Para hablar de Humanidad en el momento actual sería necesario meterse en una burbuja que te aislara del ruido que hay fuera. En los últimos años parece que solo hay ejemplos de NO Humanidad. Sin embargo, tengo que decir que soy una persona afortunada. En mi trabajo diario, como responsable del área social de la Fundación Iberdrola, veo muchos ejemplos de HUMANIDAD: personas que tienen muy claro cuales son sus prioridades y no escatiman esfuerzos para intentar solucionar los problemas…. de los demás. Esto me hace pensar que no está todo perdido.
¿Quiénes son estas personas? Son todos y cada uno de los miembros de las entidades del tercer sector a las que la Fundación apoya a través de su Programa Social Futuro con Energía, y entre ellas, los equipos de Cruz Roja. El rol de estas entidades en el mundo de hoy es cada vez más importante, ya que las crisis humanitarias, sociales y climáticas ya no se presentan de forma aislada, sino que se superponen y se refuerzan entre sí. Los problemas aumentan en complejidad y las soluciones también. Todas las manos son pocas.
Esta realidad obliga a replantear enfoques tradicionales y a asumir que las respuestas simples o puntuales ya no son suficientes. En este escenario, los valores humanitarios siguen siendo una brújula imprescindible para orientar decisiones, prioridades y formas de actuación.
Desde el sector privado, comprometerse con estos valores requiere ir más allá de la reacción puntual ante una emergencia o una necesidad concreta. También implica revisar determinados enfoques que, aunque bien intencionados, pueden resultar limitados si no se integran en una visión más amplia. El verdadero desafío consiste en contribuir a generar capacidades, fortalecer ecosistemas locales y acompañar procesos que permitan a las personas y comunidades desarrollar soluciones sostenibles a medio y largo plazo. Implica también exigir compromiso y esfuerzo a las personas a las que se ayuda, ya que los recursos son limitados. Quizás sea más apropiado hablar de invertir en las personas, para permitirles construir un futuro mejor.
Este cambio de mirada resulta especialmente evidente cuando se trabaja desde fundaciones empresariales. En este ámbito, el éxito deja de medirse únicamente en función de los recursos aportados y se centra cada vez más en la capacidad de promover transformaciones duraderas, alineadas con las necesidades reales de las comunidades. Esto exige escuchar más, imponer menos y aceptar que el valor social generado no siempre es inmediato ni fácilmente cuantificable.
En este camino, la colaboración con organizaciones humanitarias como Cruz Roja adquiere un valor fundamental. Su profundo conocimiento del terreno, su cercanía a las comunidades y su experiencia en contextos de alta vulnerabilidad las convierten en socios clave para el sector privado. Estas alianzas permiten combinar capacidades complementarias: la escala, los recursos y la visión estratégica de la empresa, con la experiencia social, la legitimidad y la orientación a las personas propias de las organizaciones humanitarias.
Trabajar conjuntamente también implica afrontar retos significativos. Uno de ellos es mantener la coherencia con los valores humanitarios incluso cuando los contextos son cambiantes o las presiones son altas. Otro es encontrar un equilibrio entre la necesaria transparencia y seguimiento de las iniciativas y la flexibilidad que requieren los entornos sociales y humanitarios. A ello se suma el desafío de evaluar el impacto sin simplificar realidades que, por su naturaleza, son complejas.
Desde la experiencia, uno de los aprendizajes más relevantes es la importancia de generar espacios de diálogo continuado entre los distintos actores implicados. El impacto social no se construye en solitario ni desde posiciones alejadas de la realidad; se construye a través de la escucha, la colaboración y el aprendizaje compartido. Mantener una comunicación fluida, revisar enfoques y ajustar objetivos forma parte natural —y necesaria— de este proceso.
Trabajar conjuntamente también implica afrontar retos significativos. Desde el lado de la empresa, existe una necesidad legítima de entender qué funciona, de evaluar resultados y de orientar los esfuerzos hacia donde generan mayor valor. Sin embargo, en el ámbito social y humanitario, los tiempos, los procesos y los impactos no siempre se ajustan a lógicas lineales. El verdadero desafío está en saber conjugar esa mirada analítica con una comprensión profunda de realidades complejas, donde el impacto no se mide solo en indicadores, sino en la mejora tangible de la vida de las personas y las comunidades. Lograr este equilibrio exige combinar rigor y flexibilidad, seguimiento y confianza, sin perder de vista que detrás de cada proyecto hay personas, contextos y trayectorias diversas.
Con motivo del Día Mundial de la Cruz Roja, este es un buen momento para recordar que los desafíos globales requieren respuestas compartidas. El sector privado, cuando actúa con humildad, coherencia y una verdadera vocación de impacto, puede —y debe— ser parte activa de esa respuesta.


