A EmancipaTIC llegué por azar, que es una forma particular de entrar en un proyecto de acompañamiento, pero desde el primer momento sentí gran EmpatIA, que casualmente es el nombre de su proyecto de acompañamiento digital a personas mayores, y desde ahí se ve algo que veinte años de ejercicio no me habían enseñado, o al menos no de una forma tan clara: en estos proyectos la letra pequeña no es un trámite, no son cláusulas genéricas, es AutonomIA escrita en un idioma que casi nadie lee.
Cuando la tecnología nos deja fuera de la conversación
Lo esencial en este aspecto lo había aprendido mucho antes, y no en un despacho, sino en mi propia familia.
Mi tía Seni tenía un móvil reciclado de alguno de mis primos. El dispositivo era pequeño, con teclas y tapa y, por supuesto, sin internet. En las comidas de familia llegaba un momento en que la conversación se apagaba sola: uno con el partido, otra con un mensaje, otro enseñando un vídeo… Entonces ella sacaba su teléfono, lo sostenía delante de la cara y nos imitaba haciendo como que tecleaba en el aire. Nos reíamos muchísimo. Nos parecía un número de humor. Tardé en entender que no lo era. Nos estaba diciendo, como mejor supo, que la habíamos dejado fuera de la conversación y que no sabía cómo volver a entrar.
Si alguien quiere entender ahora, en hora y media, de qué hablamos cuando hablamos del mundo de la exclusión digital, le recomiendo que vea la película El peor vecino del mundo. Tom Hanks interpreta a Otto, un viudo maniático y entrañable a su pesar, que compra una cuerda en una ferretería y descubre que la cajera le ha cobrado de más: treinta y tres centavos. Hace la cuenta en voz alta. Tiene razón, y la dependienta lo sabe, pero el programa informático del ordenador de la caja no admite corrección, y Otto acaba preguntando qué clase de ordenador no sabe hacer una suma. Se marcha humillado por una máquina que se equivocó. En otra escena intenta dar de baja la luz por teléfono y termina gritándole “¡robot, robot, robot!” a una voz grabada.
Nos reímos, claro, y al terminar la película reconocemos a nuestro padre, a nuestra vecina o a nosotros mismos dentro de veinte años.
Del derecho a desconectar al derecho a no quedar excluidos
Cuando hablamos de los derechos digitales pensamos justo en lo contrario. Hemos peleado, con razón, por el derecho a desconectarnos, a que el jefe no escriba a las once de la noche, y es valioso. Pero fíjense a quién protege: a quien ya está dentro. Su reverso ni siquiera tiene nombre. Sería el derecho a la no conexión: el de quien nunca entró y al que, aun así, se le exige estar.
Porque incluir no es hacer los trámites por alguien. La salida más habitual a la exclusión digital es hoy una suplantación cariñosa: el hijo o la vecina que se quedan con tus claves y entran por ti “para ayudarte”. Te quedas sin saber qué se ha pedido en tu nombre y sin lo único que estaba en juego: decidir. Tu autonomía.
Participar no es figurar dado de alta en una plataforma, sino poder elegir, equivocarte y preguntar dos veces sin que te traten como si preguntar fuera un defecto.
Las leyes lo intuyen a medias, en piezas sueltas: con carácter general, las personas físicas pueden elegir no relacionarse con la Administración por internet, y la normativa de atención a la clientela prohíbe que los sistemas automáticos sean el único medio de atención en los servicios a los que se aplica.
La autonomía como principio de la inclusión digital
Mi tía no pedía un teléfono mejor. Pedía que siguiéramos hablando con ella. La tuve conmigo mucho tiempo y la echo muchísimo de menos. A veces me pregunto cómo se las habría arreglado con todo esto y, sobre todo, si habría conversado con EmpatIA. Me la imagino contestándole con retranca y poniéndola a prueba como nos ponía a prueba a nosotros. Y me imagino alguna tarde en que le hubiera contado algo que a nosotros no nos contaba porque estábamos mirando el móvil. No habría sustituido a nadie, pero habría estado ahí, y habría sido ella quien decidiera cuándo encenderla y cuándo no.
Eso es todo lo que hay que defender: no obligar a nadie a conectarse, sino que nadie quede fuera por no hacerlo. Ni de los trámites ni de la mesa.
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