Las empresas no operan de forma aislada. Forman parte de barrios y ciudades en los que conviven actividad económica, vivienda, equipamientos, espacios públicos y comunidades con necesidades diversas. Entender esa relación abre una perspectiva diferente sobre el impacto empresarial: no solo reducir los efectos asociados a la propia actividad, sino preguntarse qué capacidad existe para contribuir positivamente al entorno del que se forma parte.
Esta reflexión está en el origen de Bioconecta, un proyecto para transformar una parcela municipal de San Blas-Canillejas, próxima a las instalaciones de L’Oréal Groupe, en un nuevo espacio verde público concebido para favorecer el bienestar, la biodiversidad, la resiliencia climática y la convivencia de una comunidad diversa.
Su historia, sin embargo, no comenzó dibujando un parque, sino mirando alrededor.
L’Oréal Groupe quiso conocer mejor el entorno en el que desarrolla su actividad y la comunidad de la que forma parte. Para ello realizó un estudio sociodemográfico del distrito y analizó los recursos y espacios verdes existentes. Ese diagnóstico permitió comprender mejor las características del territorio e identificar una oportunidad concreta: transformar una parcela próxima en un espacio capaz de aportar naturaleza y, al mismo tiempo, responder a necesidades reales de las personas que viven y trabajan en su entorno.
A partir de esa oportunidad comenzó a articularse una colaboración entre L’Oréal, el Ayuntamiento de Madrid y Fundación Juan XXIII, a la que se irían incorporando los distintos equipos técnicos necesarios para desarrollar el proyecto.
La cuestión ya no era únicamente qué hacer en aquella parcela, sino cómo debía ser ese espacio para que una comunidad diversa pudiera realmente utilizarlo, disfrutarlo y hacerlo suyo.
Para responder a esa pregunta se puso en marcha un proceso de consulta y codiseño, liderado por Fundación Juan XXIII. Participaron personas mayores, infancia y juventud, vecinos, trabajadores del entorno y personas con diferentes tipos de discapacidad, junto con entidades representativas del distrito. Las metodologías y los soportes se adaptaron a los distintos grupos mediante dinámicas de discusión, maquetas manipulativas, materiales sensoriales y apoyos de accesibilidad.
No se trataba de validar una solución previamente decidida, sino de generar conocimiento que pudiera incorporarse al diseño.
La consulta puso de manifiesto que acciones aparentemente sencillas como pasear, descansar, encontrarse, jugar, trabajar al aire libre o disfrutar de la naturaleza no significaban exactamente lo mismo para todas las personas. Unos grupos demandaban tranquilidad y lugares de descanso; otros, espacios de encuentro, actividad o experimentación. La sombra, el mobiliario, la señalización, los recorridos, la accesibilidad o la propia vegetación aparecían como elementos capaces de facilitar —o limitar— el uso real del futuro espacio.
La participación adquiría así un sentido muy concreto: convertir la diversidad de necesidades en criterios para proyectar.
El siguiente reto consistía en trasladar esos criterios al espacio. PEZ Arquitectos, responsable del desarrollo arquitectónico, trabajó junto a Fundación Juan XXIII en la incorporación de los resultados del proceso de codiseño. Las necesidades identificadas comenzaron a tomar forma en el programa de usos, la distribución de las zonas, los recorridos y la materialidad.
A esa definición espacial se sumó el proyecto de jardinería desarrollado por el equipo técnico de Soluciones Verdes de Fundación Juan XXIII. La vegetación se planteó como una herramienta más de proyecto, vinculada a los usos, la experiencia sensorial, la estacionalidad, la biodiversidad y las necesidades hídricas, y no únicamente como un elemento ornamental.
Convertir aquella propuesta en un espacio público construido exigió una nueva fase de desarrollo. Treebeca participó en la adaptación y desarrollo técnico del proyecto en el marco municipal, incorporando los condicionantes necesarios para hacerlo viable y ejecutable. Tras el correspondiente proceso de contratación pública, las obras fueron asumidas por la UTE Acuerdo Marco Zona Noreste Lote 2 BIS, formada por Valoriza Servicios Medioambientales, Constructora San José y El Ejidillo Viveros Integrales.
Como sucede en cualquier intervención urbana real, el proyecto evolucionó durante ese recorrido. Algunas de las soluciones inicialmente planteadas tuvieron que revisarse y adaptarse. El reto no era conservar intacta una primera propuesta, sino mantener las necesidades y objetivos que la habían originado mientras se encontraban soluciones viables para materializarlos.
La apertura del parque tampoco supone el final del proceso. L’Oréal Groupe en colaboración con otras empresas de la zona financiará su mantenimiento, que será realizado por Soluciones Verdes de Fundación Juan XXIII, generando oportunidades de empleo para personas con discapacidad. De este modo, el compromiso con el territorio se prolonga más allá de la construcción y entra en una etapa en la que será posible acompañar la evolución del espacio, observar cómo responde al uso real y detectar nuevas necesidades de mejora.
Bioconecta recorre así un ciclo completo: conocer el territorio, escuchar a su comunidad, traducir sus necesidades en proyecto, hacerlo viable técnicamente, construirlo y acompañar después su evolución desde el mantenimiento.
Ese recorrido deja un aprendizaje que trasciende el propio parque. Construir ciudades más sostenibles e inclusivas no consiste en añadir al final una capa ambiental, social o de accesibilidad a proyectos previamente definidos. Implica incorporar esas variables desde el origen y hacer dialogar el conocimiento del territorio y de sus habitantes con las posibilidades reales del diseño, la construcción y el mantenimiento.
La infraestructura verde ofrece un ámbito especialmente fértil para hacerlo. Su valor no depende únicamente de cuánta vegetación se incorpore o de sus beneficios ambientales, sino también de quién puede utilizar esos espacios, qué puede hacer en ellos, qué relaciones facilitan y cómo son capaces de mantenerse y evolucionar en el tiempo.
Hacer posible esa visión requiere, además, capacidades que difícilmente se encuentran en un único actor. Empresa, administración pública, organizaciones sociales y equipos técnicos aportan conocimientos y responsabilidades diferentes. La innovación surge precisamente cuando esas capacidades consiguen conectarse alrededor de un propósito compartido.
Quizá ahí se encuentre también una forma diferente de entender el impacto empresarial sobre la ciudad: pasar de considerar el territorio como el lugar en el que una organización desarrolla su actividad a reconocerse como parte de él.
Cuando esa mirada se traduce en conocimiento, escucha, colaboración y capacidad de ejecución, el propósito deja de ser una declaración de intenciones y empieza a materializarse en lugares que las personas pueden vivir y compartir.
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