Cuando fundé TuManag3r en 2021, con 3.000 euros de capital y veinte años, nadie en mi entorno entendía bien a qué me dedicaba. «Marketing de influencers» sonaba, en el mejor de los casos, a algo efímero. En el peor, a algo frívolo. Cuatro años después, la compañía factura 2,9 millones de euros, opera en 28 países y emplea a 30 profesionales con una media de edad de 27 años. Pero lo que más me importa no son las cifras: es lo que representan.
La Creator Economy mueve hoy más de 250.000 millones de dólares anuales a nivel global y podría acercarse a los 480.000 millones hacia 2030. Estamos ante una industria real, con empleo real, con valor económico real. Sin embargo, sigue siendo tratada con condescendencia en muchos foros empresariales y de sostenibilidad. Ese es el error que quiero señalar, porque tiene consecuencias.
Una economía sin estructura no puede ser responsable. Durante años, el sector ha funcionado sin contratos claros, sin auditorías, sin estándares de transparencia hacia audiencias ni hacia marcas. Creadores que trabajan como autónomos en condiciones precarias. Marcas que invierten sin métricas reales. Agencias que intermedian sin rendir cuentas. Ese modelo no es sostenible, y no lo es en ninguno de los sentidos que importan: ni económico, ni laboral, ni ético.
La profesionalización no es solo una palanca de crecimiento. Es una exigencia de responsabilidad. Cuando estructuras contratos auditados, cuando ofreces a los creadores que representas estabilidad laboral y no solo transacciones puntuales, cuando construyes métricas que miden impacto real y no solo alcance, estás haciendo algo más que escalar un negocio: estás dando forma a un sector que, sin ese esfuerzo, seguirá generando precariedad disfrazada de libertad.
En TuManag3r hemos tomado decisiones costosas en ese sentido. Invertir en tecnología propia para hacer los procesos auditables. Operar con gobernanza formal en todos los mercados en los que estamos presentes. Integrar como socio a un creador (Fernanfloo) que entiende la industria desde dentro y que aporta una perspectiva de largo plazo, no solo de visibilidad. No son decisiones de marketing corporativo. Son decisiones de arquitectura empresarial.
Hay un argumento que escucho con frecuencia: «los creadores de contenido no son empresas». Me parece el diagnóstico más equivocado que circula hoy en los entornos directivos. Los creadores que están marcando el ritmo del sector tienen equipos, invierten en producción, toman decisiones estratégicas y gestionan su audiencia como un activo de largo plazo. Operan, en la práctica, como medios con distribución propia. Y como cualquier medio, tienen responsabilidades hacia quienes les escuchan.
Eso incluye la responsabilidad sobre el contenido que producen, las marcas con las que se asocian y el modelo de consumo que promueven. No es una responsabilidad menor. Cuando un creador con millones de seguidores recomienda un producto financiero, un hábito de vida o una causa social, ejerce una influencia que ningún anuncio de televisión puede replicar, precisamente porque se sostiene en confianza. Y la confianza, bien administrada, es el activo más responsable que existe. Mal administrada, es la más dañina.
Por eso defiendo que la Creator Economy necesita incorporarse a la agenda de sostenibilidad y empresa responsable. No como un apartado de comunicación digital, sino como lo que ya es: un sector con poder de influencia sobre millones de personas, con capacidad de generar empleo joven de calidad y con una responsabilidad creciente sobre los valores que amplifica. El debate sobre qué tipo de industria queremos que sea empieza ahora. Y es mejor tenerlo tarde que no tenerlo.
Accede a más información responsable en nuestra biblioteca digital de publicaciones Corresponsables y en la Ficha Corporativa de TuManag3r en el Anuario Corresponsables 2026.


