En casi todas las empresas con las que hablamos se repite la misma escena: hay estrategia de sostenibilidad, informes ESG, compromiso con los ODS… pero cuesta que todo eso llegue al día a día de las personas. Los empleados reciben campañas, emails y formaciones, pero muchas veces se quedan como algo externo a su rutina. En Liight nuestra misión es precisamente ese: ayudar a las compañías a impulsar su cultura corporativa hacia un mundo más sostenible haciendo que los empleados pasen de ser espectadores a protagonistas del cambio. Ahí es donde ocurre la magia.
La semilla de todo esto nació de una pregunta muy sencilla: si todos sabemos que hay que cuidar el planeta, ¿por qué tan poca gente cambia sus hábitos de verdad? Crecí, como muchos jóvenes de mi generación, con la crisis climática de fondo y los ODS en los titulares. En el instituto empecé a comprender cómo se movían las ciudades viajando a diario en transporte público entre Móstoles y Madrid, y durante la carrera de Arquitectura viví estancias en lugares muy diferentes, de Copenhague a Alghero, de Valencia a Nueva York… y me hicieron mirar la vida a escala urbana y humana como un enorme organismo vivo donde nos jugamos el futuro de nuestro planeta.
En 2050 más del 80 % de la población vivirá en ciudades y en ellas se concentrará la mayoría del consumo de recursos y de las emisiones. Para mí, como apasionado de la naturaleza y la tecnología a partes iguales, el ODS 11 (Ciudades y comunidades sostenibles) no es solo un icono naranja: es el lugar natural desde el que puedo aportar. Y hoy muchas de esas “ciudades” también son las empresas: sedes, campus, redes de oficinas… espacios donde miles de personas toman pequeñas decisiones cada día que, sumadas, lo cambian todo.
Al mismo tiempo, crecimos rodeados de videojuegos, redes sociales y apps diseñadas para engancharnos. Un día entendí que, si queríamos cambiar comportamientos, no bastaba con campañas de publicidad o un curso puntual: había que utilizar ese mismo lenguaje y plataformas que generan engagement y cambios de hábitos, pero al servicio del bien común. Así nació Liight y, dentro de ella, Liight Corporate: una app que convierte hábitos sostenibles como caminar, ir en bici o en transporte público, compartir coche, reciclar, participar en formaciones o retos ambientales… en puntos, retos y recompensas responsables.
Para la persona usuaria es un juego sencillo. Para la organización, una herramienta que permite medir, gamificar y visibilizar el impacto positivo de sus empleados. Nuestro corazón está en las empresas, pero también colaboramos con ayuntamientos y ciudades, universidades, marcas y comercios locales que quieren activar a su comunidad de forma cercana y eficaz.
En estos años hemos lanzado retos con compañías como HP, Estrella Galicia, Abanca, Mutua Madrileña y otras organizaciones que quieren ir más allá del “powerpoint verde”. Lo que vemos se repite: cuando la sostenibilidad se baja a lo cotidiano, se hace divertida, se gamifica y se comunica mejor, la participación se dispara. No solo se consiguen kilómetros sostenibles o toneladas de CO2 evitadas; se generan conversaciones en los equipos, orgullo de pertenencia y una cultura en la que cuidar el planeta forma parte del trabajo bien hecho.
Emprender con propósito, sin embargo, no es un camino recto. Es una montaña rusa en la que lo urgente compite constantemente con lo importante, donde los recursos son limitados y las dudas aparecen a menudo. Pero también es un lugar privilegiado para probar, equivocarse, aprender rápido y volver a intentarlo… y para contagiar energía positiva en tiempos donde la polarización y la desilusión pesan demasiado.
Esa misma energía me llevó a involucrarme en proyectos de emergencia. Durante los momentos más duros del confinamiento, junto con varios amigos de la comunidad CELERA diseñamos y fabricamos más de 50 respiradores que fueron homologados para estar en los hospitales donde más se necesitaban. A través de Open Ventilator recibimos el apoyo financiero y mediático de Fundación MAPFRE, Airbus, OMROM o la URJC, entre otros, así como la felicitación de SM Felipe VI.
Más recientemente, en Valencia durante la DANA formamos un pequeño equipo desde el que coordinamos más de cien acciones con miles de voluntarios y donaciones, en contacto directo con los responsables de los centros logísticos improvisados para responder a las necesidades más críticas y seguir su evolución. Entre barro y escombros lideré un equipo multidisciplinar que, apoyado en tecnología, metodologías ágiles y una red increíble de personas y organizaciones (bomberos, Ejército de Tierra, Mercadona, etc.), canalizó la ayuda hacia las familias afectadas. El Ayuntamiento de Benetússer, uno de los municipios más dañados, nos otorgó a Liight un reconocimiento oficial en los actos conmemorativos.
Ambas experiencias me refuerzan en algo clave: cuando alineas talento, tecnología y propósito, las personas responden. Por eso creo que la juventud tiene un papel fundamental, más por actitud que por edad. Somos una generación que ha vivido de cerca la precariedad, la crisis climática y, al mismo tiempo, las oportunidades de un mundo hiperconectado. Queremos formar parte de la solución, no solo escuchar discursos. Pero para que eso ocurra necesitamos empresas e instituciones que nos abran espacios para cuestionar, proponer y co-crear, no solo para “cumplir” con un plan.
2026 es un año simbólico: nos acercamos al horizonte de la Agenda 2030 y sabemos que queda mucho por hacer. Pero también es un buen momento para hacerse una pregunta honesta desde dentro de cada empresa: ¿qué pasaría si consiguiéramos que nuestra gente viviera la sostenibilidad no como un extra, sino como parte natural de su día a día? Proyectos como Liight Corporate nacen justo de ahí: de la convicción de que la tecnología puede ser una aliada para encender conciencias, transformar la ansiedad climática en acción y convertir a los empleados en motor del cambio. Al final, de eso va todo: de poner talento, datos y juego al servicio de algo que nos trasciende, y de esa energía invisible que se comparte, se contagia y, cuando sucede, hace que de verdad merezca la pena.


