Cada 16 de octubre, con motivo del Día Mundial de la Alimentación, volvemos la mirada hacia una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo: vivimos en un mundo capaz de producir alimentos suficientes para toda la población y, sin embargo, millones de personas siguen pasando hambre. Los últimos datos disponibles muestran que 645 millones de personas padecen hambre en el mundo y que 2.100 millones sufrieron inseguridad alimentaria moderada o grave el pasado año.
Estas cifras nos obligan a replantear una idea que durante años ha condicionado el debate público: el hambre ya no puede explicarse como un problema de escasez de alimentos. El desafío fundamental es otro: millones de personas no pueden acceder a esos alimentos.
La pobreza, los conflictos armados, las desigualdades, los desplazamientos forzosos y el impacto de diversas crisis impiden que familias enteras puedan comprar comida, cultivar semillas o recibir ayuda cuando la necesitan. Por eso, cuando hablamos de hambre en 2026, hablamos sobre todo de acceso, de oportunidades cercenadas y de derechos vulnerados.
La buena noticia es que el hambre tiene solución. La historia reciente demuestra que es posible avanzar. Durante las últimas décadas, regiones como América Latina o parte de Asia han conseguido reducir significativamente el número de personas afectadas gracias a políticas públicas eficaces, inversiones en salud y nutrición, sistemas de protección social, desarrollo agrícola y a la cooperación internacional.
Sin embargo, estos avances no se están produciendo por igual en todas las regiones. El hambre se concentra cada vez más en determinados territorios y golpea con especial dureza allí donde convergen la fragilidad institucional, la pobreza extrema y los conflictos armados. África representa hoy el ejemplo más evidente de esta realidad, con 309 millones de personas afectadas por el hambre.
La situación es aún más grave cuando hablamos de hambre aguda. Actualmente, 295 millones de personas se encuentran en una situación tan extrema que necesitan asistencia urgente para sobrevivir. Son personas cuya vida corre peligro si no reciben apoyo inmediato. Detrás de cada cifra hay familias que han perdido sus cosechas, comunidades desplazadas por la violencia, niños y niñas que no reciben los nutrientes esenciales para su desarrollo o personas que han visto desaparecer sus medios de vida.
En muchos de estos contextos, el conflicto armado es un factor determinante. Las guerras no solo provocan víctimas directas. También destruyen mercados, carreteras, infraestructuras de agua, centros de salud, sistemas agrícolas y cadenas de suministro. Cuando el acceso humanitario se bloquea o cuando la población civil queda atrapada sin posibilidad de acceder a alimentos, las consecuencias se multiplican.
Por eso resulta imprescindible recordar un principio básico del derecho internacional humanitario: el hambre no puede utilizarse como arma de guerra. Hacer padecer hambre a la población civil o impedir la llegada de ayuda humanitaria constituye una vulneración de normas fundamentales destinadas a proteger a las personas en los conflictos. Como sociedad, no podemos normalizar estas situaciones ni aceptar que el acceso a los alimentos se convierta en una herramienta de presión o castigo.
El hambre también condiciona el futuro de las personas y de las sociedades. Una mala alimentación impacta en la salud, limita el aprendizaje, reduce la productividad, debilita las economías locales y perpetúa los ciclos de pobreza. Además, casi una de cada tres personas en el mundo no puede permitirse una dieta saludable. Alimentarse no consiste únicamente en consumir calorías; implica poder acceder de forma regular a alimentos variados, nutritivos y de calidad.
Frente a este desafío, el fatalismo no es una opción. Sabemos qué funciona. La respuesta pasa por combinar la atención humanitaria urgente con inversiones sostenidas en nutrición, salud, educación, empleo, agricultura y fortalecimiento de los sistemas alimentarios. También exige liderazgo político, cooperación internacional y el compromiso activo de empresas, organizaciones sociales y ciudadanía.
En el Día Mundial de la Alimentación conviene recordar una idea sencilla pero fundamental: el hambre no es inevitable. Es el resultado de decisiones, circunstancias y desigualdades que pueden corregirse. Si hoy millones de personas siguen sin poder acceder a una alimentación adecuada, no es porque el mundo carezca de recursos, sino porque todavía no hemos sido capaces de garantizar que esos recursos lleguen a quienes más los necesitan.
La lucha contra el hambre sigue siendo uno de los mayores retos de nuestro tiempo. Pero también es una de las causas en las que existen más evidencias de que el cambio es posible. La pregunta no es si podemos acabar con el hambre. La pregunta es si estamos dispuestos a hacer de ello una prioridad colectiva.
Desde Acción contra el Hambre ofrecemos a empresas, fundaciones u otros organismos privados, nuestra experiencia y saber hacer para, a través de alianzas sólidas, trabajar por erradicar el hambre. Nuestra puerta está siempre abierta. Os esperamos para pasar a la acción.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Mundial de la Alimentación


