Una empresa llama a una entidad social: tiene alimentos que puede donar y necesita que alguien los recoja hoy. La noticia es buena. Pero enseguida llegan las preguntas: ¿quién tiene una furgoneta disponible?, ¿hay espacio en la cámara frigorífica?, ¿dará tiempo a repartirlos? Entre ofrecer una donación y conseguir que esa comida llegue en buenas condiciones a una familia hay mucho trabajo. Y alguien tiene que organizarlo y pagarlo.
Con motivo del Día Mundial de la Alimentación, conviene hablar también de esa parte menos visible. Porque detrás de cada reparto hay personas, vehículos, almacenes, facturas y decisiones que no pueden improvisarse.
La Ley 1/2025 de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario nos ofrece una oportunidad para mejorar cómo hacemos las cosas. Aprovecharla exige que las entidades del Tercer Sector se sienten juntas y acuerden qué necesitan, qué pueden asumir y qué deben reclamar. Crear mesas de trabajo debería estar entre nuestras prioridades.
Es comprensible que, con tantas urgencias, proponer otra reunión genere pocas ganas. Por eso estas mesas deben tener tareas concretas, responsables y plazos. Deben participar tanto las grandes organizaciones como las asociaciones pequeñas, incluidas las que trabajan en zonas rurales. Después, con una posición compartida, será más fácil sentarse con empresas y administraciones y negociar compromisos útiles.
El primer asunto es muy práctico: la logística. Un posible aumento de las donaciones obliga a preguntarse si existe capacidad para recogerlas, conservarlas y distribuirlas. Recibir más alimentos puede ser una buena noticia, siempre que podamos gestionarlos a tiempo. De lo contrario, corremos el riesgo de trasladar el desperdicio de un almacén a otro.
Compartir rutas, coordinar horarios y conocer los espacios disponibles en cada entidad ayudaría a aprovechar mejor los recursos. También necesitamos poner cifras al coste de cada recogida: combustible, personal, mantenimiento, refrigeración y reparto. Con esos datos podremos decidir dónde hace falta invertir y cuándo una donación resulta imposible de asumir. Reconocer nuestros límites es imprescindible para ser eficaces.
El segundo asunto es la seguridad jurídica. Aquí las mesas de trabajo pueden ahorrar muchos problemas: preparar modelos de convenio, compartir asesoramiento y acordar protocolos ante incidencias. Hay que dejar claro quién hace qué, cuándo se entrega el alimento y cómo se documenta su estado. Un convenio no puede borrar las responsabilidades legales de cada parte. Y ninguna entidad debería firmar compromisos que sabe que no puede cumplir por miedo a perder un donante.
La tercera conversación tiene que ser sobre dinero. Sin rodeos. Si queremos una red de reparto estable, necesitamos financiación estable. El voluntariado aporta muchísimo, pero no podemos pedirle que compense indefinidamente la falta de medios.
De estas mesas debería salir una propuesta común de subvenciones, recursos e incentivos públicos que sostengan la infraestructura social de reparto. Hacen falta ayudas que cubran también el funcionamiento diario y permitan planificar más allá de unos meses. Las empresas, por su parte, pueden contribuir financiando transporte, cediendo instalaciones o apoyando equipos profesionales. Para una estrategia de RSC, hacerse cargo de estos costes es una manera concreta de comprometerse con el resultado de la donación.
El cuarto frente es la digitalización. Saber qué alimentos hay, cuándo caducan y dónde se necesitan permite reaccionar antes. La ley exige, con las excepciones previstas, registrar las entradas y salidas para garantizar la trazabilidad. Esa obligación no equivale a imponer una plataforma digital concreta ni un sistema universal de medición del impacto social.
A partir de ahí, el sector debería acordar herramientas sencillas y compatibles, que eviten introducir los mismos datos varias veces. También indicadores compartidos: cuánto se recibe, cuánto se entrega, qué se pierde y por qué. Y, junto a los kilos, preguntarnos si los alimentos responden a las necesidades de quienes los reciben. Para hacerlo bien harán falta formación, soporte técnico y protección de los datos personales.
Este Día Mundial de la Alimentación puede servir para dar un paso concreto: convocar esas mesas y salir de ellas con un mapa de capacidades, unos convenios de referencia, un presupuesto y un calendario. Habrá diferencias entre entidades, claro. Precisamente por eso merece la pena sentarse. La comida tiene que llegar a tiempo, y la coordinación también.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Mundial de la Alimentación


