Cada día, más de dos millones de personas cruzan la puerta de una farmacia en España. Lo hacen en busca de su medicación, pero también de algo igual de valioso: un consejo profesional que les ayude a mejorar su salud, prevenir enfermedades y hacer un uso adecuado de los medicamentos.
La atención que ofrece el farmacéutico a cada una de estas personas es cercana, personalizada y basada en tres pilares fundamentales: escucha, profesionalidad y empatía. Ese acompañamiento es insustituible. Tiene un valor incuestionable que se traduce en mejores resultados en salud y, en consecuencia, en un sistema sanitario más eficaz y sostenible.
La pregunta que ahora nos planteamos es: ¿cómo potenciar aún más este activo? ¿Cómo llegar mejor a una población que cada vez demanda más servicios profesionales del farmacéutico?
Parte de la respuesta está en las nuevas tecnologías y, en particular, en la inteligencia artificial (IA). Una herramienta poderosa, con un potencial enorme, que debe entenderse siempre como lo que es: un apoyo al trabajo asistencial —irremplazable— que desempeña el farmacéutico comunitario. La IA puede facilitar el análisis predictivo, mejorar la gestión de la medicación y automatizar determinadas tareas administrativas, liberando tiempo para lo verdaderamente importante: la atención al paciente.
Gracias a estas herramientas, los Servicios Profesionales Farmacéuticos Asistenciales pueden prestarse de forma más eficiente. Y este potencial ya se está materializando. Un ejemplo es la incorporación de inteligencia artificial en BOT PLUS, la base de datos de medicamentos del Consejo General de Colegios Farmacéuticos. En este caso, un asistente virtual basado en IA permite al profesional localizar interacciones farmacológicas de forma rápida, sencilla y, sobre todo, fiable y con garantías.
Desarrollos como este permiten que servicios como el Seguimiento Farmacoterapéutico o el de Adherencia Terapéutica —que ya prestan numerosas farmacias en nuestro país— puedan ofrecerse de forma cada vez más personalizada y precisa.
Pero la inteligencia artificial solo tiene sentido si fortalece lo que ya funciona: la relación de confianza entre farmacéutico y paciente. La tecnología debe servir para enriquecer ese vínculo asistencial humano y cercano que define a la profesión farmacéutica.
Ahora bien, también conviene recordar que la IA no es infalible. Puede generar información errónea, reproducir sesgos o carecer de la capacidad de verificar la exactitud de determinados resultados. Por ello, su utilización en el ámbito sanitario exige siempre supervisión profesional.
Los farmacéuticos debemos asumir ese papel. Debemos validar y supervisar cualquier proceso basado en IA que intervenga en la prestación de asistencia sanitaria, actuando como garantes de los principios éticos y profesionales que deben guiar el uso de esta tecnología en salud.
Para hacerlo con rigor es imprescindible una sólida formación. Las competencias digitales —dominio de la IA, el aprendizaje automático, el análisis de datos o la salud digital— deben formar parte del bagaje profesional del farmacéutico, porque la práctica sanitaria ya no es como la dibujaron años atrás.
Precisamente, desde las instituciones profesionales se está trabajando de forma activa en esta línea, como se refleja en el Programa de Formación en Competencias Digitales. Un proyecto integrado en la iniciativa “Generación D”, impulsada por Red.es y el Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública, a través de la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial. Este programa, al que se ha sumado el Consejo General de Colegios Farmacéuticos, se desarrolla mediante una subvención a Unión Profesional para impulsar la formación digital en el ámbito de los colegios profesionales.
La supervisión responsable de la inteligencia artificial, además, no debe recaer únicamente en los farmacéuticos, sino en el conjunto de los profesionales sanitarios. Solo desde un enfoque colaborativo será posible integrar esta tecnología de forma segura, ética y eficaz en el sistema sanitario.
Y, junto a la responsabilidad profesional, es igualmente imprescindible contar con marcos normativos y políticas de gobernanza sólidas que garanticen un acceso seguro, transparente y eficiente a estas herramientas.
Esta forma de entender la IA también se recoge en los posicionamientos que sobre esta herramienta han publicado la Agrupación Farmacéutica de la Unión Europea (PGEU) y la Federación Internacional Farmacéutica (FIP). Ambas instituciones reconocen el potencial de la IA para, bajo supervisión del farmacéutico, complementar y mejorar la atención farmacéutica por una doble vía. Por un lado, liberando de tiempo al farmacéutico al eliminar tareas repetitivas y ofreciéndole información más precisa y personalizada para asistir al paciente. Y, por otro, por su potencial predictivo y de análisis de grandes volúmenes de datos, que puede contribuir a afrontar grandes desafíos del sistema, como la escasez de suministro de medicamentos y con ello fortalecer la posición del farmacéutico en el sistema.
El verdadero progreso, pues, no consiste únicamente en avanzar tecnológicamente, sino en poner la innovación al servicio del bien común y de la mejora de la calidad de vida de las personas. Y en ese camino, la profesión farmacéutica tiene mucho que aportar.


