La Presidenta del Observatorio de Arquitectura Saludable (OAS), Rita Gasalla, defiende que la salud debe convertirse en un criterio esencial desde las primeras fases de cualquier proyecto arquitectónico y mantenerse durante todo el ciclo de vida de los edificios. Con motivo del III Congreso Nacional de Arquitectura Saludable, Gasalla analiza los retos del sector para avanzar hacia espacios que favorezcan el bienestar físico, mental y social, destaca la importancia de medir su impacto con indicadores rigurosos y reclama mayor colaboración entre administraciones, empresas y profesionales para convertir los entornos construidos en verdaderos aliados de la salud.
- El III Congreso Nacional de Arquitectura Saludable pone el foco en la relación entre los espacios construidos y el bienestar de las personas. ¿Cuáles considera que son los principales retos para integrar la salud como un criterio estratégico en el diseño, la construcción y la gestión de edificios y ciudades?
- La colaboración entre administraciones, empresas, profesionales y sociedad civil es clave para avanzar hacia entornos más saludables. ¿Qué ejemplos de alianzas o buenas prácticas destacaría y qué papel desempeña este Congreso para impulsar ese trabajo conjunto?
- Cada vez existe una mayor evidencia sobre el impacto de factores como la calidad del aire interior, la iluminación, los materiales o el confort acústico en la salud. ¿Cómo puede el sector acelerar la incorporación de estos criterios en los proyectos sin que se perciban como un coste añadido, sino como una inversión de valor?
- Desde la perspectiva de la responsabilidad social y la sostenibilidad, ¿qué indicadores deberían utilizarse para medir el éxito de una arquitectura verdaderamente saludable y cómo pueden las organizaciones comunicar ese impacto de forma transparente?
- Si tuviera que trasladar un mensaje a los profesionales, empresas y responsables públicos que seguirán las conclusiones del III Congreso Nacional de Arquitectura Saludable a través de Corresponsables, ¿cuál sería la principal llamada a la acción para acelerar la transformación hacia entornos más saludables, inclusivos y sostenibles?
El III Congreso Nacional de Arquitectura Saludable pone el foco en la relación entre los espacios construidos y el bienestar de las personas. ¿Cuáles considera que son los principales retos para integrar la salud como un criterio estratégico en el diseño, la construcción y la gestión de edificios y ciudades?
Durante décadas hemos diseñado los edificios pensando, sobre todo, en la estética, la funcionalidad, la seguridad y en la eficiencia energética. Hoy la evidencia científica es clara: los espacios cerrados en los que pasamos de promedio el 90% de nuestras vidas, tienen un impacto directo sobre nuestra salud física, mental, emocional y social.
El principal reto es convertir la salud en un criterio esencial de decisión desde las primeras fases del proyecto, y mantenerlo durante la construcción y todo el ciclo de vida del edificio. Desde el OAS defendemos que esto exige incorporar evidencia científica, indicadores medibles y una colaboración real entre arquitectos, ingenieros, profesionales sanitarios, administraciones y empresas.
En definitiva, el bienestar de las personas depende en gran medida de los espacios que habitan. Si aspiramos a una sociedad más saludable, tenemos que empezar por diseñar, construir y gestionar entornos que cuiden a quienes los usan cada día, que mejoren su calidad de vida, su rendimiento y su bienestar.
La colaboración entre administraciones, empresas, profesionales y sociedad civil es clave para avanzar hacia entornos más saludables. ¿Qué ejemplos de alianzas o buenas prácticas destacaría y qué papel desempeña este Congreso para impulsar ese trabajo conjunto?
La arquitectura saludable solo avanza desde la colaboración. En el Observatorio reunimos a administraciones públicas, universidades, colegios profesionales, empresas, investigadores, arquitectos, médicos y profesionales de múltiples disciplinas, porque los grandes retos exigen soluciones compartidas.
El Congreso es exactamente ese punto de encuentro: Además de compartir conocimiento, impulsa proyectos de investigación, traslada evidencia científica a la práctica profesional, contribuye a generar alianzas y a mejorar las políticas públicas. Un buen ejemplo es sentar en la misma mesa a médicos y arquitectos: los primeros aportan el conocimiento sobre los factores ambientales que afectan a la salud, y los segundos traducen esa evidencia en decisiones de diseño.
Nuestro objetivo es que el Congreso sea el origen de iniciativas que sigan desarrollándose mucho después de que termine el evento.
Cada vez existe una mayor evidencia sobre el impacto de factores como la calidad del aire interior, la iluminación, los materiales o el confort acústico en la salud. ¿Cómo puede el sector acelerar la incorporación de estos criterios en los proyectos sin que se perciban como un coste añadido, sino como una inversión de valor?
El gran reto es dejar de ver estos criterios como un sobrecoste y empezar a entenderlos como una inversión. En muchos casos ni siquiera exigen más presupuesto, sino tomar mejores decisiones desde el inicio del proyecto: la orientación adecuada para cada uso, adoptar criterios de protección solar, abrir huecos amplios que dejen entrar la luz natural, usar materiales saludables, diseñar para todo el ciclo de vida de las personas o una escalera visible y atractiva que invite a moverse pueden tener un enorme impacto en la salud sin encarecer la obra.
Otros aspectos clave para la salud, como son asegurar la calidad del aire interior o el confort acústico, sí tienen impacto presupuestario en la obra, pero tiene un claro retorno por su impacto en la salud, el bienestar y en las capacidades cognitivas de las personas.
Es, en buena medida, una cuestión de elegir bien, como ocurre con la alimentación: por un precio similar podemos optar por un producto ultraprocesado o por verdura, y el efecto sobre nuestra salud es muy distinto, aunque el coste sea prácticamente el mismo. En arquitectura sucede algo parecido: con el mismo presupuesto, una decisión puede favorecer el bienestar de las personas y otra puede perjudicarlo.
Desde el Observatorio defendemos la arquitectura como una forma de medicina preventiva. Igual que promovemos hábitos saludables para prevenir enfermedades, podemos diseñar edificios y ciudades que contribuyan a prevenir el sedentarismo y la soledad no deseada y favorezcan el contacto con la naturaleza, el sueño, el rendimiento y el bienestar físico, mental y emocional.
Y cuando analizamos el ciclo de vida completo del edificio, la ecuación es clara: los espacios saludables reducen el absentismo, mejoran la productividad y el aprendizaje, aumentan el confort, revalorizan los activos inmobiliarios y alivian la presión sobre el sistema sanitario. Invertir en arquitectura saludable no es un gasto añadido, es generar un mayor retorno social, económico y ambiental.
Desde la perspectiva de la responsabilidad social y la sostenibilidad, ¿qué indicadores deberían utilizarse para medir el éxito de una arquitectura verdaderamente saludable y cómo pueden las organizaciones comunicar ese impacto de forma transparente?
Necesitamos indicadores tan rigurosos como los que ya usamos para medir la eficiencia energética o la sostenibilidad medioambiental, pero centrados en las personas. Desde el OAS trabajamos con métricas agrupadas en dos bloques: calidad del ambiente interior (aire, luz, acústica, temperatura, humedad, materiales, agua y radiaciones), y el diseño que favorece la salud, el bienestar psicosocial y el confort percibido por los usuarios a través de la neuroarquitectura, la accesibilidad, la seguridad y la arquitectura de elección que promueve la movilidad y la interacción social.
A estos añadimos indicadores de impacto. Por ejemplo, en oficinas, que es mi especialidad, medimos la reducción del absentismo laboral, la mejora de la productividad, la satisfacción y retención del talento o la valoración del inmueble. La clave está en que estos datos se recojan de forma sistemática, antes y después de intervenir en un edificio, para poder demostrar con evidencia que la arquitectura saludable genera un retorno real y medible, tanto para las personas como para las organizaciones que invierten en ella.
En cuanto a la comunicación de ese impacto, mi recomendación es la misma que aplicamos a la sostenibilidad ambiental: reportarlo con la misma rigurosidad y periodicidad que cualquier otro indicador de gestión, no solo en la memoria de RSC, sino integrado en los indicadores de desempeño de la organización. Esto significa publicar metodología y datos comparables antes y después de la intervención, evitar el «wellwashing» —hablar de bienestar sin evidencia detrás— y someter esos indicadores a verificación externa si es posible. Solo así la arquitectura saludable deja de ser un argumento de marketing y se convierte en un compromiso verificable, tan exigente como el que ya aplicamos a la huella de carbono o a la eficiencia energética.
Si tuviera que trasladar un mensaje a los profesionales, empresas y responsables públicos que seguirán las conclusiones del III Congreso Nacional de Arquitectura Saludable a través de Corresponsables, ¿cuál sería la principal llamada a la acción para acelerar la transformación hacia entornos más saludables, inclusivos y sostenibles?
La salud debe convertirse en un objetivo compartido por todo el sector. La arquitectura no termina cuando finaliza la obra: su verdadero éxito se mide por cómo mejora, día a día, la vida de las personas que habitan y usan esos espacios.
Tenemos el conocimiento, la tecnología y la evidencia científica necesarios para dar ese paso. Lo que ahora necesitamos es liderazgo, colaboración y compromiso para incorporar la salud como un criterio transversal en todas las decisiones relacionadas con el entorno construido, desde la administración pública hasta la empresa privada, pasando por todos los profesionales que intervenimos en un proyecto.
Mi llamada a la acción es concreta: que cada proyecto y cada decisión sobre un edificio o un espacio urbano incorpore la salud como criterio de diseño desde el primer día, con indicadores medibles respaldados por la evidencia científica.
Es una cuestión de responsabilidad y de rentabilidad social, económica y ambiental. Porque diseñar o rehabilitar un edificio, regenerar un barrio o diseñar una ciudad debería significar diseñar un futuro en el que se cuide a las personas.
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