En un contexto marcado por la incertidumbre es cada vez más difícil hablar del futuro sin que la conversación quede dominada por el catastrofismo. Y, aunque muchos de nuestros temores están justificados, creo que merece la pena preguntarnos qué ocurre cuando perdemos la confianza en nuestra capacidad para transformar la realidad.
Con motivo del Día Internacional contra el Cambio Climático, quiero compartir dos reflexiones que tienen mucho que ver con mi manera de entender la sostenibilidad: la importancia de afrontar el desafío climático sin perder el sentido de futuro y las oportunidades que ofrece la economía circular para reducir el impacto ambiental de la movilidad. Dos ideas conectadas por una misma convicción: avanzar exige reconocer los problemas, pero también confiar en nuestra capacidad para encontrar soluciones.
Esto no significa dejar de lado el realismo. El tiempo apremia y necesitamos actuar: el impacto de las actividades humanas en el calentamiento global es más que evidente y nos exige compromisos urgentes para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero me cuesta encontrar utilidad en una conversación que presenta el futuro como una catástrofe inevitable o interpreta cualquier cuestionamiento de una solución como una falta de compromiso ambiental.
Reconocer la gravedad de un desafío nunca debería llevarnos a asumir que no podemos hacer nada para resolverlo. Al contrario, debería animarnos a explorar las alternativas que tenemos a nuestro alcance. Así lo entiende la investigadora Hannah Ritchie, autora de ‘No es el fin del mundo’, quien propone un enfoque basado en datos y optimismo pragmático. Su planteamiento apuesta por soluciones tecnológicas y estructurales de gran escala que ya están demostrando su eficacia, sin considerar el decrecimiento económico una condición necesaria para alcanzar la sostenibilidad.
Entre ellas, Ritchie destaca el despliegue de energías renovables, la electrificación del transporte y el desarrollo de baterías cada vez más eficientes y asequibles —cuyo coste se ha reducido más de un 99% en las últimas tres décadas—. También señala el papel de la innovación para reducir la dependencia de minerales críticos y las oportunidades del reciclaje y la recuperación de materiales para aprovechar mejor los recursos y avanzar hacia una economía más circular. Porque la economía circular es una oportunidad para demostrar que podemos hacerlo mejor con lo que ya tenemos.
Mirar más allá de las emisiones
La electrificación es una palanca fundamental para avanzar en la descarbonización, pero no es la única. También importa cómo fabricamos los vehículos, cuánto tiempo y de qué manera los utilizamos, cómo los mantenemos y qué hacemos con sus componentes y materiales cuando dejan de responder a nuestras necesidades.
Por eso, necesitamos ampliar la mirada más allá de las emisiones durante la circulación y considerar el impacto de los vehículos a lo largo de toda su vida útil. La economía circular ofrece oportunidades en cada una de estas etapas: reparar en lugar de sustituir, reacondicionar vehículos, reutilizar componentes o recuperar materiales permite aprovechar mejor los recursos y reducir la necesidad de fabricar nuevos productos y extraer materias primas.
Son soluciones cuyo beneficio ambiental y económico depende de cómo se apliquen, pero que merecen ocupar un lugar más relevante en las estrategias de movilidad. Y los datos nos ayudan a entender por qué.
Según el Panel Internacional de Recursos de Naciones Unidas, mejorar la eficiencia en el uso de materiales y vehículos podría reducir hasta un 70% las emisiones asociadas al ciclo de materiales de los turismos del G7 en 2050. Además, prolongar su vida útil y reutilizar componentes permitiría reducirlas entre un 5% y un 13% adicional. Aunque son proyecciones sectoriales, ambas cifras muestran el potencial de la economía circular para reducir el impacto ambiental del automóvil.
El siguiente paso es trasladar ese potencial a decisiones concretas. Modelos como el multi-cycle leasing, por ejemplo, permiten dar sucesivos ciclos de uso a un mismo vehículo mediante nuevos contratos, aprovechando mejor los recursos. El reacondicionamiento, la reparación y la reutilización de componentes también contribuyen a esta lógica, siempre que se garanticen la calidad y la seguridad.
Ahora bien, apostar por la circularidad no significa que prolongar la vida de un vehículo sea siempre la mejor decisión ambiental. Su consumo y las emisiones asociadas a su utilización también importan, especialmente cuando existen alternativas más eficientes o electrificadas. Por eso, circularidad y electrificación deben entenderse como estrategias complementarias, evaluando en cada caso las emisiones futuras de uso, las asociadas a fabricar un vehículo nuevo y las condiciones reales de utilización.
Necesitamos más que buenas intenciones
Para las empresas, esta visión integral tiene además un importante valor estratégico. Un mantenimiento bien planificado, el reacondicionamiento y una gestión adecuada de los ciclos de utilización pueden contribuir a preservar el valor de los activos, controlar costes y mejorar la eficiencia de las flotas. Incorporar estos factores a las decisiones de movilidad permite conectar los objetivos de descarbonización con la productividad y la competitividad, teniendo en cuenta el coste total de uso y las necesidades reales de cada actividad.
Sin embargo, para que estas oportunidades se conviertan en avances reales necesitamos algo más que buenas intenciones: necesitamos resultados que podamos medir y acreditar. Saber qué recursos recuperamos, qué emisiones conseguimos reducir y qué beneficios económicos generan nuestras decisiones es fundamental para identificar lo que funciona y seguir mejorando.
Al fin y al cabo, para recuperar el sentido de futuro necesitamos tener la certeza de que seguimos con margen para actuar. Por eso, creo que la economía circular merece ocupar un lugar mucho más relevante en la conversación sobre la movilidad: con ella no confiamos en que el futuro será mejor por sí solo, sino que demostramos que es posible construirlo con lo que tenemos a nuestro alcance, tomando decisiones más inteligentes a lo largo del ciclo de vida de los vehículos.


