Cada vez más líderes reconocen la sostenibilidad como una oportunidad estratégica. El reto rebasa la ambición y pasa por la coherencia y el ejemplo necesarios para integrarla en la cultura empresarial.
En las organizaciones, igual que en la vida, las personas aprendemos observando. Miramos lo que hacen nuestros líderes, cómo toman decisiones cuando surgen dilemas reales y qué priorizan cuando la presión del día a día aprieta. Esa observación constante es la que, al final, termina construyendo o debilitando la credibilidad.
A lo largo de mi trayectoria profesional, trabajando en distintas culturas corporativas, he comprobado que este patrón se repite con independencia del sector o del tamaño de la compañía. Las estrategias y los planes son necesarios, pero no suficientes. Es la coherencia lo que realmente determina si un mensaje cala o se diluye.
Por eso, cuando hablamos de sostenibilidad, creo que el verdadero punto de inflexión está en el liderazgo y cada vez hay más evidencias de que ha dejado de ser una cuestión periférica para instalarse en el núcleo de la gobernanza empresarial.
Un buen ejemplo es el CEO Study 2025, elaborado por el Pacto Mundial de la ONU, al señalar que nueve de cada diez CEOs a nivel global consideran la sostenibilidad una oportunidad clave de negocio, y que el 99% prevé mantener o incluso ampliar sus compromisos en este ámbito. Resulta especialmente revelador que el 88% afirme que el caso empresarial de la sostenibilidad es ahora más sólido que hace cinco años, lo que refleja un consenso creciente en torno a su valor estratégico.
Sin embargo, el propio estudio advierte también de una brecha relevante: menos del 15% de los líderes se sienten realmente preparados para afrontar los grandes retos globales, como el cambio climático, la incertidumbre geopolítica o las tensiones económicas. Y es ahí donde, en mi opinión, el papel del liderazgo resulta determinante.
La sostenibilidad empieza a avanzar de verdad cuando alguien decide que debe formar parte del corazón de la organización. Cuando deja de ser un concepto abstracto y comienza a influir de manera tangible en cómo se decide y cómo se actúa. Es decir, cuando pasa de la ambición a la ejecución.
Desde mi experiencia, necesita liderazgo visible. Necesita referentes. Personas en puestos de responsabilidad que la impulsen y la encarnen. Cuando la Alta Dirección integra el propósito como un criterio real en la toma de decisiones, el mensaje no necesita repetirse constantemente porque ya se entiende, se interioriza y se replica de forma natural.
Este compromiso adquiere una relevancia todavía mayor en empresas complejas o altamente especializadas, como podría ser el caso de ENUSA. Como empresa pública, desarrolla su actividad desde un firme compromiso con el interés general, la transparencia y la rendición de cuentas. Este carácter público refuerza nuestra responsabilidad en la toma de decisiones, que deben generar valor no solo económico, sino también social, ambiental e institucional, contribuyendo de manera activa a los objetivos estratégicos del país y de la Unión Europea.
Integrar la sostenibilidad de manera transversal exige constancia y visión de largo plazo, especialmente en un contexto marcado por una creciente presión regulatoria, mayores exigencias de los grupos de interés y la necesidad de anticiparse a los impactos del cambio climático.
De hecho, más del 70% de los directivos españoles considera que estos factores influirán de forma significativa en su estrategia en los próximos años, tal y como recoge el CxO Sustainability Report 2024.
Con el tiempo he aprendido que son los gestos los que marcan la diferencia. Estar presentes cuando hay que explicar un proyecto al entorno. Escuchar directamente a los grupos de interés. Responder a preguntas incómodas sin intermediarios. Dar la cara. Decisiones que envían mensajes muy claros sobre cuáles son las prioridades reales de la organización.
También importan, y mucho, las preguntas. Preguntarse por el impacto social de una decisión, por cómo afecta a las personas o por sus consecuencias más allá del corto plazo cambia profundamente la conversación. No es casual que más de la mitad de las empresas españolas ya esté trasladando los criterios ESG a sus cadenas de suministro y estableciendo objetivos de reducción de emisiones, integrando estas cuestiones en la toma de decisiones estratégicas.
Sabemos que no es el camino más fácil. Apostar por la sostenibilidad implica aceptar que algunos retornos no son inmediatos e incluso inexistentes, y que determinadas decisiones requieren inversión, tiempo y determinación. En un entorno dominado por la urgencia y el corto plazo, proteger una mirada de largo recorrido es, en sí mismo, un ejercicio de liderazgo responsable.
Porque, al final, la sostenibilidad consiste precisamente en eso, en decidir hoy pensando en mañana. En preguntarse qué impacto tendrán nuestras decisiones dentro de diez o veinte años. En entender que generar valor es crecer de manera responsable, consciente y coherente.
En última instancia, son decisiones que definen la huella que dejamos como líderes y el tipo de empresas que contribuimos a construir.


