Con motivo del Día Mundial de las Personas Refugiadas, conviene detenernos en una idea sencilla, pero decisiva: ante desafíos tan complejos, ninguna organización puede generar por sí sola un impacto verdaderamente significativo y sostenible.
El desplazamiento forzoso sigue siendo una de las grandes urgencias de nuestro tiempo. Según ACNUR, en su último informe, hay 118 millones de personas desplazadas por la fuerza en el mundo; una cifra que prácticamente duplica a la de hace una década y que vuelve a recordarnos la magnitud del reto y la necesidad de respuestas coordinadas y duraderas.
Detrás de estos datos hay trayectorias vitales interrumpidas. Personas adultas, niños y niñas que han tenido que dejar su hogar, su entorno y también la escuela. Por eso, cuando hablamos de educación en contextos de refugio, no hablamos solo de aprendizaje. Hablamos de protección, estabilidad y futuro. La educación ofrece a la infancia desplazada un entorno seguro, refuerza su resiliencia y abre oportunidades para reconstruir su vida.
En este contexto, el papel de las empresas consiste en acompañar la labor de las organizaciones humanitarias, reforzar su capacidad de actuación, movilizar recursos, talento y conocimiento, y contribuir junto a otros actores a construir oportunidades de futuro. Ahí es donde las alianzas cobran todo su valor. En Deloitte lo hemos comprobado a lo largo de los años: para que un proyecto social sea verdaderamente viable y sostenible, necesita apoyarse en organizaciones expertas que aporten conocimiento del contexto, experiencia técnica y capacidad de ejecución sobre el terreno.
Lo vemos en Camerún, donde el programa de ACNUR que apoya Deloitte responde a una necesidad especialmente urgente. El país acoge a más de 400.000 personas refugiadas, cerca de 20.000 solicitantes de asilo y más de un millón de desplazados internos. Más de la mitad de la población refugiada son niños y niñas, pero solo el 27% de los casi 200.000 menores refugiados en edad escolar recibe formación reglada y más de 159.000 siguen fuera del sistema educativo.
Cuando un niño refugiado no puede ejercer su derecho a una educación de calidad, no solo ve frenado su aprendizaje; también pierde un espacio clave de protección, estabilidad y desarrollo personal, quedando así expuestos a riesgos como trabajo, explotación e incluso matrimonio infantil, situaciones que serán determinantes en su desarrollo. Y esta pérdida no afecta solo a la infancia, también limita el desarrollo de los países, porque la educación impulsa el empleo, la productividad, la cohesión social y el progreso. Porque cada año extra de escolarización se asocia con un incremento cercano al 9% en ingresos futuros.
Ahí es donde el proyecto que apoyamos con ACNUR en Camerún cobra todo su sentido. A través de Primary Impact, contribuimos a que más niños y niñas refugiados puedan acceder a la escuela y permanecer en ella en mejores condiciones: con uniformes y material escolar para 1.000 alumnos, 1.000 pupitres y sillas que benefician, al menos a 5.000 alumnos y alumnas por curso, e incentivos a 32 docentes y formación para 137 profesores, con un alcance estimado de 9.600 niños y niñas.
Esta colaboración encaja en la estrategia de Deloitte España, que apuesta por alianzas con organizaciones líderes en programas de educación y empleo en España. Este proyecto parte de una convicción muy clara: invertir en educación y en habilidades es invertir en futuro y ese futuro puede construirse cuando las empresas colaboran con entidades sociales especializadas, capaces de identificar necesidades reales, invertir con rigor y generar un impacto duradero.
La acción social empresarial cobra todo su sentido cuando pasa de la ayuda puntual a la colaboración estratégica. En nuestro caso, a través de alianzas que ofrecen oportunidades y futuro a través de la educación, como la que tenemos con ACNUR y recordamos hoy en el Día Mundial de las Personas Refugiadas.


