Cada 10 de octubre, con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, hablamos —afortunadamente cada vez más— de estrés, ansiedad, conciliación, desconexión, cultura corporativa o liderazgo.
Pero hay un factor del que quizá hablamos bastante menos: el lugar en el que trabajamos.
Pasamos una parte enorme de nuestra vida dentro de edificios. Y el espacio que nos rodea no es neutro.
La calidad del aire, la luz natural, el ruido, la temperatura, la privacidad, la posibilidad de movernos, disponer de espacios para concentrarnos o relacionarnos, el contacto con la naturaleza o la sensación de seguridad forman parte de nuestra experiencia diaria y pueden influir en nuestro confort, nuestra concentración, nuestro cansancio y nuestro bienestar.
Hace décadas que hablamos incluso del denominado “síndrome del edificio enfermo”, asociado a síntomas como dolor de cabeza, fatiga, irritación o dificultad para concentrarse mientras permanecemos en determinados espacios. La EPA recoge estimaciones históricas de la OMS según las cuales hasta un 30% de los edificios nuevos o rehabilitados podían presentar niveles elevados de quejas relacionadas con la calidad del aire interior.
Y la investigación ha seguido avanzando.
El estudio COGfx de Harvard encontró mejoras significativas en la función cognitiva en oficinas con mejores condiciones de ventilación y calidad ambiental. Por su parte, World Green Building Council ha recopilado estudios que relacionan una mejor calidad del aire interior con mejoras de productividad de entre el 8% y el 11%.
Y, si hablamos de salud mental en el trabajo, la dimensión es enorme: la OMS estima que la depresión y la ansiedad provocan la pérdida de alrededor de 12.000 millones de jornadas laborales cada año, con un coste global aproximado de un billón de dólares en productividad perdida.
Por eso me parecen especialmente interesantes estándares como WELL, que ponen a las personas en el centro del diseño, la operación y la gestión de los edificios.
WELL analiza aspectos como aire, agua, luz, movimiento, confort térmico, acústica, materiales, mente o comunidad. En definitiva, deja de mirar el inmueble únicamente como un conjunto de metros cuadrados, instalaciones y consumos y plantea una pregunta mucho más sencilla: ¿cómo afecta este espacio a las personas que lo utilizan?
También empezamos a disponer de evidencia sobre sus resultados. Un estudio con más de 1.300 respuestas de ocupantes antes y después de trasladarse a oficinas certificadas WELL encontró mejoras en satisfacción con el espacio, bienestar y salud mental percibida, además de un incremento de diez puntos en la productividad autodeclarada.
En Savills Earth trabajamos precisamente en esa intersección entre edificios y personas. Ayudamos a propietarios, inversores, empresas y personas usuarias de los espacios a incorporar la salud y el bienestar en la estrategia de sus edificios, desde el diagnóstico y el diseño hasta su implantación y certificación bajo estándares como WELL.
Y no se trata únicamente de conseguir un sello.
Analizamos cuestiones como calidad del aire, luz, confort térmico y acústico, materiales, movimiento, conexión con la naturaleza o experiencia del usuario, integrándolas con la arquitectura, la gestión técnica del inmueble y la estrategia ESG.
Contamos para ello con un equipo multidisciplinar de más de 30 profesionales especializados en sostenibilidad y experiencia en proyectos como las oficinas de Volkswagen Group España Distribución en Barcelona, certificadas WELL v2 Gold y LEED Gold. Además, nuestra propia sede de Madrid se encuentra en un edificio con certificación WELL Core Gold.
Porque no se trata simplemente de certificar edificios. Se trata de conseguir mejores edificios para las personas que los utilizan.
Y aquí aparece una pregunta que me encuentro constantemente cuando hablamos de sostenibilidad:
“Sí, pero ¿cómo medimos el resultado de la inversión?”
¿Cuál es exactamente el retorno económico de mejorar la acústica de una oficina? ¿De tener más luz natural? ¿De mejorar la ventilación? ¿De incorporar vegetación? ¿De disponer de espacios donde concentrarse o desconectar? ¿De que alguien termine su jornada un poco menos agotada?
Por supuesto que tenemos que medir.
Podemos analizar absentismo, rotación, satisfacción, productividad, calidad ambiental, experiencia de los usuarios o retención del talento.
Pero yo me pregunto si medir el retorno numérico exacto de absolutamente todo es la única respuesta.
Pretender aislar cada una de estas variables y convertirla en una ecuación perfecta de “invierto X euros y obtengo Y euros de retorno” genera muchas veces una falsa precisión.
No necesitamos demostrar hasta el último decimal que respirar un aire mejor, disponer de luz natural, no soportar ruido constante o trabajar en un entorno pensado para las personas es positivo.
La evidencia científica nos ayuda a diseñar mejor, medir mejor y tomar mejores decisiones. Pero también debería servirnos el sentido común, y el valor de los intangibles.
Porque un activo future-proof no puede ser únicamente aquel que consume menos energía, utiliza menos recursos o emite menos carbono.
Tiene que ser también un activo capaz de ofrecer mejores espacios a las personas que lo utilizan.
Quizá ese sea uno de los grandes pasos pendientes de la sostenibilidad inmobiliaria: dejar de preguntarnos únicamente qué impacto tiene un edificio sobre el planeta y empezar a preguntarnos, con la misma seriedad, qué impacto tiene sobre el bienestar de las personas que pasan buena parte de su vida dentro de él.


