En la conferencia “IA y valores: estrategia en personas y organizaciones”, impartida en el marco del 36º Fórum de la Auditoría organizado por el Colegio de Censores Jurados de Cuentas de Cataluña, quise compartir una idea de fondo: la inteligencia artificial no es solo una herramienta tecnológica, es un cambio de época. No estamos ante una nueva aplicación que incorporamos a nuestro día a día, sino ante una nueva infraestructura del conocimiento que transformará cómo trabajamos, cómo aprendemos, cómo decidimos y cómo organizamos nuestras instituciones.
Durante años hemos medido la competitividad de los países y las empresas a través del PIB, la productividad o la inversión. Pero en la economía que viene, la innovación se está convirtiendo en una nueva moneda. Liderarán quienes sean capaces de aprender más rápido, adaptar mejor el conocimiento y convertir la tecnología en valor real para las personas. No se trata solo de tener inteligencia artificial, sino de saber qué hacemos con ella.
Por eso me gusta insistir en una diferencia fundamental: no basta con aprender sobre la IA; debemos aprender y pensar con la IA. La primera aproximación nos convierte en usuarios informados. La segunda, en profesionales aumentados y la tercera hace que cambiemos la manera de hacer las cosas. La IA puede ayudarnos a escribir, analizar, ordenar, resumir, programar o detectar patrones, pero exige algo más profundo: entrenar nuevas capacidades humanas. Pensamiento crítico, criterio, creatividad, ética, empatía, capacidad de síntesis y formulación de buenas preguntas.
La pregunta ya no es únicamente qué tareas desaparecerán o cuáles se automatizarán. La verdadera pregunta es qué parte de nosotros queremos potenciar. Porque la IA resolverá muchas tareas, pero las personas seguiremos resolviendo dilemas. La tecnología puede acelerar procesos; el sentido, la responsabilidad y la confianza siguen siendo profundamente humanos.
Ahora estamos entrando en una nueva fase: la de los agentes de inteligencia artificial. Sistemas capaces de ejecutar tareas, coordinar procesos y operar con cierta autonomía. Esto cambiará los organigramas tradicionales y nos llevará hacia organizaciones mixtas, formadas por personas y agentes digitales. El reto no será solo tecnológico. Será cultural, ético y organizativo.
En este contexto propongo pensar en el Talento Interior Bruto: aquello que no aparece en los balances, pero determina la capacidad de una sociedad para afrontar el futuro. La creatividad, la empatía, el juicio, la experiencia, la imaginación y la capacidad de aprender.
La IA nos obliga a una gran conversación sobre tecnología, sí, pero también sobre valores. Porque el futuro no será solo más automatizado. Será más humano si somos capaces de diseñarlo con propósito y transformando la productividad en valor.
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