La historia de AICASA comenzó con productos derivados del cacao. Con el crecimiento de la empresa, sus fundadores descubrieron que una de sus principales capacidades no estaba únicamente en producir alimentos, sino en formularlos y adaptar sus equipos a procesos diferentes. Esa experiencia condujo de manera natural hacia otro campo: los alimentos fortificados.
Omar Ordóñez, socio fundador de Alimentos del Istmo Centroamericano, conocida como AICASA, explicó a Corresponsables cómo el conocimiento técnico acumulado permitió desarrollar soluciones nutricionales desde Guatemala, combinando investigación, formulación y capacidad productiva. En ese proceso surgió una idea que hoy define buena parte de su trabajo: recuperar alimentos conocidos por las comunidades y estudiar cómo mejorar su aporte nutricional.
“Tenemos muchísimas bebidas, recetas e ingredientes tradicionales que se han consumido durante generaciones, pero muchas veces se consumen por costumbre sin haber cuantificado con precisión qué están aportando”, señaló.
El objetivo es que una preparación tradicional pueda responder a requerimientos concretos de proteínas, grasas, carbohidratos, aminoácidos, vitaminas y minerales. Pero existe otro factor que Ordóñez considera fundamental: la aceptación.
“No tiene sentido desarrollar un producto nutricionalmente excelente si el niño no quiere consumirlo porque lo siente extraño”. Por eso AICASA trabaja con sabores, ingredientes y preparaciones familiares para las comunidades.
Innovar a partir de las comunidades
El atol de pinol fortificado resume esa filosofía. AICASA tomó como punto de partida esta bebida tradicional del occidente guatemalteco, elaborada principalmente con maíz, y desarrolló formulaciones diferentes para niños, adolescentes, mujeres, gestantes y madres en período de lactancia.
Una porción puede aportar alrededor de 12 gramos de proteína, además de aminoácidos, vitaminas y minerales ajustados a distintas etapas de la vida. “El niño no siente que está tomando una medicina ni un producto terapéutico de sabor desagradable. Para él sigue siendo un atol rico, conocido y agradable, pero detrás hay bastante investigación, formulación y control nutricional”, explicó.
La empresa ha creado además herramientas propias para formulación, monitoreo nutricional y seguimiento del impacto de sus proveedores. Ordóñez evita presentar estos desarrollos como innovación por sí mismos. Para él, son la consecuencia de identificar problemas a los que no se había dedicado suficiente atención y decidir trabajar sobre ellos.
Del alimento al desarrollo
Para Ordóñez, comprobar que un producto desarrollado por la empresa podía contribuir a la recuperación de un niño cambió también la manera de entender el propósito del negocio. “Ver que algo que habíamos desarrollado junto con mi esposa estaba ayudando realmente a que un niño se recuperara fue una emoción muy fuerte”, recordó.
El modelo no pretende basarse exclusivamente en donaciones. TIJAX fue concebida como una línea empresarial capaz de producir y crecer, trabajando junto con organizaciones, municipalidades, instituciones y clientes que adquieren los alimentos para entregarlos a los beneficiarios. El propósito es demostrar que “el impacto social y la actividad empresarial pueden coexistir”, explicó el también ingeniero químico y Máster en Formulación y Evaluación de Proyectos.
La empresa reconoce, sin embargo, los límites de su intervención. “La malnutrición es multifactorial y sabemos que nosotros no podemos resolverla solos”, afirmó. Por eso, el impacto que persigue TIJAX va más allá de mejorar indicadores nutricionales.
La cadena de valor
La misma filosofía se extiende a proveedores y colaboradores. AICASA busca construir relaciones en las que los productores puedan reconocerse también en el resultado final. Con sus proveedores de cacao, por ejemplo, procura devolverles parte del producto elaborado para que puedan probar una tableta o un bombón producido con el cacao que cultivaron. “Nosotros no somos toda la cadena: somos un engranaje más, igual que el productor y nuestros colaboradores”, resumió Ordóñez.
La inclusión laboral es otro de los objetivos. Desde su propia experiencia viviendo con cuadriplejia, Ordóñez sostiene que “una discapacidad no define todo lo que una persona puede aportar”. A medida que la compañía crezca, aspira a crear oportunidades laborales para personas con discapacidad y para madres o padres de niños con discapacidad.
Un modelo para multiplicarse
La visión de futuro no pasa únicamente por ampliar AICASA. Ordóñez espera que otras compañías encuentren prácticas que puedan adaptar a sus propias realidades. La propuesta sería replicar el modelo localmente: trabajar con productores de cada país, utilizar materias primas y bebidas tradicionales, producir en el territorio y sumar profesionales y organizaciones que conozcan las necesidades de sus comunidades.
En ese horizonte, AICASA plantea además la necesidad de consumidores mejor informados. “No podemos decidir por las personas qué deben comer, pero sí podemos ayudarlas a entender mejor qué están consumiendo y a tomar decisiones más conscientes”, afirmó Ordóñez.
Su aspiración final sintetiza el sentido de esta experiencia empresarial: contribuir a disminuir la desnutrición, ayudar a que más niños puedan permanecer en la escuela y demostrar que generar impacto desde una empresa de menor tamaño también es posible.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – AGEXPORT: Empresas que Transforman


