Hay una pregunta que me hago cada año cuando empezamos a preparar nuestro informe de impacto: ¿estamos contando lo que queremos contar, o lo que hay que contar?
La diferencia parece sutil. No lo es.
Rendir cuentas de verdad significa incluir los datos que no te favorecen. Significa explicar por qué un número ha subido cuando debería haber bajado. Significa no esconderse detrás de la complejidad metodológica cuando la realidad es más sencilla, y no simplificar en exceso cuando la realidad es genuinamente compleja.
Este año, en nuestro informe de impacto, nuestra huella de carbono corporativa total era superior al del año anterior. Y sin embargo, no hemos empeorado: hemos medido mejor. Por primera vez hemos incluido el transporte de distribución a clientes en el cálculo, una categoría que antes no contabilizábamos.
Podríamos haber presentado solo el número comparable y evitar la incomodidad. No lo hicimos. Aunque reconozco que la tentación existe.
La trampa del greenwashing amable
El greenwashing más peligroso no es el que miente descaradamente. Es el que selecciona cuidadosamente qué verdades cuenta. El que muestra los logros y silencia los fracasos. El que habla de circularidad sin mencionar las categorías de emisiones que aún no controla.
La nueva Directiva europea contra el greenwashing va en la dirección correcta: obliga a que las afirmaciones de sostenibilidad estén respaldadas por metodologías verificables. Pero la norma puede cumplirse y seguir sin rendir cuentas de verdad. Porque la accountability no es solo una cuestión legal: es una cuestión de cultura. Y de valentía, en dosis pequeñas pero constantes.
Durante años comunicamos la reciclabilidad real de nuestras latas porque nos parecía importante ser honestos sobre la diferencia entre reciclabilidad teórica y reciclabilidad real. Cuando la nueva regulación europea exige unos nuevos estándares de medición, la respuesta no ha sido buscar otra afirmación que pudiéramos poner en nuestras latas. Ha sido eliminarlo hasta tener la certificación de que el dato sigue siendo correcto, aunque a nosotros no nos quepa duda, pero hay que demostrárselo al consumidor.
Accountability no es perfección
Existe una confusión frecuente entre transparencia y excelencia. Muchas empresas no publican sus datos de impacto porque no son perfectos. Esperan al año en que los números sean buenos. Y así pasan los años.
Nosotros también tenemos años mejores y peores. Áreas donde avanzamos con claridad y áreas donde el progreso es más lento de lo que nos gustaría. Lo que intentamos es no esconder ninguna de las dos.
Rendir cuentas no significa tener todo resuelto. Significa mostrar dónde estás, adónde quieres llegar, y qué estás haciendo para cerrar esa brecha. Un informe de impacto honesto debería incomodar un poco a quien lo escribe. Si no incomoda, probablemente falta algo.
A quién le rendimos cuentas
La pregunta que más me orienta es quizás la más sencilla: ¿a quién?
La mayoría de los informes de sostenibilidad están escritos para inversores, para clientes corporativos, para los auditores de las certificaciones. Están escritos para pasar el examen.
Nosotros intentamos escribir el nuestro para nuestro principal accionista: el océano. Es una forma de decir: para quien no tiene voz en esta conversación, pero es quien más nos importa. Cuando tienes ese destinatario en mente, cambia el enfoque.
No siempre lo conseguimos. Pero intentarlo nos obliga a hacernos preguntas incómodas que nos ayudan a avanzar.
Rendir cuentas de verdad no es una práctica de reporting. Es una práctica de humildad. Y la humildad, en el mundo de la sostenibilidad empresarial, sigue siendo un recurso escaso y muy necesario.
Ocean52 es una empresa certificada B Corp con sede en Barcelona, dedicada a la producción de agua mineral y bebidas sin plástico. Destina el 52% de sus beneficios distribuibles a la protección del océano.
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