Mariola García, CEO de Bejob, ha construido buena parte de su trayectoria en torno a la educación, la tecnología y la empleabilidad, con una experiencia profesional entre España y Latinoamérica que terminó de definir su visión sobre el impacto social. Especialmente en México comprobó una realidad que resume buena parte de su trabajo: «El talento está distribuido; las oportunidades, no». Desde entonces, defiende que democratizar la educación va mucho más allá de facilitar contenidos y pasa por conseguir que el conocimiento pueda transformarse en oportunidades reales de desarrollo profesional y personal.
- ¿Cómo comenzó tu relación con la Responsabilidad Social y qué experiencias fueron dando forma a tu manera de entenderla?
- Si comparas aquellos primeros años con el escenario actual, ¿dónde encuentras el cambio más profundo en la manera de entender la Responsabilidad Social?
- Conociste personalmente Corresponsables hace relativamente poco, aunque el medio llevaba ya dos décadas acompañando esta evolución. ¿Qué aportación destacarías de su trayectoria?
- Tu trayectoria está especialmente vinculada a la educación y la empleabilidad. ¿Cómo ha cambiado este ámbito al mismo tiempo que evolucionaba la Sostenibilidad?
- ¿Qué hitos han contribuido especialmente a que esta agenda adquiriera la dimensión estratégica que tiene actualmente?
- Después de trabajar con proyectos, organizaciones y realidades muy diferentes, ¿qué aprendizajes consideras esenciales para generar un impacto que sea realmente sostenible?
- En aquellos primeros años, ¿hubo alguna pregunta o reacción que te hiciera especialmente consciente de lo mucho que quedaba todavía por avanzar?
- Cuando miras hacia quienes abrieron camino, ¿dónde sitúas el verdadero carácter pionero de la Responsabilidad Social?
- ¿Hay algún proyecto que ejemplifique especialmente bien esa capacidad de la formación para abrir oportunidades reales?
- La tecnología vuelve a situarse en el centro de buena parte de las transformaciones que vienen. ¿Qué retos y oportunidades anticipas para las próximas décadas?
- ¿Cómo debería producirse ese relevo entre generaciones para que lo aprendido hasta ahora permita avanzar todavía más?
En esta entrevista, enmarcada en el 20.º aniversario de Corresponsables, García analiza el paso de una Responsabilidad Social asociada a la filantropía hacia una Sostenibilidad integrada en la estrategia, así como los retos que plantean la Inteligencia Artificial, la brecha digital y la transformación del mercado laboral. También reivindica la medición, la adaptación de cada iniciativa a su contexto y las alianzas entre organizaciones: «En Sostenibilidad, los hechos tienen que ir por delante del relato», sostiene, convencida de que el verdadero impacto comienza cuando la formación consigue ampliar las posibilidades de las personas.
¿Cómo comenzó tu relación con la Responsabilidad Social y qué experiencias fueron dando forma a tu manera de entenderla?
Mi sensibilidad por estos temas nace de mi trayectoria en la educación. Durante años trabajé en el sector editorial educativo y pude ver de cerca todo lo que implica hacer llegar el conocimiento a las personas: creación de materiales, producción, logística y distribución. Ya entonces empezaba a intuirse que lo digital iba a transformar profundamente ese modelo, no solo por eficiencia, sino también por su capacidad para reducir barreras físicas y ampliar el acceso.
Pero hubo otra experiencia que marcó especialmente mi manera de entender el impacto social de la educación: vivir y trabajar durante varios años en Latinoamérica, muy especialmente en México. Allí conviví con realidades muy distintas y confirmé algo que me ha acompañado desde entonces: «El talento está distribuido; las oportunidades, no». Hay personas con una enorme capacidad y voluntad de progresar cuya trayectoria puede quedar condicionada por el lugar en el que nacen, su entorno socioeconómico o sus posibilidades de acceder a una formación de calidad.
México me enseñó también que democratizar la educación no consiste simplemente en poner contenidos en internet. Consiste en conseguir que el conocimiento llegue de verdad a las personas, responda a su contexto y pueda convertirse en una oportunidad de desarrollo profesional y personal.
Ese fue mi verdadero punto de inflexión con la dimensión social de la Sostenibilidad. Entendí que nuestro trabajo no consistía únicamente en formar, sino en activar talento y ampliar oportunidades. Esa convicción es hoy una parte esencial de lo que hacemos en Bejob.
Si comparas aquellos primeros años con el escenario actual, ¿dónde encuentras el cambio más profundo en la manera de entender la Responsabilidad Social?
El contraste es enorme. Cuando empecé a acercarme a estos temas, la Responsabilidad Social se asociaba con frecuencia a la filantropía: algo voluntario, muchas veces gestionado desde las fundaciones de las empresas y bastante alejado de las decisiones centrales del negocio. Se hablaba mucho de cuánto donaba una compañía y bastante menos de cómo generaba sus ingresos, cómo trataba a sus personas o qué impacto producía su actividad.
Hoy la Sostenibilidad está mucho más integrada en la gestión. Se mide, se reporta, se somete a regulación y, sobre todo, forma parte de las decisiones estratégicas. Conceptos como ESG o doble materialidad han contribuido a elevar el nivel de exigencia, pero para mí el cambio verdaderamente importante es cultural: hemos entendido que una empresa sostenible no es la que desarrolla acciones responsables al margen de su negocio, sino la que incorpora la responsabilidad a su manera de crear valor.
Hemos pasado, en definitiva, de intentar «hacer el bien para que se note» a comprender que hacer bien las cosas es una condición para perdurar.
Conociste personalmente Corresponsables hace relativamente poco, aunque el medio llevaba ya dos décadas acompañando esta evolución. ¿Qué aportación destacarías de su trayectoria?
Os conocí personalmente hace aproximadamente un año. Corresponsables se ha convertido en una referencia para quienes nos movemos en este ecosistema. Nació en un momento en el que la RSE todavía necesitaba mucha pedagogía y, durante estos veinte años, ha contribuido a convertirla en una conversación más profesional, rigurosa y visible, primero en España y después con una clara dimensión iberoamericana.
Creo que su aportación ha sido doble. Por un lado, ha ayudado a dar lenguaje y profundidad a un concepto que durante mucho tiempo fue difuso. Por otro, ha dado visibilidad a organizaciones y proyectos que estaban generando un impacto real.
Esto último me parece especialmente valioso: no solo las grandes corporaciones transforman la sociedad. También lo hacen pymes, entidades sociales, emprendedores y alianzas que trabajan muy cerca de las personas.
Además, por mi vínculo profesional con Latinoamérica, valoro especialmente esa capacidad de Corresponsables para tender puentes dentro del espacio iberoamericano y compartir aprendizajes entre realidades diferentes.
Tu trayectoria está especialmente vinculada a la educación y la empleabilidad. ¿Cómo ha cambiado este ámbito al mismo tiempo que evolucionaba la Sostenibilidad?
En mi terreno, la educación y la empleabilidad, la transformación ha sido extraordinaria.
Probablemente, el cambio más importante haya sido la democratización del acceso al conocimiento. Hace veinte años, recibir determinada formación exigía estar en el lugar adecuado, disponer de tiempo y poder pagarla. La expansión de la formación online y, posteriormente, de los cursos masivos abiertos hizo posible aprender desde prácticamente cualquier lugar y consolidó la idea del aprendizaje a lo largo de toda la vida.
Pero esa democratización también nos enseñó algo importante: eliminar una barrera puede hacer visibles otras. Apareció con claridad la brecha digital. No basta con que exista formación online si una persona carece de conectividad, dispositivos, competencias digitales o acompañamiento para aprovecharla.
Por eso hoy hablamos menos de acceso en abstracto y mucho más de accesibilidad, Inclusión y resultados.
La pandemia aceleró todo este proceso y la Inteligencia Artificial abre ahora una nueva etapa. Tenemos la oportunidad de personalizar el aprendizaje, acompañar mejor a cada persona y transformar el conocimiento en capacidades de una forma mucho más rápida.
El reto es conseguir que esa tecnología amplíe oportunidades en lugar de crear nuevas brechas.
¿Qué hitos han contribuido especialmente a que esta agenda adquiriera la dimensión estratégica que tiene actualmente?
Hay hitos institucionales indiscutibles. En España, destacaría la progresiva institucionalización de la RSE. A escala global, 2015 fue un punto de inflexión con la Agenda 2030, los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París.
Los ODS nos proporcionaron un lenguaje compartido y ayudaron a conectar la actuación de empresas, administraciones y sociedad civil.
Para Bejob son especialmente cercanos el ODS 4, Educación de calidad; el ODS 8, Trabajo decente y crecimiento económico; el ODS 10, Reducción de las desigualdades; y el ODS 17, Alianzas para lograr los objetivos. Reflejan muy bien nuestra manera de entender el impacto: formar, mejorar la empleabilidad, ampliar oportunidades y hacerlo colaborando con otros.
También destacaría la evolución del marco regulatorio europeo y, dentro de nuestro ámbito, un cambio quizá menos visible, pero muy relevante: la capacitación de las personas ha pasado a ocupar un lugar central en la transición digital y verde.
No habrá una transición justa si millones de personas no tienen la oportunidad de adquirir las capacidades que va a exigir el mercado de trabajo.
Después de trabajar con proyectos, organizaciones y realidades muy diferentes, ¿qué aprendizajes consideras esenciales para generar un impacto que sea realmente sostenible?
La primera lección es que la coherencia lo es todo. En Sostenibilidad, los hechos tienen que ir por delante del relato. Si la comunicación avanza más rápido que el impacto real, la credibilidad termina resintiéndose.
La segunda es que debemos medir. Las buenas intenciones son necesarias, pero no suficientes. Necesitamos saber cuántas personas alcanzamos, qué aprenden, qué barreras reducimos y qué cambia después de una intervención.
En educación, además, el número de alumnos es solo el principio: lo verdaderamente importante es qué oportunidades genera ese aprendizaje.
Y añadiría una lección que aprendo en cada proyecto que tenemos en Bejob: no se puede trasladar una solución de un mercado a otro pensando que el contexto es secundario.
La tecnología permite escalar, pero el impacto exige comprender a las personas, su realidad y las necesidades de cada territorio. Podemos globalizar el acceso al conocimiento, pero debemos contextualizar la manera en que lo convertimos en aprendizaje y oportunidades.
Cada proyecto debe ser único y responder a unos objetivos muy concretos. Solo así podremos valorar realmente su impacto.
Finalmente, he aprendido que nadie transforma en solitario. Empresas, administraciones, entidades sociales y organizaciones educativas aportan capacidades diferentes. Cuando esas capacidades se combinan bien, el impacto se multiplica.
En aquellos primeros años, ¿hubo alguna pregunta o reacción que te hiciera especialmente consciente de lo mucho que quedaba todavía por avanzar?
Más que una única anécdota, recuerdo una pregunta que se repetía mucho en los primeros años cuando hablábamos de programas de formación dirigidos a colectivos con menos oportunidades: «¿Y esto qué os aporta?».
La pregunta revelaba una forma de pensar muy propia de aquella época, como si generar impacto social y construir una actividad empresarial sostenible fueran dos objetivos incompatibles.
Con el tiempo he comprobado justamente lo contrario. Cuando una persona adquiere una competencia que antes no tenía, recupera confianza, accede a una oportunidad profesional o descubre que puede participar en un sector del que se sentía excluida, el impacto deja de ser una abstracción. Ahí entiendes que detrás de cada indicador existe una trayectoria personal.
Esa idea me ha acompañado desde mis años en España y Latinoamérica: la educación tiene valor cuando consigue que alguien pueda hacer algo que antes no podía hacer. Para mí, esa es una de las expresiones más concretas de la Responsabilidad Social.
La formación que cambia la vida de las personas es la formación que sirve. En Bejob formamos para eso.
Cuando miras hacia quienes abrieron camino, ¿dónde sitúas el verdadero carácter pionero de la Responsabilidad Social?
Ha habido personas e instituciones que abrieron camino cuando la Responsabilidad Social todavía estaba lejos del centro de la estrategia empresarial.
En España destacaría perfiles que contribuyeron a profesionalizar la función dentro de las compañías y otros que la llevaron al ámbito de las políticas públicas.
Y me parece importante reconocer también a quienes fueron pioneros desde la práctica: empresas, administraciones y entidades sociales que empezaron a colaborar para llevar formación y oportunidades de empleo a colectivos que tradicionalmente habían quedado fuera.
En este ámbito, esa lógica de alianzas ha sido especialmente importante porque permite conectar capacidades y aprendizajes entre países con retos distintos, pero también con enormes posibilidades compartidas.
Corresponsables forma parte de esa historia porque ayudó a crear conversación, comunidad y visibilidad cuando todavía había que explicar por qué estos asuntos eran estratégicos.
¿Hay algún proyecto que ejemplifique especialmente bien esa capacidad de la formación para abrir oportunidades reales?
Uno que resume muy bien nuestra manera de entender el impacto es el trabajo que realizamos para reducir la brecha de género en las competencias digitales.
A través de programas desarrollados junto a organizaciones líderes en la reducción de esta brecha, hemos acercado la tecnología a niñas y mujeres que, en muchos casos, estaban lejos de imaginarse a sí mismas desempeñando profesiones digitales.
Para mí, el valor no está simplemente en impartir una formación. Está en cambiar expectativas.
Cuando una niña descubre referentes femeninos en tecnología, cuando una mujer adquiere una competencia que mejora su empleabilidad o cuando alguien empieza a verse capaz de acceder a un ámbito profesional que antes percibía como ajeno, estamos generando un impacto que puede acompañarla durante años.
Recuerdo especialmente el caso de una mujer que llegó a nuestro país con su formación y experiencia a sus espaldas, buscando una oportunidad de futuro. Llevaba más de cuatro años sin conseguir sus objetivos ni encontrar una oportunidad laboral «en lo suyo».
Tras participar en uno de nuestros programas de tecnología dirigidos a mujeres desempleadas, se reinventó. Comenzó a ofrecerse profesionalmente como facilitadora y consultora tecnológica y hoy es un referente en el mundo de la programación como divulgadora, formadora y ponente, además de facilitadora.
Ahora motiva a otras mujeres a conseguir sus propios objetivos. Es una mujer con una trayectoria profesional de éxito.
La tecnología vuelve a situarse en el centro de buena parte de las transformaciones que vienen. ¿Qué retos y oportunidades anticipas para las próximas décadas?
Veo el futuro con optimismo, pero también con mucha responsabilidad.
Estamos en un momento de revisión de algunas políticas y marcos regulatorios, pero creo que la Sostenibilidad ya forma parte de las expectativas de la sociedad, de los mercados y de las propias personas que trabajan en las organizaciones.
Puede cambiar el lenguaje o el ritmo regulatorio, pero la exigencia de crear valor de forma responsable no va a desaparecer.
Veo tres grandes desafíos. El primero es la Inteligencia Artificial. Puede ayudarnos a medir mejor, producir conocimiento de manera más eficiente y personalizar el aprendizaje, pero tendremos que garantizar que su utilización sea responsable y que no amplifique las desigualdades.
El segundo es la transición verde y digital, que va a exigir una actualización masiva de capacidades profesionales.
Y el tercero es conseguir que la dimensión social tenga el mismo peso que la ambiental: no hay transición sostenible si una parte de la población se queda fuera.
Aquí, mi experiencia entre España y Latinoamérica me hace ser especialmente consciente de la escala de la oportunidad. Países como México cuentan con una población joven, un enorme talento y una relación económica cada vez más intensa con la digitalización.
La capacidad para conectar educación, tecnología y empleo puede convertirse en una de las grandes palancas de desarrollo de las próximas décadas.
Pero, para lograrlo, tendremos que diseñar soluciones que sean escalables y, al mismo tiempo, profundamente sensibles al contexto local.
¿Cómo debería producirse ese relevo entre generaciones para que lo aprendido hasta ahora permita avanzar todavía más?
Las nuevas generaciones deben desempeñar un papel decisivo, aunque no creo que debamos trasladarles en exclusiva la responsabilidad de construir un futuro más sostenible. Este es un proyecto intergeneracional.
Lo que sí percibo en ellas es una relación diferente con el propósito. Preguntan más por el impacto de las organizaciones, por la coherencia entre lo que una empresa dice y hace y por el sentido de su propio trabajo.
Esa exigencia es positiva porque obliga a las organizaciones a evolucionar.
Pero también necesitamos que esa sensibilidad se convierta en capacidad de acción. Y ahí la educación vuelve a ser fundamental.
No basta con querer transformar el mundo: necesitamos conocimiento, competencias y pensamiento crítico para hacerlo.
El gran reto es conectar la experiencia de quienes llevan años trabajando con la mirada y la energía de quienes están llegando.
Si conseguimos esa transferencia entre generaciones y, además, aprovechamos la tecnología para que el conocimiento circule entre países y realidades diferentes, estaremos construyendo algo mucho más poderoso que un legado: estaremos ampliando la capacidad de las personas para protagonizar su propio futuro.


