Goparity nació con la convicción de que las finanzas pueden ser una herramienta para generar impacto positivo. La plataforma defiende que el dinero “no es neutro” y que, incluso cuando parece parado, está financiando actividades que pueden estar —o no— alineadas con los valores de las personas y organizaciones.
- Goparity nace con la idea de que las finanzas pueden ser una herramienta para generar impacto positivo. ¿Cómo explicaríais vuestra razón de ser y el papel que queréis jugar dentro de la inversión sostenible?
- En un contexto en el que cada vez más personas quieren saber qué ocurre con su dinero, ¿cómo está cambiando la relación entre ahorro, inversión e impacto social y ambiental?
- Goparity permite a la ciudadanía financiar proyectos sostenibles de forma directa. ¿Qué valor aporta este modelo de crowdlending frente a otras fórmulas tradicionales de financiación?
- Antes de lanzar un proyecto, realizáis un análisis del riesgo y una evaluación de impacto. ¿Qué criterios son imprescindibles para decidir qué proyectos pueden formar parte de la plataforma?
- Uno de los retos de la inversión de impacto es equilibrar rentabilidad financiera e impacto positivo. ¿Cómo gestionáis esa doble expectativa por parte de inversores y promotores de proyectos?
- ¿Qué tipo de proyectos suelen generar mayor interés entre vuestra comunidad inversora y qué nos dice eso sobre las nuevas sensibilidades sociales y ambientales?
- La transparencia es clave para generar confianza en el sector financiero. ¿Cómo garantizáis que los inversores puedan entender, seguir y medir el impacto real de sus decisiones?
- Goparity vincula la inversión a resultados medibles, como generación de energía limpia, empleo o emisiones de CO₂ evitadas. ¿Qué importancia tiene convertir el impacto en datos comprensibles para la ciudadanía?
- ¿Cómo puede la inversión de impacto ayudar a pequeñas empresas, entidades sociales o proyectos locales que quizá no acceden fácilmente a la financiación convencional?
- En un momento de creciente regulación y atención sobre el greenwashing, ¿qué aprendizajes habéis extraído sobre la importancia de comunicar el impacto de forma rigurosa y creíble?
- ¿Qué papel pueden jugar las plataformas como Goparity para democratizar las finanzas sostenibles y acercarlas a perfiles que hasta ahora se sentían alejados del mundo inversor?
- Mirando al futuro, ¿qué retos debe superar la inversión de impacto para consolidarse como una palanca real de transformación económica, social y ambiental?
En esta entrevista, Goparity explica cómo el crowdlending permite democratizar la inversión sostenible, conectar capital con proyectos de impacto social y ambiental, y avanzar hacia un modelo financiero más transparente. “La transparencia no es una opción de comunicación, es la base de la confianza”, subrayan.
Goparity nace con la idea de que las finanzas pueden ser una herramienta para generar impacto positivo. ¿Cómo explicaríais vuestra razón de ser y el papel que queréis jugar dentro de la inversión sostenible?
Nuestra razón de ser parte de una idea muy simple: el dinero no es neutro. Incluso cuando parece parado, está financiando algo. La pregunta es si sabemos qué está financiando y si eso está alineado con el mundo que queremos ayudar a construir. En Goparity creemos que hay demasiado capital mal dirigido. Nuestra plataforma existe para que personas y organizaciones puedan alinear su dinero con lo que realmente les importa. Eso significa ofrecer oportunidades de inversión transparentes, éticas y comprensibles, con una rentabilidad financiera justa, y al mismo tiempo abrir acceso a financiación para proyectos sostenibles que necesitan capital para crecer, operar o escalar su impacto. Nuestro papel dentro de la inversión sostenible es hacerla más cotidiana, más directa y más accesible. Lo que intentamos construir es una plataforma donde cualquiera pueda invertir en proyectos con un impacto medible, obteniendo un retorno financiero justo y conociendo exactamente qué se está financiando. No como filantropía, sino como una forma más inteligente e íntegra de usar el capital.
En un contexto en el que cada vez más personas quieren saber qué ocurre con su dinero, ¿cómo está cambiando la relación entre ahorro, inversión e impacto social y ambiental?
Durante mucho tiempo, el ahorro se entendió sobre todo como una forma de seguridad personal, y la inversión como una forma de buscar rentabilidad. Eso sigue siendo importante, pero cada vez más personas añaden una pregunta nueva: ¿qué impacto tiene mi dinero mientras está ahorrado o invertido? Ese cambio es muy profundo. Ya no hablamos solo de consumir de forma responsable, sino también de financiar de forma responsable. Las personas quieren saber si su dinero está contribuyendo a la transición energética, a la inclusión laboral, a la agricultura sostenible, a proyectos locales o a soluciones reales frente a retos ambientales y sociales. También quieren saber si, por el contrario, su dinero puede estar sosteniendo industrias o actividades con las que no se sienten alineadas, como la fabricación de armas, la extracción y explotación de combustibles fósiles o determinados modelos agroindustriales que provocan la deforestación. En ese sentido, ahorro, inversión e impacto empiezan a formar parte de una misma conversación. Está cambiando de forma sostenida, y los datos lo confirman.
En 2025, la inversión de impacto creció un 11% en activos bajo gestión, acumulando un 21% en los últimos seis años. Cada vez más personas quieren saber qué financia su banco, qué hay detrás de sus fondos y/o a adónde va su dinero cuando no lo están usando. Lo que me parece más interesante no es solo el crecimiento en volumen, sino el cambio de enfoque. Antes la pregunta era «¿cuánto puedo ganar?». Ahora, cada vez más, es «¿qué está construyendo este dinero?». Ese cambio de perspectiva es, creo, más profundo y más duradero que cualquier tendencia de mercado. Este cambio es visible no solo en plataformas como Goparity, sino en el conjunto del ecosistema de las finanzas sostenibles. Green-Got, el neobanco climático francés, acaba de cerrar una ronda de equity crowdfunding de 8 millones de euros en solo 52 minutos, con más de 5.000 personas participando como accionistas. Son señales de que la demanda existe, es real y está creciendo.
Goparity permite a la ciudadanía financiar proyectos sostenibles de forma directa. ¿Qué valor aporta este modelo de crowdlending frente a otras fórmulas tradicionales de financiación?
El crowdlending conecta de forma directa y pública a quienes quieren invertir con los proyectos que necesitan financiación. Es accesible, transparente y sencillo: cualquier persona puede ver exactamente en qué proyecto está poniendo su dinero, cuál es el riesgo, cuál es el retorno esperado y cuál es el impacto previsto. Para los inversores, esto aporta transparencia, proximidad y capacidad de decisión. Pueden empezar con cantidades pequeñas, diversificar entre distintos proyectos, seguir los pagos, los intereses recibidos y el impacto generado. Pero quizás lo más relevante es lo que ocurre en el lado del promotor. Hay proyectos con valor social y ambiental real que no encajan en los modelos de riesgo convencionales, no porque sean malos proyectos, sino porque el sistema no sabe cómo valorar su impacto. El crowdfunding, a través de deuda (crowdlending) o participaciones sociales (crowdequity), abre una vía de financiación para esos proyectos. Y además de capital, acceden a algo que ningún banco puede ofrecer: una comunidad amplia de personas con valores afines que sigue su trabajo, lo apoya y en muchos casos acaba convirtiéndose en su clientela.
Antes de lanzar un proyecto, realizáis un análisis del riesgo y una evaluación de impacto. ¿Qué criterios son imprescindibles para decidir qué proyectos pueden formar parte de la plataforma?
Para que un proyecto forme parte de la plataforma, tiene que cumplir dos condiciones fundamentales: debe tener un impacto positivo claro y debe ser financieramente viable. Una buena intención no basta. Un proyecto tiene que ser viable económicamente, con capacidad demostrada de generar los ingresos necesarios para devolver el capital, y al mismo tiempo tiene que contribuir de forma clara y medible a al menos uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Al mismo tiempo, necesitamos entender si el proyecto tiene capacidad de ejecución, si el promotor puede cumplir con sus compromisos, qué riesgos existen y qué condiciones deben cumplirse para que el préstamo sea sostenible, tanto en términos financieros como de impacto. En la parte de impacto, analizamos la capacidad del proyecto para generar resultados sociales o ambientales concretos. Nuestro marco actual organiza ese análisis en áreas como energía sostenible, economía azul, sistemas agroalimentarios, economía verde y economía social. Eso nos ayuda a mirar no solo la actividad financiada, sino también el cambio que puede generar: energía limpia, emisiones evitadas, empleo, gestión sostenible de recursos, acceso a servicios esenciales o mejora de ingresos para pequeños productores. En la parte financiera, revisamos el promotor, su historial, su modelo de negocio, su capacidad de repago, la estructura del préstamo, los plazos, las posibles garantías y la viabilidad operativa del proyecto. El análisis no elimina el riesgo, pero nos permite presentarlo mejor, tomar decisiones más responsables y asegurar que la intención de impacto está acompañada de rigor.
Uno de los retos de la inversión de impacto es equilibrar rentabilidad financiera e impacto positivo. ¿Cómo gestionáis esa doble expectativa por parte de inversores y promotores de proyectos?
La gestionamos siendo claros desde el principio: impacto y rentabilidad no son lo mismo, pero deben dialogar entre sí. Un proyecto puede tener un impacto muy relevante, pero si el riesgo no está bien explicado o si las condiciones financieras no son sostenibles, la confianza se debilita. Con los inversores, buscamos que la decisión sea consciente. Por eso presentamos información sobre el tipo de interés, el plazo, el nivel de riesgo, las garantías cuando existen, el calendario de pagos y el impacto esperado. No queremos que alguien invierta solo porque una historia suena bien; queremos que entienda en qué está invirtiendo, qué puede ganar y qué riesgos asume. Con los promotores, el trabajo es encontrar condiciones que permitan ejecutar el proyecto sin poner en peligro su sostenibilidad financiera. Una financiación demasiado cara o demasiado rígida puede acabar dañando el impacto que quería generar. Por eso el equilibrio no está en maximizar una sola dimensión, sino en encontrar un compromiso razonable entre riesgo, retorno e impacto. La inversión de impacto se da cuando combinamos estas tres dimensiones.
¿Qué tipo de proyectos suelen generar mayor interés entre vuestra comunidad inversora y qué nos dice eso sobre las nuevas sensibilidades sociales y ambientales?
Los proyectos de energía sostenible suelen generar mucho interés, probablemente porque son fáciles de entender y porque su impacto se puede medir de forma directa: energía limpia generada, emisiones evitadas, ahorro energético o reducción de dependencia de fuentes más contaminantes. En nuestra cartera, la energía sostenible sigue teniendo un peso muy relevante, tanto en número de proyectos como en volumen financiado. Pero la comunidad también muestra interés por otros ámbitos: economía social, agricultura regenerativa o economía azul. Eso nos dice que la sensibilidad social y ambiental está madurando. Ya no se trata solo de “invertir en verde” de forma genérica, sino de entender que hay muchas formas de impacto. Las personas quieren saber quién está detrás del proyecto, qué problema resuelve y qué cambiará en la práctica. Cuando una inversión deja de ser abstracta, el impacto se vuelve mucho más comprensible. También observamos un interés creciente por marcas sostenibles con productos físicos con los que las personas ya tienen una relación o quieren tenerla. Cuando alguien puede invertir en una marca que ya consume o admira, la conexión entre capital e impacto se vuelve inmediata y personal. Lo hemos visto con campañas como la de Norm., marca de ropa interior menstrual sostenible, que financió la apertura de su nueva tienda en Oporto en solo 30 minutos, con 188 personas de ocho países europeos, y con decenas de personas que nos escribieron lamentando no haber llegado a tiempo. O con Banbu, marca española de cosmética limpia y vegana, cuya campaña en Goparity generó el mismo tipo de respuesta. Hay algo poderoso en poder invertir en lo que crees y además poder usarlo.
La transparencia es clave para generar confianza en el sector financiero. ¿Cómo garantizáis que los inversores puedan entender, seguir y medir el impacto real de sus decisiones?
La transparencia es uno de los pilares de Goparity. La vivimos internamente, en cómo estructuramos salarios, informamos a nuestros usuarios o reportamos resultados, algo que aplicamos también en cada oportunidad de inversión que presentamos. Cada proyecto debe explicar quién es el promotor, qué se financia, en qué condiciones, con qué riesgos, qué garantías existen cuando las hay y qué impacto se espera generar. Para nosotros, la información tiene que ser clara, basada en hechos y útil para tomar decisiones informadas. Después, la transparencia continúa durante la vida del préstamo. Los inversores pueden seguir la evolución de sus inversiones, los pagos, el capital reembolsado, los intereses recibidos y los indicadores de impacto asociados. Pero además en 2025 trabajamos con AltFinLab, una iniciativa del PNUD, para revisar nuestra teoría del cambio, mejorar las categorías de proyectos y desarrollar un marco más robusto de indicadores de sostenibilidad. Ese nuevo marco nos ayuda a distinguir mejor entre los resultados inmediatos, los cambios que genera el proyecto y el impacto real a largo plazo. Es decir, no es lo mismo medir el resultado directo de una actividad (por ejemplo, la capacidad instalada o los empleos creados) que analizar el cambio que esa actividad genera a lo largo del tiempo. Esta distinción es fundamental para evitar simplificaciones y para que los inversores comprendan con mayor claridad los efectos concretos de su inversión.
Goparity vincula la inversión a resultados medibles, como generación de energía limpia, empleo o emisiones de CO₂ evitadas. ¿Qué importancia tiene convertir el impacto en datos comprensibles para la ciudadanía?
Es fundamental, y creo que es uno de los retos más subestimados del sector. Podemos tener el mejor marco de medición del mundo, pero si los resultados solo los entienden los especialistas, hemos fallado en algo esencial. Hay que mostrar qué cambia y por qué importa, en términos que cualquier persona pueda entender. En nuestro informe de impacto traducimos los datos en métricas concretas: cuántos hogares podrían abastecerse con la energía limpia generada, cuántos árboles harían falta para absorber el CO₂ que evitamos, cuántas personas se benefician directamente de cada proyecto. Esa traducción conecta una decisión financiera individual con un resultado colectivo real, y en un sector con riesgo de greenwashing, también es nuestra forma de rendir cuentas. En nuestro último informe de impacto dimos un paso más. Mostramos, por ejemplo, que cada 1.000 euros invertidos a través de Goparity permiten impactar positivamente a 14 personas de media y evitar la emisión de 1,6 toneladas de CO₂ al año.
¿Cómo puede la inversión de impacto ayudar a pequeñas empresas, entidades sociales o proyectos locales que quizá no acceden fácilmente a la financiación convencional?
Puede ayudarles abriendo una vía alternativa de financiación, pero también de visibilidad, comunidad y aprendizaje. Muchas pequeñas empresas, entidades sociales o proyectos locales trabajan en soluciones muy necesarias, pero no siempre encajan fácilmente en los criterios de financiación convencional, porque sus modelos de negocio no están orientados exclusivamente a maximizar el beneficio ni a lograr un crecimiento rápido a corto plazo. A través del crowdlending o crowdequity, estas organizaciones pueden presentar su proyecto directamente a una comunidad de personas interesadas en financiar impacto. Eso no significa saltarse el análisis financiero, sino que implica añadir otra dimensión a la evaluación: qué aporta ese proyecto a las personas, a las comunidades y al planeta. En ambos casos, la financiación no es solo capital. También puede ser una forma de validar una solución, atraer aliados, comunicar mejor una misión y construir una comunidad alrededor de ella.
En un momento de creciente regulación y atención sobre el greenwashing, ¿qué aprendizajes habéis extraído sobre la importancia de comunicar el impacto de forma rigurosa y creíble?
El greenwashing complica profundamente lo que hacemos porque daña la confianza. En Goparity ese compromiso no es una estrategia de comunicación, está inscrito en nuestros estatutos sociales. Es parte de nuestra estructura legal. Por eso el greenwashing nos afecta especialmente: imita nuestro lenguaje, se apropia de nuestros conceptos y los devalúa. Cuando todo el mundo habla de impacto, sostenibilidad e inversión responsable, distinguir lo real de lo cosmético se vuelve más difícil para quienes quieren tomar decisiones fundamentadas. Por eso celebramos que la regulación esté aumentando el nivel de exigencia en el sector, porque eleva el estándar para todos y hace más difícil el mimetismo. Del lado de Goparity, el aprendizaje ha sido claro: la transparencia no es una opción de comunicación, es la base de la confianza. Comunicar impacto de forma rigurosa significa diferenciar entre impacto estimado e impacto confirmado, entre intención y resultado, entre una narrativa atractiva y una medición verificable.
¿Qué papel pueden jugar las plataformas como Goparity para democratizar las finanzas sostenibles y acercarlas a perfiles que hasta ahora se sentían alejados del mundo inversor?
Podemos jugar un papel importante haciendo que la inversión sostenible sea más accesible, más comprensible y más cercana. Muchas personas se sienten alejadas del mundo inversor porque lo perciben como complejo, opaco o reservado a quienes tienen mucho capital o conocimiento financiero. Si queremos democratizar las finanzas sostenibles, tenemos que reducir esas barreras sin ocultar la complejidad ni el riesgo. Esto implica permitir inversiones desde importes pequeños, explicar los proyectos con claridad, mostrar los riesgos de forma honesta, facilitar herramientas como la inversión automática, y acompañar a las personas en su aprendizaje financiero y de impacto. Democratizar no significa simplificar en exceso, sino hacer comprensible lo que antes parecía inaccesible. También significa ampliar quién participa. Nuestra comunidad ya reúne a decenas de miles de usuarios e inversores de diversas nacionalidades, pero todavía hay brechas que debemos trabajar, como la participación de mujeres en la inversión. Por eso la educación financiera y de impacto es parte central del modelo.
Mirando al futuro, ¿qué retos debe superar la inversión de impacto para consolidarse como una palanca real de transformación económica, social y ambiental?
El primer reto es la confianza. La inversión de impacto tiene que demostrar que puede generar resultados reales, medibles y comunicados con honestidad. No bastan las buenas intenciones ni las etiquetas sostenibles. Hace falta rigor, transparencia y capacidad de aprender también de los casos difíciles. El segundo reto es equilibrar escala y calidad. La brecha de financiación sostenible sigue siendo enorme, y necesitamos que mucho más capital llegue a proyectos con impacto. Pero crecer por crecer no es suficiente. La inversión de impacto solo será transformadora si mantiene el análisis, la cercanía, la protección de la comunidad inversora y la calidad del impacto. El tercer reto es la diversificación. La energía sostenible seguirá siendo esencial, pero también necesitamos financiar sistemas agroalimentarios sostenibles, economía social, economía verde, economía azul, soluciones comunitarias y modelos que permitan que más organizaciones con propósito crezcan. La integración de nuevas formas de inversión, como equity o productos más diversificados, puede ayudar a construir carteras de impacto más completas. Por último, está el reto cultural. Necesitamos dejar de ver el dinero solo como una herramienta privada de seguridad o rentabilidad, y empezar a verlo también como una herramienta colectiva de transformación. Todos financiamos algo. La pregunta es si lo hacemos de forma consciente, transparente y alineada con el futuro que queremos.
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