“Sostenibilidad” se ha convertido en una palabra comodín. Al ser un concepto tan amplio, siempre parece encajar: sirve para describir el lanzamiento de un nuevo envase, la firma de un convenio con un ayuntamiento o un programa de formación profesional para el empleo. Todo, absolutamente todo, es hoy, teóricamente, “sostenible” y eso hace que no podamos separar la paja del grano.
El problema es evidente: por abuso, la palabra empieza a perder credibilidad. Y, sin embargo, también hay una lectura positiva. Su uso generalizado puede reflejar un cambio real en la conciencia colectiva. Cada vez más personas asumen que las prácticas insostenibles del pasado no pueden prolongarse sin consecuencias, y que el impacto social y ambiental no es una cuestión marginal. La cuestión, por tanto, no es si la sostenibilidad importa, sino cómo evitar que se convierta en un término vacío.
En el sector agroalimentario esta tensión se vive de forma especialmente intensa. Producimos bienes esenciales, trabajamos con márgenes ajustados, dependemos de recursos naturales y cadenas de suministro complejas, y estamos sometidos a una conversación pública muy exigente. Por eso necesitamos recuperar el contexto de la sostenibilidad y devolverla a su terreno natural: la gestión. Una sostenibilidad constructiva, demostrable con evidencias y vinculada a la competitividad y la productividad. Menos hablar de sostenibilidad y más hacer sostenibilidad.
En Pascual defendemos una sostenibilidad con triple dimensión: económica, social y ambiental. Pero hacerlo de verdad exige realismo. No valen las falsas expectativas ni las medias verdades. La sostenibilidad no puede ser una promesa indefinida ni un adjetivo que se coloca sin precisión. Debe traducirse en decisiones, prioridades, planes y resultados.
La dimensión ambiental es quizá donde más se ha tensionado el lenguaje. Aire, agua, residuos, cambio climático: son temas que nos afectan a todos. Pero en los últimos años se han multiplicado mensajes verdes demasiado genéricos, poco verificables o directamente confusos, y eso ha alimentado el escepticismo. El contexto europeo ya ha tomado nota. La respuesta institucional apunta a elevar el estándar y reducir la tolerancia frente al greenwashing: si afirmas algo, debes poder demostrarlo con claridad y consistencia.
En este escenario, el mejor antídoto contra la pérdida de credibilidad es sencillo: convertir la sostenibilidad en un sistema de trabajo. Integrarla en el diseño de producto, en compras, en fabricación, en logística, en la relación con el entorno, y también en cómo se comunica. Cuando la sostenibilidad se gestiona, deja de depender del relato y se sostiene sobre hechos: cambios concretos, mejoras medibles, comparaciones honestas. No hace falta burocratizar cada iniciativa, pero sí asumir que la evidencia debe ir por delante del mensaje.
Además, la sostenibilidad solo será duradera si se entiende como una palanca de competitividad. La sostenibilidad constructiva reduce ineficiencias, anticipa riesgos, refuerza la continuidad del negocio y aporta valor al cliente. En un sector tan expuesto a la volatilidad, a la energía, al agua o a la presión regulatoria, la productividad y la resiliencia no son conceptos “paralelos” a la sostenibilidad: son su traducción empresarial.
También las administraciones públicas deben liderar con el ejemplo, con planes efectivos y marcos claros que premien la evidencia y no el maquillaje. Si queremos acelerar la transición, necesitamos un entorno que incentive la inversión y la innovación, y que no convierta la sostenibilidad en un simple ejercicio declarativo.
“Sostenibilidad” seguirá siendo una palabra imprescindible. Pero para que conserve valor, debe recuperar su significado: honestidad, rigor y resultados. Menos decir. Más hacer.
Asumamos la Sostenibilidad con entusiasmo y racionalidad, pero dejemos de expresarnos de forma autómata y simplona al respecto.


