Si preguntáis a la alta dirección de cualquier organización qué es la sostenibilidad, obtendréis respuestas diversas. Muchas de ellas válidas. Algunas incluso contradictorias.
En este artículo intentaré desgranar mi visión. Una visión construida con el tiempo. Después de aprender y desaprender mucho a lo largo de más de treinta años de trayectoria profesional, primero en el sector privado y, en los últimos veinte años, en el sector fundacional orientado al interés general.
Desde esta experiencia, me acerco a la sostenibilidad con una mirada práctica. Lejos del greenwashing. Lejos de discursos superficiales o de modas pasajeras.
Para mí, la sostenibilidad no es solo medioambiental. Ni únicamente económica o social.
Si no es integral y estratégica, difícilmente puede considerarse sostenibilidad real.
Entiendo la sostenibilidad como la capacidad de una organización de generar valor de forma continuada en el tiempo. Un valor que se sostiene. Que evoluciona. Y que deja huella.
Ese valor solo es posible si se equilibran tres dimensiones que no pueden separarse.
- La económica, porque sin viabilidad no hay proyecto que perdure.
- La social, porque sin impacto en las personas no hay sentido.
- La medioambiental, porque sin respeto por los límites del entorno no hay futuro posible.
Todo ello requiere una gobernanza sólida, porque sin una dirección responsable, coherente y transparente, ninguna de las anteriores se sostiene en el tiempo.
Pero más allá de este equilibrio, hay una idea esencial.
La sostenibilidad no es un departamento. Es una forma de liderar y de gestionar la organización en su conjunto.
No se trata tanto de hacer cosas sostenibles como de ser, en esencia, una organización sostenible.
Esto implica coherencia. Implica capacidad de priorización. Implica, sobre todo, una mirada de largo plazo.
También implica evitar la tentación de seguir modas y centrarse en aquello que realmente genera impacto y construye legado.
Y aquí aparece un elemento clave que no siempre se explicita lo suficiente.
La sostenibilidad depende de manera crítica de la alta dirección. No es delegable.
Empieza por el propósito. Pero no por cualquier propósito, sino por uno que sea relevante y activable. Un propósito que no sea cosmético ni meramente inspirador.
Un propósito que sirva para tomar decisiones difíciles.
Porque si el propósito no ayuda a decidir cuando hay tensiones reales, entonces no está cumpliendo su función.
La alta dirección debe alinear ese propósito con el modelo de actividad. Debe integrarlo en la estrategia. Y debe evitar que se convierta en un ejercicio de comunicación o de reputación.
La sostenibilidad también exige tomar decisiones con una mirada de largo plazo. Esto implica, en muchos casos, renunciar a beneficios inmediatos o proyectos oportunistas para construir valor futuro. No podemos impulsar iniciativas aisladas. La sostenibilidad no puede vivir en proyectos desconectados del núcleo de la organización.
Implica priorizar inversiones cuyo impacto no será visible en el corto plazo.
Implica, en definitiva, saber decir “no”.
Y es precisamente ahí donde se pone a prueba el liderazgo.
Debe formar parte de las operaciones. De la innovación. De la cultura.
Debe influir en qué hacemos y en cómo lo hacemos.
Si no transforma la estrategia, entonces no es sostenibilidad. Es accesorio.
A todo ello se suma la necesidad de coherencia. Las organizaciones no se guían por lo que la dirección dice, sino por lo que hace.
Sin coherencia, aparece el cinismo interno. Y con él, la pérdida de credibilidad.
Xavier Marcet lo recuerda a menudo, y la práctica lo confirma.
Por último, la sostenibilidad requiere cultura. No una cultura de cumplimiento, sino una cultura de compromiso.
Equipos que entienden el propósito. Que lo hacen suyo. Que actúan con responsabilidad sin necesidad de supervisión constante.
Cuando esto sucede, la sostenibilidad deja de ser un concepto y pasa a ser una práctica cotidiana.
Con este marco en mente, podemos acercarnos al caso de la Fundación Pasqual Maragall.
Y, de algún modo, volvemos al inicio.
¿Qué entendemos en la Fundación por sostenibilidad?
Entendemos la sostenibilidad como la capacidad de alinear de forma coherente nuestro propósito, nuestra estrategia, nuestro talento y nuestros recursos para generar un impacto real a largo plazo.
Nuestro propósito es claro y, a la vez, profundamente exigente: contribuir a conseguir un futuro sin Alzheimer.
Este propósito no es solo una declaración. Es un criterio de decisión. Es el punto de partida, pero también el punto de retorno constante.
La sostenibilidad de la Fundación no se mide únicamente en términos financieros u operativos. Se mide en nuestra capacidad de contribuir a un cambio sistémico que transforme la realidad de la enfermedad.
Y esto nos obliga a convivir con tensiones estratégicas que no tratamos de evitar, sino de abordar de forma explícita.
Los recursos son limitados, como en cualquier organización. Y eso nos lleva a formularnos preguntas complejas.
¿Dónde debemos poner nuestros esfuerzos en los próximos diez años?
¿En la atención social directa?
¿En la inversión en investigación biomédica de excelencia?
¿En desarrollar proyectos propios, en colaborar con otros actores o en combinar ambos enfoques?
Estas preguntas no son tácticas. Son profundamente estratégicas. Y, en gran medida, definen quiénes somos.
Porque la sostenibilidad empieza, precisamente, cuando el propósito deja de ser inspirador y pasa a ser un instrumento para priorizar.
En nuestro caso, el foco en un futuro sin Alzheimer nos orienta hacia el impacto estructural. Hacia aquello que puede transformar de raíz la evolución de la enfermedad y la vida de las personas.
Esto nos lleva a apostar por la investigación biomédica que puede cambiar el curso del Alzheimer con foco en la prevención y la detección precoz. Somos una organización experta en hallar biomarcadores en sangre, neuroimagen o digitales para detectar la enfermedad en su fase preclínica. Y, al mismo tiempo, trabajamos para influir en los sistemas que deben adaptarse a estos avances.
Por un lado, el sistema sanitario, que deberá incorporar nuevos modelos de detección precoz y de atención ante la llegada de tratamientos que modifican la enfermedad.
Por otro lado, el sistema social, donde aspiramos a contribuir a la construcción de una sociedad Alzheimer friendly.
Una sociedad en la que las personas puedan vivir con autonomía. En la que el diagnóstico no implique exclusión. En la que se garantice una vida digna.
Este enfoque es, en esencia, una apuesta por el cambio sistémico. Y, por tanto, por una sostenibilidad profunda.
Nada de esto es posible sin una mirada de largo plazo.
La alta dirección de la Fundación ha apostado de forma clara por la construcción de planes estratégicos con horizonte amplio. Aceptando la incertidumbre inherente a este tipo de retos y sosteniendo decisiones cuyo retorno no es inmediato.
Porque tanto la investigación como la transformación social requieren tiempo. Mucho tiempo.
En paralelo, la sostenibilidad financiera se entiende como una responsabilidad compartida por toda la organización.
La Fundación es una entidad privada, con una base social cercana a las 120.000 personas socias y con el apoyo de miles de empresas colaboradoras.
Pero más allá de esta base, lo relevante es cómo se activa el conjunto de la organización para sostener el proyecto.
Por ejemplo, el área de Comunicación trabaja para dar visibilidad al proyecto en medios de comunicación y conectar con la población general, generando conciencia y acercando la realidad del Alzheimer a la sociedad. Los equipos de Investigación compiten por financiación a través de becas y acuerdos internacionales. El área de Acción social establece alianzas con administraciones y grandes implementadores para validar y escalar modelos.
No se trata únicamente de captar recursos. Se trata de diseñar modelos inteligentes que generen valor compartido y permitan escalar el impacto.
Y todo ello se apoya en una cultura organizativa en la que la sostenibilidad no está delegada en un área concreta.
Cada equipo, cada función, cada decisión contribuye.
Se promueve una cultura de corresponsabilidad. De compromiso. De contribución activa.
Porque sin alineamiento interno, difícilmente puede lograrse una transformación externa.
Y así, casi sin darnos cuenta, volvemos al punto de partida.
La sostenibilidad no es un concepto abstracto. Es una práctica diaria. Es una forma de liderar. Es una forma de decidir.
En la Fundación Pasqual Maragall, la sostenibilidad consiste en alinear propósito, estrategia, talento y recursos para contribuir a un cambio sistémico a largo plazo.
Un cambio que, ojalá, nos acerque cada vez más a aquello que da sentido a todo lo que hacemos: Un futuro sin Alzheimer.


