Antonio Vives es uno de los nombres imprescindibles para entender los primeros pasos y la expansión de la Responsabilidad Empresarial en América Latina. Ex Gerente de Desarrollo Sostenible del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y creador de las Conferencias Interamericanas sobre Responsabilidad Social de la Empresa, llegó a este ámbito casi por accidente en 2001 y terminó dedicándole buena parte de su trayectoria profesional. Más de dos décadas después, mantiene intacta una mirada deliberadamente crítica sobre una disciplina que, a su juicio, ha avanzado de manera “vertiginosa”, pero continúa expuesta al Greenwashing, las exageraciones y la permanente tensión entre responsabilidad y rentabilidad. “El éxito atrae enemigos”, advierte, al tiempo que reclama dejar de “vender” actividades para demostrar el impacto real conseguido sobre el terreno.
- Antonio, su llegada a la Responsabilidad Empresarial se produjo en un momento muy temprano para esta agenda. ¿Cómo comenzó aquella relación y qué hizo que terminara ocupando una parte tan importante de tu trayectoria?
- ¿Qué panorama encontraste en América Latina durante aquellos primeros años y cómo fue tomando forma una verdadera comunidad alrededor de la Responsabilidad Empresarial?
- Ese crecimiento necesitó también espacios capaces de conectar experiencias entre América Latina y España. ¿Qué actores ayudaron a extender y consolidar la conversación?
- Después de haber observado esta evolución desde sus inicios, ¿qué cambios de fondo te parecen más relevantes y dónde continúan estando las principales contradicciones?
- Si tuvieras que identificar los grandes puntos de inflexión que cambiaron las reglas, los incentivos y las expectativas sobre las empresas, ¿cuáles destacarías?
- Su trayectoria se ha caracterizado precisamente por observar la Sostenibilidad con una mirada crítica. ¿Qué lecciones te ha dejado analizar no solo sus avances, sino también los efectos contraproducentes que puede generar el propio ecosistema?
- ¿Hay alguna escena de aquellos primeros años que, vista con perspectiva, siga resultándote especialmente reveladora?
- Has trabajado durante décadas entre América Latina y España y has conocido a buena parte de quienes abrieron camino. ¿A quiénes situarías entre aquellos pioneros de una disciplina que todavía no estaba consolidada?
- Después de tantos años analizando prácticas empresariales, ¿qué caso te parece especialmente completo a la hora de demostrar que la Sostenibilidad puede integrarse de verdad en el modelo de negocio?
- La Sostenibilidad entra ahora en una etapa marcada a la vez por avances, reacción y cierto agotamiento. ¿Qué escenario anticipas para las próximas dos décadas?
- ¿Qué esperas de las generaciones que tomarán el relevo y de qué dependerá que una mayor conciencia termine convirtiéndose realmente en transformación?
En esta entrevista, realizada en el marco del 20º Aniversario de Corresponsables, Vives repasa también la construcción de un ecosistema iberoamericano al que atribuye buena parte del progreso alcanzado. Sitúa a Corresponsables entre las iniciativas que, desde España, han contribuido de manera “determinante” a difundir los avances de la región y menciona a Marcos González entre quienes abrieron camino en nuestro país. Su análisis, sin embargo, rehúye cualquier complacencia: cuestiona los incentivos de la propia “industria de la Sostenibilidad”, alerta de un mercado de la responsabilidad todavía imperfecto y pide una mayor dosis de realismo. Porque, resume, “no basta con buenas intenciones, con palabras”: para seguir avanzando hay que actuar.
Antonio, su llegada a la Responsabilidad Empresarial se produjo en un momento muy temprano para esta agenda. ¿Cómo comenzó aquella relación y qué hizo que terminara ocupando una parte tan importante de tu trayectoria?
Fue en 2001, cuando el Gobierno de Canadá introdujo una cláusula en la Declaración de la Cumbre de Presidentes de las Américas solicitando la organización de una conferencia sobre Responsabilidad Social de las Empresas.
Se pidió inicialmente a la Organización de Estados Americanos (OEA), como Secretariado de la Cumbre, que la organizara, pero se trataba de una organización política sin capacidades específicas para hacerlo. Por ello, en 2002 se solicitó el apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
En el BID tampoco existía experiencia sobre el tema, porque era una institución de financiación del sector público con poca relación con las empresas. Buscando a quién asignarle la tarea, resultó que yo era el único empleado con formación doctoral en Administración de Empresas. Sin embargo, mi especialización era la gestión financiera y nunca había oído hablar del tema, por lo que tuve que realizar una formación autodidacta acelerada.
En 2002 se celebró en Miami la Conferencia de las Américas sobre Responsabilidad Social de la Empresa. Aunque el mandato inicial consistía únicamente en organizar una conferencia, despertó tal interés que varios países solicitaron acoger nuevas ediciones.
A partir de entonces salió del contexto de la Cumbre y de la OEA y pasó a convertirse en una iniciativa del BID. Así nacieron las Conferencias Interamericanas, con ocho ediciones adicionales: Panamá, Chile, México, Brasil y Guatemala, bajo mi dirección, y posteriormente Colombia, Uruguay y Paraguay, donde se celebró la última en 2010.
Cuando me jubilé del BID en 2007 ya me había apasionado con el tema y decidí continuar promoviéndolo personalmente, a través de mi consultora, la publicación de artículos —más de 800 desde 2008 en mi blog—, libros, trabajos académicos, docencia, conferencias y mi participación en diferentes Consejos Asesores, entre ellos los de CEMEX, Abengoa o la Fundación Carolina.
Además, aproveché mi especialización en la otra cara de la moneda de la gestión empresarial, los aspectos financieros, para intentar poner realismo en la promoción de la Sostenibilidad, teniendo siempre presente el potencial conflicto entre responsabilidad y rentabilidad.
De ahí surgió también el nombre de mi empresa y de mi blog, Cumpetere: ‘Cooperar para competir’ y ‘Una Mirada Crítica a la Responsabilidad Social de la Empresa’.
¿Qué panorama encontraste en América Latina durante aquellos primeros años y cómo fue tomando forma una verdadera comunidad alrededor de la Responsabilidad Empresarial?
Alrededor del año 2000, la adopción de la Responsabilidad Empresarial en América Latina era muy incipiente. Apenas había algunos institutos educativos interesados y ciertas asociaciones empresariales que comenzaban a promoverla, generalmente desde planteamientos basados en la ética y la filantropía, que progresivamente fueron evolucionando hacia la responsabilidad propiamente dicha.
La institución más desarrollada y líder era el Instituto Ethos de Brasil. También estaban Cemefi en México y Fundemas en El Salvador, respaldadas por importantes líderes empresariales.
Las nueve conferencias que celebramos a lo largo y ancho de la región, con una media superior a 300 participantes, contribuyeron a despertar o intensificar el interés de muchas instituciones educativas y empresariales. De hecho, llegamos a tener una lista de espera de países interesados en albergar la conferencia.
Se crearon y afianzaron organizaciones gremiales en Guatemala, Honduras, Panamá, Perú, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay o Uruguay y, a escala regional, iniciativas como Forum Empresa, entre otras.
Incluso comenzaron a publicarse revistas periódicas específicamente dedicadas a estos temas y aparecieron artículos sobre Responsabilidad Empresarial en publicaciones más generales, como las ediciones latinoamericanas de ‘Forbes’.
El BID continuó promoviendo esta agenda durante la primera década del siglo XXI mediante publicaciones pioneras sobre la situación en la región y la difusión de buenas prácticas empresariales, especialmente entre micro, pequeñas y medianas empresas, e incluso en las universidades.
Durante las dos primeras décadas se desarrollaron programas de especialización, particularmente diplomados y maestrías; se incorporaron asignaturas optativas en los programas universitarios y proliferaron las conferencias y los programas de desarrollo ejecutivo.
Podríamos decir que actualmente la disciplina está muy extendida por toda la región y en distintos niveles institucionales.
Lo que todavía permanece en una fase incipiente, si lo comparamos con Europa, es la investigación y difusión rigurosa de la disciplina, además de la ignorancia o indiferencia de buena parte de la población y las instituciones de la sociedad civil y, sobre todo, la actuación del sector público.
Ese crecimiento necesitó también espacios capaces de conectar experiencias entre América Latina y España. ¿Qué actores ayudaron a extender y consolidar la conversación?
Desde España se fomentó el desarrollo de la Responsabilidad Empresarial en América Latina mediante la participación de instituciones como la Fundación Carolina, con sus programas de becas y conferencias en la región, y de escuelas como IESE y ESADE, tanto a través de su participación en aquellas conferencias como mediante publicaciones especializadas.
Corresponsables, con sus conferencias y publicaciones sobre los avances en la región, también ha sido determinante en el progreso logrado.
Además, el desarrollo acelerado de las redes sociales se convirtió en un factor clave para difundir buenas prácticas y ampliar el interés por la Responsabilidad Empresarial.
Destacaría, en particular, la red Empresability, Sustainability & Social Responsibility Movement, de alcance latinoamericano y en lengua española pese a su nombre, que cuenta con centenares de miembros en prácticamente todos los países de la región y desempeña un papel fundamental.
Después de haber observado esta evolución desde sus inicios, ¿qué cambios de fondo te parecen más relevantes y dónde continúan estando las principales contradicciones?
En lo que llevamos de siglo XXI, el progreso de la Responsabilidad Empresarial en Europa y América Latina ha sido vertiginoso.
Ha pasado de ser algo especial a convertirse en algo rutinario; de desarrollar actividades aisladas, con una gran confusión sobre su razón de ser y su adopción, a incorporarse como parte integral de la gestión empresarial en todos sus niveles.
Eso no significa que el progreso haya sido uniforme ni generalizado. Todavía existen grandes lagunas en su adopción, tanto en prácticas concretas como entre diferentes sectores industriales o según la capacidad de gestión de cada organización.
Se dan pasos hacia delante, pero también retrocesos, y todavía hay mucho Greenwashing.
La percepción del conflicto entre responsabilidad y competitividad no se ha resuelto ni creo que vaya a resolverse durante mucho tiempo. Eso hace que los progresos sean vulnerables a los cambios en las condiciones económicas de las regiones, los países y las empresas.
Además, ante el gran interés que ha suscitado la Sostenibilidad, se han empoderado muchos opositores que permanecían latentes. El éxito atrae enemigos.
Aun así, se mantiene una tendencia de progreso si adoptamos una visión de largo plazo, algo crítico para la propia Sostenibilidad.
He desarrollado con más detalle esta evolución en mi artículo de diciembre de 2025 ‘Los altibajos de la sostenibilidad empresarial: De la ignorancia, a la confusión, a la expansión, a la banalización, a la euforia, al revuelo, a sincerarse’.
Si tuvieras que identificar los grandes puntos de inflexión que cambiaron las reglas, los incentivos y las expectativas sobre las empresas, ¿cuáles destacarías?
Sin pretender que sea una lista exhaustiva ni establecer una prioridad entre ellos, señalaría seis grandes hitos.
El primero es la aprobación de estándares para el reporte de información sobre Sostenibilidad Empresarial. El proceso comenzó con los primeros estándares de la entonces denominada Global Reporting Initiative, hoy GRI, en el año 2000, y ha evolucionado hasta los estándares internacionales del International Sustainability Standards Board (ISSB) y los europeos contenidos en la Corporate Sustainability Reporting Directive (CSRD), basados en los European Sustainability Reporting Standards (ESRS), hoy en proceso de convergencia y compatibilización.
El segundo es el paquete de directrices de la Unión Europea en materia de Sostenibilidad: Greenwashing, protección del consumidor, diligencia debida, taxonomía verde, estándares para las emisiones de bonos verdes, transparencia en los instrumentos financieros sostenibles o regulación de las calificadoras de Sostenibilidad, entre otras.
Aunque estas disposiciones son de aplicación obligatoria dentro de la Unión Europea, mediante el denominado “efecto Bruselas” también influyen en el comportamiento y la regulación de otros países.
El tercer gran hito ha sido el Acuerdo de París, que estableció acciones para combatir el cambio climático. Si bien ha tenido un impacto positivo en la reducción de emisiones, también ha desviado la atención de muchas empresas de los temas sociales.
El cuarto son los esfuerzos realizados por las organizaciones de Naciones Unidas mediante el Pacto Mundial, los Objetivos de Desarrollo del Milenio y posteriormente los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Han tenido efectos positivos al llamar la atención de las empresas sobre su potencial contribución al desarrollo sostenible, pero también efectos negativos. Son marcos tan generales que pueden convertirse en instrumentos muy adecuados para el Greenwashing empresarial, desviando la atención desde el impacto real hacia la apariencia.
El quinto ha sido el desarrollo y expansión de las calificaciones de Sostenibilidad de las empresas, que han estimulado el interés en un segmento del mercado como es la inversión responsable.
Sin embargo, por su sobresimplificación y la enorme diversidad de metodologías utilizadas, estas calificaciones pueden producir también efectos negativos sobre el progreso de la Sostenibilidad. A pesar de ello, mantienen el interés de las empresas por obtener buenas valoraciones.
Y, por último, destacaría el despertar de los enemigos.
El énfasis, justificado, en los grandes avances de la Sostenibilidad Empresarial, especialmente en materias como cambio climático e Igualdad de Género, ha generado una reacción entre quienes se sienten afectados y ha llevado estos temas al terreno de la política partidista.
Pero, como no hay mal que por bien no venga, esa reacción también nos está obligando a sincerarnos sobre cuál ha sido realmente el progreso conseguido, mitigando el Greenwashing y las exageraciones.
Su trayectoria se ha caracterizado precisamente por observar la Sostenibilidad con una mirada crítica. ¿Qué lecciones te ha dejado analizar no solo sus avances, sino también los efectos contraproducentes que puede generar el propio ecosistema?
Después de más de 25 años involucrado en la Responsabilidad Empresarial son muchas las lecciones aprendidas. Gran parte son comunes a miles de colegas, por lo que destacaría dos que considero menos generalizadas y que tienen que ver precisamente con potenciales efectos contraproducentes.
La primera se refiere a lo que denomino la “industria de la Sostenibilidad”.
Se ha desarrollado una inmensa industria de promoción y apoyo a la Sostenibilidad fuera de las empresas: aficionados, consultorías, medios de comunicación, calificadoras de Sostenibilidad, gestores de fondos de inversión, preparadores, analistas, proveedores y diseminadores de información, servicios de auditoría y verificación y un largo etcétera.
El principal interés de muchos de estos actores es la expansión de su propio mercado, y eso no siempre coincide con el avance de la Sostenibilidad.
Por ejemplo, las empresas consultoras y las calificadoras de Sostenibilidad proponen sus propios modelos y metodologías, aprovechando las ambigüedades y el carácter difuso de la Sostenibilidad para tratar de capturar una mayor cuota de mercado. Esto termina generando confusión entre los participantes.
Ese conflicto de intereses conspira contra el verdadero avance y es precisamente algo que, en buena medida, tratan de corregir las directrices de la Comisión Europea al regular la información y su difusión.
La segunda lección es que el “mercado de la responsabilidad”, es decir, el lado de la demanda, es muy imperfecto. Y eso también conspira contra el avance de una responsabilidad legítima.
Muchos participantes actúan como si toda la información con la que inundamos el mercado fuera utilizada eficientemente. Pensemos, por ejemplo, en los consumidores, que podrían convertirse en grandes impulsores de la Sostenibilidad.
En general, no toman sus decisiones de compra utilizando esa información. No suelen hacer el esfuerzo de informarse y la poca información que les llega ha sido previamente “filtrada” por las empresas. Incluso así, suelen permanecer indiferentes porque prevalecen otros factores como el precio, la calidad o la costumbre.
En este mercado hay mucha ingenuidad. Confundimos los deseos con la realidad, y eso perjudica notablemente el progreso.
Algo parecido sucede con algunos promotores que, llevados por su pasión y ambición, exageran y generan expectativas irreales. Después, cuando esas expectativas no se cumplen, llegan la decepción y el agotamiento, que incluso pueden estimular el abandono de determinadas iniciativas.
¿Hay alguna escena de aquellos primeros años que, vista con perspectiva, siga resultándote especialmente reveladora?
Recuerdo la recepción de cierre después de una extensa conferencia sobre Responsabilidad Empresarial en la que habíamos abordado un amplísimo espectro de actividades.
Escuché esta conversación:
—Empresario: “Para mejorar el mercado necesito que mi empresa gane un premio de Responsabilidad Empresarial. ¿Qué tengo que hacer?”.
—Ponente: “Contratar un consultor para que complete las preguntas del cuestionario con las respuestas que el jurado quiere ver”.
Y yo pensé para mis adentros: “Hemos fracasado en la conferencia. Nos falta mucho por hacer”.
Has trabajado durante décadas entre América Latina y España y has conocido a buena parte de quienes abrieron camino. ¿A quiénes situarías entre aquellos pioneros de una disciplina que todavía no estaba consolidada?
Ninguna lista puede hacer justicia a los millares de personas que han contribuido significativamente al impulso y desarrollo de la Responsabilidad Empresarial en América Latina y España. Por tanto, lo que sigue es solo una pequeña parte.
Además, me concentraría en los pioneros, en quienes comenzaron, porque con el desarrollo explosivo que se produjo durante el siglo XXI la lista actual sería extremadamente extensa.
En América Latina, el padre de la Responsabilidad Empresarial, lamentablemente ya bastante olvidado, fue Stephan Schmidheiny, empresario suizo y fundador del World Business Council for Sustainable Development a escala mundial y de la Fundación Avina en América Latina. Su participación y sus recursos tuvieron un amplio impacto en la región.
Otros líderes tempranos fueron Ricardo Young, fundador y Presidente del Instituto Ethos de Brasil, un referente regional; y empresarios que dieron ejemplo desde sus propias compañías, como Roberto Murray en El Salvador, Manuel Arango y Lorenzo Servitje en México, Lorenzo Mendoza y Alberto Vollmer, operando en condiciones muy difíciles en Venezuela, o Mario Santo Domingo en Colombia.
También destacaría a promotores como Juan Felipe Cajiga y Jorge Villalobos en México; James Austin, Profesor Emérito de Harvard University y mentor de muchos profesores e investigadores de la región; e Italo Pizzolante, gran comunicador venezolano.
En España, los profesores Josep Lozano, Antonio Argandoña y Marta de la Cuesta contribuyeron con sus incisivas publicaciones y su estímulo al despegue de la Responsabilidad Empresarial.
Ramón Jáuregui contribuyó a situarla en la agenda política; Juan José Almagro fue un promotor incansable; Alberto Andreu trabajó primero desde Telefónica y posteriormente como consultor y defensor de esta agenda; Antoni Ballabriga desde la acción sobre el terreno en BBVA; José Ángel Moreno Izquierdo, ahora desde Economistas sin Fronteras; Isabel Roser, entonces desde la Fundación Carolina; Marcos González, fundador del sitio Corresponsables; y el malogrado Jordi Jaumà, fundador del sitio Diario Responsable.
También hubo instituciones educativas pioneras en América Latina en el desarrollo de materiales y la formación de profesionales. Entre ellas, INCAE en Costa Rica, que fue un líder temprano; la Universidad de los Andes en Colombia; la Universidad Anáhuac y el Instituto Tecnológico de Monterrey en México; la Universidad del Pacífico y la Pontificia Universidad Católica en Perú; la Fundación Getulio Vargas en Brasil; la Universidad Católica en Chile; o la Universidad de San Andrés en Argentina, entre otras.
En España destacaría ESADE, IESE, IE, la Universidad de Navarra y la Universidad de Deusto, entre otras.
Después de tantos años analizando prácticas empresariales, ¿qué caso te parece especialmente completo a la hora de demostrar que la Sostenibilidad puede integrarse de verdad en el modelo de negocio?
Natura, con sede en Brasil, ha sido una empresa líder dentro y fuera de América Latina en prácticas responsables.
Es una compañía de productos cosméticos que ha integrado criterios de Sostenibilidad en su aprovisionamiento, agricultura, envases y relación con las comunidades. Su actividad proporciona ingresos a más de 10.000 familias productoras en la Amazonía y a millones de consultoras independientes de belleza en diferentes mercados.
Ha sido calificada de manera consistente entre expertos como una de las empresas más sostenibles de América Latina y está certificada como B Corp. Además, fue la primera empresa cotizada en bolsa en obtener esta certificación.
Es también una de las pocas compañías que desarrolla un balance de costes y beneficios expresado en valores monetarios para analizar el impacto social y medioambiental de sus actividades.
La Sostenibilidad entra ahora en una etapa marcada a la vez por avances, reacción y cierto agotamiento. ¿Qué escenario anticipas para las próximas dos décadas?
En una palabra: turbulento.
El principal reto es la necesidad de sincerarnos y buscar una convergencia entre la ilusión y la realidad.
Los promotores y muchas empresas quieren venderle la Sostenibilidad a la sociedad, pero para conseguirlo crean expectativas e incluso exageraciones; “echan un cuento”. A corto plazo puede parecer que todo marcha bien, que ya hemos llegado, pero esa ilusión puede terminar siendo contraproducente.
Puede generar, por una parte, agotamiento y desilusión ante promesas que finalmente no se alcanzan y, por otra, como hemos visto en los últimos años, oposición.
A ambos grupos les hace falta una dosis de realidad.
Debemos pasar de “vender” actividades a mostrar el impacto sobre el terreno de esas actividades y los cambios conseguidos en el entorno social y medioambiental de las empresas.
Si hay que demostrar impacto, ya no será posible vender ilusiones. La parte de la oferta del mercado de la responsabilidad debe sincerarse.
Este reto conlleva otro en la parte de la demanda. Los dirigentes, consumidores, gobiernos, instituciones de la sociedad civil y, particularmente, los medios de comunicación y las instituciones educativas deben asumir también sus responsabilidades para asegurar un comportamiento responsable de las empresas.
Deben hacerlo mediante acciones directas en sus respectivos ámbitos de influencia: favoreciendo, regulando, denunciando y destacando hechos, no solo intenciones.
En cuanto a las oportunidades, para las empresas individuales son evidentes, aunque no sencillas. Pueden conseguir diferenciación y ventajas competitivas frente a otras organizaciones mediante la demostración del impacto conseguido.
Pero, para ello, la Sostenibilidad Empresarial debe ser sostenida y sostenible, no ocasional y efímera.
A escala del conjunto empresarial, las oportunidades también son evidentes, aunque igualmente complejas: contribuir a mejorar la calidad de vida de la población. Para que esto ocurra, la parte de la demanda del mercado de la responsabilidad debe asumir también su propia responsabilidad.
¿Qué esperas de las generaciones que tomarán el relevo y de qué dependerá que una mayor conciencia termine convirtiéndose realmente en transformación?
Su papel será determinante para el avance de la responsabilidad de las empresas desde todos los roles que desempeñarán: dirigentes, consumidores, funcionarios, empleados, votantes y muchos otros.
Estarán mucho más educados, mejor informados y, muy posiblemente, más preocupados por su futuro que mi generación, debido a la ampliación y ubicuidad de la información relacionada con estos temas.
Son mucho más conscientes de las consecuencias que la irresponsabilidad empresarial puede tener para su futuro.
Pero, como he comentado antes, no hay que ser ilusos. Todo ello requiere que actúen, que chuten a gol. No basta con buenas intenciones ni con palabras.
Y, del mismo modo que la información relevante es mucho más accesible, también lo es toda aquella información que distrae y compite por su atención.
Posiblemente estemos ante la generación con el lapso de atención más corto de la historia.
Deberían actuar, sí. La pregunta es: ¿lo harán?
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