Cruz Roja es el resultado combinado de una convicción y una elección. La convicción de que la persona es un fin en sí misma, está dotada de dignidad y merece ser respetada, teniendo no sólo el derecho a vivir, sino también a hacerlo en condiciones en que dicha dignidad no se vea mermada. Y la elección de actuar, y de hacerlo humanamente, frente a su dolor. Así ha sido durante más de 160 años
En Las ciudades invisibles, al final de su relato, Marco Polo señalaba a Gran Kan lo siguiente: “El infierno de los vivos no es algo por venir: hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.
No son pocos los infiernos que una mirada rápida a nuestro entorno nos revela.
A diario, millones de personas enfrentan travesías inhumanas para seguir viviendo y, enterradas sus historias bajo abrumadoras cifras y eufemismos, encuentran a menudo, frente a su infortunio, insensibilidad o indiferencia.
A diario, millones de personas viven con la incertidumbre de si el día que amanece será el último, de si habrá algún sitio al que volver, si logran sobrevivir a la guerra. Pese a que vemos sólo las
atrocidades de unos pocos, más de 120 conflictos siguen sembrando miseria en rincones del mundo cuyo nombre no sabemos.
A diario, millones de personas sufren los efectos de un clima que amenaza la existencia misma. Que arrasa todo a su paso con lluvias torrenciales, que anula con sequías la fuerza de la tierra para sostener la vida, que arrebata a muchos la nada que tenían.
Hay más. A diario, millones de personas se sienten solas. O se ven resignadas a vivir en la exclusión. O son derrotadas, finalmente, en su esfuerzo por sobrevivir
En mitad de todos ellos, sin embargo, hay lugar para la esperanza. Porque también a diario, millones de personas eligen ser acogida para quien llega, ser consuelo para quien pierde todo, ser asistencia en mitad de la violencia… Así fue como nació Cruz Roja, buscando ser, en mitad de la guerra, un símbolo de protección y ayuda.
Siguiendo la naturaleza universal del sufrimiento, la acción de la Cruz Roja no se detuvo en el conflicto. Al contrario; aprovechando la paz expandió sus horizontes. Jean Pictet, jurista suizo y miembro destacado del Comité Internacional, lo contaba así:
Todos conocemos el sufrimiento, ese viejo e íntimo enemigo del hombre; nos acompaña desde la cuna, como una sombra (…) En otro tiempo, se admitía la miseria -sobre todo la de los demás- con resignación (…) Hoy, ciertamente, la cantidad de sufrimientos que se abate sobre el mundo no ha disminuido y crece, incluso, en algunas zonas. Pero el sentido de la solidaridad se ha desarrollado y se siente mejor el deber de combatir la calamidad allí donde se manifieste y por desproporcionados que sean los medios. El principio de humanidad asigna aquí a la Cruz Roja su trabajo en tiempo de guerra -vocación primera y esencial- y también en tiempo de paz. Ordena su obra de asistencia material, médica o social, tanto a nivel nacional como a nivel internacional. No se refiere solamente a los dolores físicos, sino también a los dolores morales (…) es válido, sea cual fuere la causa del sufrimiento: se deba al desencadenamiento de fuerzas naturales, a la insuficiencia de las condiciones de existencia, al descuido o a la malignidad humana.
Cruz Roja es el resultado combinado de una convicción y una elección. La convicción de que la persona es un fin en sí misma, está dotada de dignidad y merece ser respetada, teniendo no sólo el derecho a vivir, sino también a hacerlo en condiciones en que dicha dignidad no se vea mermada. Y la elección de actuar, y de hacerlo humanamente, frente a su dolor. Así ha sido durante
más de 160 años.
Hoy, sin embargo, observamos consternados la normalización de discursos que cuestionan la dignidad de los otros, que despojan a quien sufre de su condición humana, que incitan a la indiferencia frente a sus padecimientos o que exigen, sin pudor, la inacción frente a los mismos. Narrativas que aprovechando la oscuridad en la que nos sumergen las desgracias, en lugar de serenidad inoculan furia, siembran desasosiego. Utilizan para ello argumentos vergonzosos a la decencia, cuando no directamente falsos. Alientan la polarización; cuestionan el derecho y el deber de socorro.
Frente a ello, es necesario volver a recordar la importancia de reivindicar la humanidad y el humanitarismo. La humanidad, volviendo a Pictet, como el sentimiento o la actitud de quien se muestra humano; el sentimiento de benevolencia activa para con los hombres. El humanitarismo, por su parte, como la extensión universal de la actitud de humanidad que busca, no solo luchar contra el sufrimiento del momento, sino también conquistar, para el mayor número posible, tanta felicidad como se pueda.
Al reivindicar lo humanitario, no lo hacemos sobre algo que afecta a unos y que es ajeno a otros. Lo humanitario habla de todas y de todos. Es universal. Nos iguala. Tiene, además, vocación de perennidad. No es coyuntural, porque asume que la posibilidad de sufrimiento tampoco lo es. Al contrario, acecha, escondida, tras inesperados giros del destino.
Cuestionar el deber de socorro, condicionarlo no al grado de sufrimiento y de necesidad, sino a quién reciba la ayuda o a dónde esta se dirija, es cuestionar el principio de humanidad en sí mismo y con él, el derecho a ser ayudados. Y entendámoslo bien: al cuestionar el derecho a ser ayudados no hablamos del derecho de los otros, sino del de todos. Nuestro propio derecho en sí, a ser socorridos mañana cuando lo necesitemos, es el que negamos.
Porque si aceptamos hoy que el sufrimiento no es común, que no nos iguala como personas, y aceptamos parcelar para establecer la legitimidad de su respuesta, aceptamos el riesgo de que alguien, algún día, encuentre una categoría, una parcela, en la que nosotros no encajemos.
Una vida sin humanidad, desprovista de ese sentimiento de benevolencia activa hacia los otros es posible, sin duda. Lamentablemente no faltan evidencias. Pero no es la vida que elegimos. No es la forma de existencia con la que nos conformamos. No nació para eso la Cruz Roja. Recurriendo ahora a Blondel:
La acción de la Cruz Roja, y de otros muchos, es esta lucha contra el nihilismo y el derrotismo, ese rechazo de la violencia, ese respeto por el semejante y ese compromiso de prestarle la asistencia y el socorro que necesita. A la universalidad del sufrimiento corresponde la universalidad de la acción humanitaria (…) El concepto de humanidad implica la unidad del ser humano, su universalidad y solidaridad.
Son muchos los infiernos de los vivos. Y frente a ellos se presenta la bifurcación que anunciamos al principio ¿Qué elegimos?
Nosotros, Cruz Roja, aferrarnos a la humanidad; porque en ella encontramos lo que, en medio del infierno, no es infierno. Aferrarnos al principio de humanidad, y hacer que dure, que perdure… y dejarle espacio.


