuidados. Una visión a largo plazo sigue siendo necesaria, pero debería combinarse con revisiones periódicas que permitan actualizar prioridades e incorporar nuevos retos. Algunos, como la IA, deberán tener una presencia más explícita en cualquier marco futuro.
Pero el cambio más importante es conceptual. Es necesario pasar de preguntarnos únicamente «a qué Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) contribuimos» a plantearnos qué impactos genera cada organización, qué responsabilidades asume y qué decisiones está dispuesta a transformar. Una Agenda puede señalar el norte; corresponde a cada empresa identificar, de acuerdo con su actividad, su cadena de valor, sus capacidades y su territorio, dónde puede generar una contribución más relevante. Esto implica gestionar, medir y rendir cuentas con los instrumentos más adecuados en cada caso, sin necesidad de que el marco global prescriba una metodología única.
Una empresa con propósito no se limita a comunicar compromisos: incorpora su contribución al bien común en la estrategia, la gobernanza y la manera de crear valor, y actúa con responsabilidad hacia la sociedad para generar desarrollo sostenible.
La sostenibilidad debe pesar en las decisiones económicas
Un futuro marco global solo será transformador si conecta mejor los objetivos de sostenibilidad con las reglas que orientan la economía. No podemos pedir a las empresas que innoven, reduzcan impactos, mejoren sus prácticas sociales o asuman costes asociados a una gestión más responsable y, después, no reconocer ese esfuerzo cuando llega el momento de comprar, contratar, financiar o invertir. Es necesario hacerlo más adaptable, más aplicable y más conectado con las decisiones económicas reales.
La sostenibilidad debe pasar del relato a las reglas de juego.
La compra pública y privada, las licitaciones, la financiación, la inversión y los criterios de mercado deben incorporar mejor el valor social y ambiental. Si el precio inmediato sigue siendo el factor determinante, las empresas que realizan esfuerzos reales en sostenibilidad pueden acabar compitiendo en desventaja. Las grandes empresas tienen, además, una capacidad tractora sobre las pymes de sus cadenas de valor, que pueden ejercer facilitando la adopción de prácticas responsables, compartiendo conocimiento y promoviendo una transición proporcionada a las capacidades de cada empresa.
Esto también implica evitar la banalización de los ODS y de cualquier marco que pueda sucederlos. Una hoja de ruta global no es, ni debería convertirse, en una norma certificable. Sí pueden verificarse o certificarse sistemas, procesos, actuaciones o impactos concretos mediante estándares rigurosos, pero es necesario evitar usos comerciales que generen confusión sobre supuestas certificaciones o avales vinculados globalmente a una hoja de ruta como los ODS.
Y debe saber aterrizar mejor en los territorios. Los objetivos globales solo se vuelven realmente transformadores cuando se conectan con los retos materiales de cada país, de cada sociedad. En Cataluña, esto significa relacionar el desarrollo sostenible con cuestiones como el modelo productivo, la calidad del empleo, la productividad, la vivienda, el envejecimiento, la cohesión social, las desigualdades, los cuidados, la diversidad cultural y la sostenibilidad lingüística, el equilibrio territorial, el agua, la transición energética o la resiliencia ante los riesgos climáticos.
El futuro marco también debería dar una visibilidad más clara a dimensiones sociales y culturales insuficientemente reconocidas hasta ahora, incluida la reivindicación internacional de un objetivo específico sobre cultura. Las empresas forman parte de estos territorios. Dependen de ellos y, al mismo tiempo, contribuyen a configurarlos. Por ello, la responsabilidad empresarial también tiene una dimensión territorial y comunitaria.
Más responsabilidad en un mundo de consensos más frágiles
El contexto internacional hace hoy más difícil imaginar un nuevo gran consenso global en las mismas condiciones que en 2015. Esto no debería conducir a rebajar la ambición, sino a reforzar la capacidad de acción de los actores comprometidos. Los Estados seguirán teniendo una responsabilidad central, pero los grandes retos actuales no podrán resolverse únicamente desde la diplomacia intergubernamental. Empresas, administraciones, universidades, organizaciones de la economía social y de la sociedad civil deben reforzar las alianzas y construir ecosistemas de acción capaces de abordar retos concretos.
El reto post-2030 es dotar a la gran hoja de ruta compartida de una mayor capacidad colectiva de transformación. Y el mundo empresarial comprometido debe tomar la iniciativa hacia una economía socialmente más responsable.
La Agenda 2030 fue la primera gran iniciativa de Naciones Unidas que se dirigía tanto a gobiernos como a empresas y otros actores. En estos momentos, la implicación colectiva y plural es aún más crucial. En este escenario, las empresas no pueden ser únicamente destinatarias de una futura agenda global. Por su capacidad de innovación, inversión, generación de empleo, transformación de cadenas de valor e incidencia sobre los territorios, deben ser también actores de la misma. El mundo empresarial comprometido debe tomar la iniciativa y liderar la transformación hacia una economía y una sociedad más responsables.
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